Para un gobierno como el de Javier Milei, cuya principal razón de ser es la llamada batalla cultural contra el progresismo, el feminismo, el colectivo LGTB+, las minorías y todo lo que los libertarios califican de cultura "woke", los acontecimientos de los últimos días dejan un sabor amargo. Es que, uno tras otro, tres eventos inclinaron esa batalla cultural en contra del oficialismo.
Primero fue la multitudinaria marcha del Ni una Menos que les demostró a los mileístas que las banderas de la igualdad entre géneros y la preocupación por los femicidios desatendidos por el Estado siguen formando parte de la agenda pública. A continuación, los masivos recitales de Lali Espósito en River significaron un bumerán que golpeó a un mandatario que la descalificó desde el día uno. "Ladri Depósito" y su público se acordaron de Milei en su peor momento, cuando las encuestas de imagen lo exhiben con una desaprobación que supera el 60 por ciento. Finalmente, la despedida conmovedora al Indio Solari por parte de una marea humana a la que los libertarios califican de "kukas", "lúmpenes" y "marginales" volvió a poner al Gobierno a la defensiva. La andanada en redes sociales de los trolls mileístas contra los "ricoteros" habla a las claras de esa impotencia de haber perdido la calle. Los tuits del "Gordo Dan" y compañía ya no alcanzan para contrarrestar esa nueva realidad.
Un mes antes, el 12 de mayo, ya la marcha federal universitaria que llenó las plazas de todo el país había puesto sobre aviso al poder libertario, empecinado en desfinanciar la educación pública a la que también consideran una conquista "progre". La masividad de esa convocatoria de estudiantes, docentes y ciudadanos en general le mostró al oficialismo que su ajuste tiene un límite. ¿Cuánto más podrá estar el Gobierno sin cumplir la Ley de Financiamiento Universitario que votó el propio Congreso? Es una pregunta que quema.
La batalla cultural la comenzó el propio Milei. Pero ahora la está sufriendo.














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