Carlos Alberto Solari, el Indio, murió portando una contradicción que nunca quiso resolver: el artista que durante décadas predicó la distancia con el poder terminó siendo uno de los emblemas culturales más disputados —y más explícitamente asumidos— del kirchnerismo. Esa tensión, entre la autonomía que reivindicaba para su obra y los abrazos que fue dando con los años a la coalición peronista que todavía comanda Cristina Fernández de Kirchner, define su perfil político con más nitidez que cualquier declaración suya sobre el arte o la muerte.
Solari siempre se resistió a la etiqueta del artista militante. Lo repitió en decenas de entrevistas, con variantes pero con una idea fija: cuando un músico milita, su obra se convierte en panfleto, y eso no le hace bien a nadie. Era una postura que convivía, sin embargo, con una simpatía cada vez menos disimulada hacia el peronismo kirchnerista.
Durante los años dorados del gobierno de Cristina, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado acompañaron ese ciclo político con una presencia discreta pero elocuente. En un recital previo al solo de guitarra del emblemático "Jijiji", Solari llegó a exclamar desde el escenario el nombre del programa de propaganda oficial "6,7,8", un gesto que sus fans kirchneristas leyeron como una señal inequívoca y que sus críticos señalaron como el momento en que el mito se había sacado la careta de la apolítica. Era la primera vez en su carrera que hacía público, desde un escenario, su respaldo a un gobierno.
Con los años, ese vínculo fue haciéndose más explícito y más orgánico. Solari elogió sin reservas a Aníbal Fernández y a Guillermo Moreno. La "Señora", como llamaba a Cristina, se volvió una figura recurrente en sus entrevistas: la defendió cuando la justicia la investigó, cuestionó a los medios que la cuestionaban, y señaló a la derecha como un peligro de dimensiones casi apocalípticas. "Sigo apoyando al kirchnerismo y al peronismo porque del otro lado hay un peligro muy grande", dijo en 2023 en una entrevista con La Garganta Poderosa, sintetizando con esa frase una posición que ya no admitía matices.

El círculo íntimo del kirchnerismo lo supo leer con precisión. Marcelo Figueras, escritor ligado al espacio y director de Radio Provincia, fue coautor junto al Indio de Recuerdos que mienten un poco, el libro de memorias publicado en 2019. Esa amistad fue también el puente hacia la entrevista que Solari concedió en mayo de 2024 a Horacio Verbitsky —el más influyente periodista del universo kirchnerista— para el programa El Cohete a la Luna, emitido por la AM 530.
En esa conversación, que tuvo lugar en el estudio de grabación de su casa en Castelar, el músico fue lapidario sobre Javier Milei: dijo que había un loco de presidente, que le extrañaba que gente con secundario completo creyera que había que darle más tiempo al mandatario, y que no veía ninguna posibilidad de que el gobierno terminara bien. El kirchnerismo difundió la nota con entusiasmo. Era exactamente lo que necesitaba escuchar.
El punto culminante de esa apropiación simbólica llegó en septiembre de 2025, cuando Máximo Kirchner publicó en sus redes sociales una foto inédita de Cristina abrazada al Indio Solari y su mujer Virginia. La imagen fue tomada durante un encuentro privado en el departamento de la expresidenta en la calle San José 1111, en el barrio de Constitución, donde cumple su condena domiciliaria. Máximo acompañó la publicación con un texto en el que reveló que fue el propio Solari quien, tiempo antes del atentado del 1° de septiembre de 2022, había advertido que debían cuidar a Cristina. La anécdota convertía al músico en algo más que un simpatizante: lo ubicaba en el centro mismo de la épica kirchnerista, como testigo y custodio simbólico de su figura más venerada. El posteo fue lanzado a días de las elecciones bonaerenses de septiembre de ese año, con un llamado explícito a votar "como si ella estuviera en la lista". El Indio era, para entonces, mucho más que una referencia cultural del espacio: era un argumento electoral.

Sus canciones, por su parte, habían tenido una vida política propia que precedía en décadas a sus declaraciones. Las letras de los Redondos, construidas sobre la experiencia de los márgenes, la bronca acumulada y una estética que mezclaba el surrealismo con el argot de la calle, fueron adoptadas por el kirchnerismo como banda sonora de su relato sobre los excluidos y la restitución de derechos. "Jijiji", "Todo un palo", "La bestia pop" sonaban en actos políticos, en cierres de campaña, en pantallas gigantes frente a multitudes. El propio Solari había reflexionado sobre esa ambigüedad constitutiva de sus versos: "La canción no agota sus resonancias", dijo alguna vez. Pero el kirchnerismo sí eligió una resonancia, y él no la rechazó.
En los últimos años, ya retirado de los escenarios por el avance del Parkinson, Solari siguió produciendo canciones y concediendo entrevistas selectivas, casi siempre con interlocutores del mismo ecosistema ideológico. La imagen del artista retirado en Castelar, grabando desde las sombras y hablando con Verbitsky o Figueras, fue la última versión de un vínculo que nunca fue del todo institucional pero que tampoco fue casual. El kirchnerismo lo necesitaba como símbolo de legitimidad cultural; él los necesitaba, quizás, para seguir sintiéndose del lado de los que llamaba los desangelados.















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