Sunday 31 de May, 2026

MUNDO | Hoy 06:56

Triste, solitario y ¿final?

Trump hace con Cuba lo que hace “el gato maula con el mísero ratón”, mientras Raúl Castro y Díaz-Canel administran los estertores de la revolución.

De poco sirven un Bruce Wayne sin capa ni batimovil y un Clark Kent que no se anima a convertirse en Superman.

Para los cubanos, Miguel Díaz-Canel es una promesa incumplida. Más por ansiedad que por tener motivos serios, esperaban que fuera el héroe político que se atreviera a lo que su mentor no se había atrevido. Pero el primer presidente sin el apellido Castro en 67 años terminó siendo un gris administrador de estertores; un guardián de los restos de la revolución.

Un regalo del régimen al presidente menos democrático y más inescrupuloso de la historia de Estados Unidos: la oportunidad de poner fin a una realidad calamitosa, sin que la acción que completó el colapso energético y económico causara más estupor que el ínfimo causado por la captura de Maduro y el sometimiento del chavismo a la voluntad de Washington.

Cuando Raúl Castro puso a Díaz-Canel en la presidencia, la mayoría creyó que el régimen, finalmente, cumpliría la postergada promesa de permitir la empresa privada nacional y abrir la economía a inversiones de capitales extranjeras. Lo que hizo Vietnam a partir del VI Congreso del Partido Comunista, al lanzar la “Doi Moi” que puso fin a la economía colectivista de planificación centralizada y promovió el capitalismo vietnamita y la inversión extranjera en gran escala.

La misma palabra, “Renovación”, usaron los comunistas laosianos para denominar la política que introdujo el capitalismo en ese país del sudeste asiático, mientras que Deng Xiaoping llamó “Política de Reforma y Apertura” al proceso que sacó a China de la pobreza rural y la convirtió en la superpotencia que hoy le disputa el liderazgo hegemónico en desarrollo económico y tecnológico a Estados Unidos.

Fidel Castro rechazó dar ese paso y el resultado fue la decadencia que desembocó en este oscuro Medioevo. La esperanza de un héroe reformista apareció con Raúl Castro durante el “periodo especial”. El colapso de la URSS dejó a Cuba sin el subsidio soviético que le permitía mantenerse con una economía improductiva. Fidel tuvo que dejar que su hermano impulse las reformas y aperturas que resultaban ineludibles, pero ni bien apareció Chávez convirtiendo a Venezuela en el pulmotor que mantuvo artificialmente viva la comatosa economía cubana, el comandante de la isla cerró aperturas y revirtió reformas, volviendo la proa hacia el anquilosado colectivismo de planificación centralizada.

El propio Raúl abandonó el impulso reformista que, aunque tenuemente, alguna vez había insinuado. Por eso encumbró a Díaz-Canel. Para generar la falsa ilusión de que, por fin, la apertura de la economía y las reformas al Estado burocrático permitirían que germine un empresariado cubano con vitalidad para crecer en interacción con el ingreso de capitales extranjeros.

En rigor, esa expectativa se basaba sólo en que su apellido no era Castro y en que no pertenecía a la generación de “los barbudos”, que envejeció convirtiendo la historia y la ideología de la revolución en su evangelio, con inquisición y cacería de herejes y blasfemos incluida.

Díaz-Canel fue un Clark Kent que no se convirtió en Superman. Por el contrario, se proclamó continuador del ideario castrista, o sea guardián de un templo lleva décadas convertido en panteón.

El crepúsculo comenzó en los ’80, cuando una multitud de balseros se embarcó en el puerto del Mariel. El flujo de cubanos que abordaban lo que fuere para navegar hacia Florida creció notablemente tras la pérdida del sostén soviético. Y con la clausura del pulmotor venezolano y Trump atajando el cada vez más escaso goteo de petróleo, alimentos y medicamentos hacia la isla como ayuda humanitaria, el país alcanzó una densa oscuridad, donde lo único que alumbra son las hogueras para incinerar basura en las calles desoladas.

Cuando asumió, estaba pendiente un paquete de reformas que ya había sido aprobado, pero quien debía impulsar el post-castrismo económico dejó que los burócratas del partido lo bloquearan hasta desactivarlo.

La economía cubana continuó en coma inducido, sin revertir la caducidad del sistema energético y aceptando la fórmula indigna de de funcionar con el petróleo regalado que recibía de Venezuela.

Cuando eso terminó por la caída de Nicolás Maduro y la súbita conversión del régimen chavista en virreinato de la administración Trump, el sistema energético sólo dio luz a la isla cuando llegaba petróleo regalado por Rusia o por México, lo que finalmente terminó con el torniquete de la Casa Blanca que cerró el goteo que encendía lámparas y ventiladores, además de proveer agua corriente, sólo algunas horas al día.

La economía y el sistema energético ya casi no muestran síntomas de vida. La isla quedó a oscuras. La basura se acumula hasta que los vecinos la queman en gigantescas hogueras. La Habana se ha vuelto fantasmal, igual que las demás ciudades cuyos habitantes deambulan como espectros en busca de lo que ya no existe: comida, agua, medicamentos y esperanzas de que algo pase, lo que sea, y cambie esta realidad penumbrosa y reptante.

La esperanza incluye, en última instancia, un golpe de gracia al régimen zombi propinado por el desquiciado y arrogante millonario que habita la Casa Blanca. Cualquier cosa parece mejor que esta burocracia que administra estertores.

Los herederos de Fidel Castro sólo saben marchar por el malecón agitando banderitas. El régimen sólo da señales de vida cuando se trata de aplastar protestas. Aún le funcionan el brazo represivo y el brazo que se estira para mendigar ayuda humanitaria y el combustible que haga marchar guaguas destartaladas y encienda lámparas y ventiladores por un puñado de horas a la semana.

Todo sería diferente si como China, Vietnam y Laos, el régimen hubiera mantenido la apertura que inició forzado por el colapso soviético y que Fidel cerró ni bien Chávez conectó la isla al pulmotor venezolano.

Tarde aunque aún a tiempo, Raúl pudo aprovechar mejor la distención que impulsó Barak Obama. De haber perseverado en esa vía, tan auspiciosa para las decenas de miles de emprendedores cubanos que supieron desplegar sus velas para aprovechar semejantes vientos, hoy los burócratas que rezan el evangelio de la revolución estarían haciendo algo más útil que aplastar protestas y desfilar por el malecón agitando banderitas.

Raúl tuvo más temor a perder el control sobre los cubanos que a la bancarrota de Cuba. Prefirió mantener la población hincada y rezando en las ruinas del templo de la revolución, en lugar de permitirle desplegar energía creativa y generar fuerza productiva.

La última esperanza fue la llegada a la jefatura del gobierno de un no miembro de la familia Castro. Pero resultó ser un Superman fallido. Un Bruce Wayne sin capa ni batimóvil ni coraje para enfrentar la inexorable y crepuscular decadencia castrista.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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