Para frustración de un presidente que se siente cómodo en la estratosfera de las grandes abstracciones y no quiere preocuparse por asuntos meramente terrenales, desde hace cuatro meses, el mundillo político nacional gira en torno al caso patético protagonizado por el renunciado Manuel Adorni. Como una de aquellas telenovelas interminables basadas en las vicisitudes anecdóticas de personajes supuestamente representativos, el relato que se ha confeccionado acerca del ex jefe de Gabinete sigue fascinando a un público especializado que, semana tras semana, se afirmaba indignado por la extensa negativa de Javier Milei a liberarse de un hombre cuya mera presencia a su lado le estaba ocasionando una multitud de problemas.
Si bien las muchas infracciones contables perpetradas por el hombre no son comparables con las hazañas extraordinarias en dicho ámbito de los kirchneristas, a Adorni le ha tocado ser el símbolo máximo de la corrupción que es típica de integrantes de la casta que viven de la política. ¿A qué se debe, pues, tanta lealtad por parte de Milei? Nadie parece saber la respuesta, pero puede que se haya convencido de que le convenía prolongar la saga por algunos meses más. Después de todo, lo mismo que el Mundial, la crónica de la vida diaria de un político caído en desgracia sirve para mantener entretenida a la gente en una etapa que para muchos está resultando ser muy difícil. Es por lo menos factible que, desde el punto de vista de Milei, será mejor que los periodistas se dejen obsesionar por los gustos poco refinados de Adorni de lo que sería que insistieran en llamar la atención a la mortandad de las pymes.
Como muchos han señalado, los impresionantes éxitos macroeconómicos anotados por el Gobierno aún no se han visto acompañados por mejoras microeconómicas que sean igualmente impactantes. Si bien los economistas entienden que el desfase así supuesta fue inevitable y que las transiciones siempre son arduas para aquellas empresas que, por los motivos que fueran, tardan en adaptarse, los problemas concretos de la gente no pueden sino perjudicar electoralmente al oficialismo de turno. Y, lo que a juicio de Milei podría ser peor, brindarán a sus enemigos ideológicos pretextos para declarar fracasado el proyecto que ha puesto en marcha para entonces hablar de la presunta necesidad de reemplazarlo por otro radicalmente distinto, a la medida del país existente, que a buen seguro supondría reinstaurar el corporativismo tradicional que lo llevó al borde de un abismo.
Felizmente para el Presidente, hasta ahora una minoría sustancial se ha resistido a escuchar los cantos de sirena de quienes dan por descontado que su programa compartirá el destino de tantos otros planes de saneamiento de inspiración liberal, pero ello no quiere decir que su éxito esté garantizado. Por cierto, no podía darse el lujo de subordinar todo lo demás a su voluntad de defender a un amigo personal que a su modo encarna un sistema de valores que es incompatible con el que reivindica.
El ala económica del Gobierno apuesta a que la sensación de que, por fin, la Argentina sí se ha transformado en un país resuelto a cumplir con sus compromisos financieros esté por abrir las compuertas para que entren un gran torrente de inversiones. Por razones evidentes, quisiera que la opinión pública reconociera que las perspectivas distan de ser tan sombrías como muchos suponen. Es que el optimismo que algunos especialistas dicen sentir dista de ser irracional. De continuar bajando el índice riesgo país, la Argentina pronto estará en condiciones de colocar deuda en los mercados financieros internacionales que durante tanto tiempo le han dado la espalda. Asimismo, si bien el boom que ya están experimentando no solo el agro sino también el sector energético y la minería aún no ha beneficiado mucho al resto de la economía, está comenzando a impulsar una plétora de actividades relacionadas que sí lo harán.
Milei se ha convencido a sí mismo que, con tal que la Argentina se aferre con tenacidad a un conjunto de principios muy sencillos, podría erigirse en el país más rico del planeta, pero por tratarse de un personaje tan extravagante, a muchos les cuesta tomar su retórica en serio. Con todo, por mucho que exagere cuando habla del futuro espléndido que imagina, no cabe duda de que, siempre y cuando la población lo permita, la Argentina podría recuperarse de los perjuicios que fueron causados por años de desgobierno para prosperar tanto como han hecho otros estados de características equiparables y algunos, como Singapur, que dependen por completo de su propio capital humano, ya que carecen de recursos naturales fácilmente aprovechables como el petróleo y gas de Vaca Muerta o la riqueza mineral de la Cordillera.
¿Ayuda la excentricidad de Milei que lo ha hecho un ícono internacional para la llamada “ultraderecha” con la que, en el fondo, tiene poco en común? Por un lado, ha servido para que en el resto del mundo muchos presten atención a lo que está ocurriendo en la Argentina que, antes de su llegada al poder, ostentaba una imagen sumamente negativa por ser el único país significante que, a pesar de contar con un sinfín de ventajas, se las había arreglada para depauperarse en un período en que muchos otros lograron enriquecerse. Por otro lado, la conducta a menudo estrafalaria de Milei y la escasa idoneidad de ciertos colaboradores plantea dudas legítimas sobre la fortaleza del proyecto ambicioso que ha concebido. Después de todo, si sólo se trata de la aventura personal de un influencer talentoso, todo podría venirse abajo en cualquier momento.
No es ningún secreto que Milei desprecia la política, razón por la que ha dejado en manos de su hermana todo lo vinculado con el partido, La Libertad Avanza, que se improvisó para aprovechar su popularidad. Por desgracia, si Karina se destaca por algo, es por su capacidad para convertir en enemigos a colaboradores potenciales. Antepone la presunta lealtad absoluta hacia su hermano a todo lo demás, lo que le impide construir un movimiento que sea lo bastante amplio como para modificar la cultura política y económica del país. Es lo que hizo el peronismo en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, con el resultado de que la Argentina no participó del gran auge de la economía que tantos beneficios produciría primero en América del Norte, Europa occidental, Australia y Japón y, andando el tiempo, en China e India. Milei espera hacer lo mismo en base a un ideario muy diferente.
Lo mismo que los comunistas a quienes desprecian, los mileístas creen que si aplican un plan detallado elaborado por quienes dicen entender las leyes “científicas” de la historia, el éxito les estará asegurado. Sin embargo, aunque el esquema socioeconómico que han adoptado es más realista y, por fortuna, mucho menos autoritario que el de los regímenes marxistas que tantos desastres provocaron, lo defienden de manera tan dogmática e inquisitorial que, cuando las circunstancias cambian, no les es nada fácil asumir una postura pragmática. En una etapa como la actual en que pocos días transcurren sin que asomen nuevos paradigmas, la rigidez así supuesta entraña muchos riesgos.
A comienzos de su gestión, Milei se concentró en la lucha frontal contra la inflación, esta enfermedad desgastante que atribuyó al facilismo crónico de una clase política congénitamente irresponsable. Muchos coincidieron. Con todo, aunque el gobierno ha logrado reducir la inflación a un nivel que, en la Argentina por lo menos, puede considerarse aceptable, a juzgar por la experiencia de otros países, entre ellos Israel, eliminarla por completo tomará varios años. Sea como fuere, tanto Milei como el ministro de Economía Luis Caputo y otros miembros de su equipo saben que, por fundamental que sea la estabilidad monetaria, será necesario suplementarla con estímulos al crecimiento. Por suerte, en este ámbito la Argentina tiene varias “balas de plata”. Milei quiere agregar a las supuestas por los recursos materiales, que ya están generando ingresos importantes, la Inteligencia Artificial que, de estar en lo cierto los profetas tecnológicos, podría ser mucho más lucrativa que la minería.
Aunque nadie sabe muy bien qué significará la IA para el futuro no sólo de los distintos países sino también para el de la especie humana en su conjunto -hay utopistas que se aseveran convencidos de que tendrá un impacto maravillosamente positivo y apocalípticos persuadidos de que terminará esclavizando a sus progenitores-, la verdad es que las empresas más ricas del mundo y los gobiernos de los países más poderosos ya están invirtiendo montos colosales en su desarrollo.
¿Podrá la Argentina sacar provecho de lo que está ocurriendo, ya que si consiguiera una fracción modesta de los billones de dólares que están generando las posibilidades abiertas por la IA, la economía nacional recibiría un impulso enorme? Milei cree que sí y que su propia relación con los magnates tecnológicos más célebres del planeta, además de la propuesta de dar un marco legal a “sociedades no humanas” manejadas por la IA para que tales entidades teóricas puedan disfrutar de los beneficios de la libertad, lo ayudarán a incluir al país en la lista de lugares apropiados para la instalación de grandes centros de datos que otros no quieren porque consumen cantidades prodigiosas de energía y agua.















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