Friday 3 de July, 2026

OPINIóN | Hoy 08:00

La próxima ola antisemita

Genios, poder y una sobrerrepresentación innegable: por qué el dominio judío en la IA podría alimentar una forma de antisemitismo que ya se ve venir.

La explosión de los negocios tecnológicos en décadas recientes generó un grupo que varios comparan con los industrialistas estadounidenses clásicos como Henry Ford, J.P. Morgan y John D. Rockefeller.

Contemporáneos como Mark Zuckerberg al frente de Meta, Sam Altman en OpenAI, Darío y Daniela Amodei con Anthropic. Se les agregan Sergey Brin, de Google, quien se sumó al desarrollo de Gemini. Estas figuras tienen varias cosas en común, la primera es que lideran los cuatro laboratorios de inteligencia artificial que se disputan el futuro; la segunda la revisaremos más adelante.

Esta historia se complementa con el grupo de los creadores. John von Neumann diseñó la arquitectura de la computadora moderna y por su parte, Norbert Wiener fundó la cibernética. Frank Rosenblatt construyó el perceptrón, la primera red que imitaba la neurona. Marvin Minsky, fundador del laboratorio de inteligencia artificial (IA) del MIT, figura entre los padres de la disciplina. La IA nació de la lógica, las matemáticas y la computación; y en esos campos el segundo hilo conductor del párrafo anterior se repite, es decir, todos los contemporáneos mencionados hasta aquí son judíos.

Al tiempo que el 0,2% de la población mundial es de origen hebraico, en Estados Unidos llegan al 2%. Conviene retener esas cifras antes de mirar lo que sigue. Recibieron cerca del 22% de los premios Nobel concedidos desde 1901, una proporción 110 veces mayor que su peso demográfico. En las ciencias duras la cifra trepa al 26%. Suma 24% en física, 26% en medicina y 40% en economía. En el premio Turing, el galardón máximo de la computación, rondan el 30% de los laureados. Por su parte, el mencionado Minsky, del MIT, lo ganó en 1969. Judea Pearl lo ganó en 2011 por su trabajo en IA y Yoshua Bengio, de familia judía marroquí, lo compartió en 2018 por el aprendizaje profundo. Esta sobrerrepresentación es un hecho medible y enorme.

Esa desproporción corona hoy la industria que reordena el mundo.

Entre tanto, el puente entre ambos grupos es la universidad norteamericana del siglo XX. La huida del fascismo europeo depositó una concentración de talento científico hebreo sin igual en Princeton, el MIT y Columbia. Cuando cayeron los cupos que limitaban el ingreso de judíos, esa población llenó las aulas de Harvard, Stanford y Berkeley, entre otras. Allí se formaron los departamentos de computación donde más tarde creció la IA. La recurrencia no baja por una sola escuela, sino por un ecosistema entero.

Queda la pregunta que todos formulan. Por qué tantos, por qué ellos y por qué en esto. No pienso resolverla, porque nadie puede hacerlo. Conviene ofrecer las explicaciones y dejar que cada uno elija, advirtiendo que no todas pesan igual.

El religioso dirá que fue el Talmud. La fe obligó a cada varón a leer 1000 años antes que el campesino vecino, y forjó un pueblo entrenado en el texto y en el argumento.

El historiador dirá que fue el oficio. Apartados de la tierra y de los gremios, los judíos fueron empujados al préstamo, al comercio y a la medicina. Oficios de número y de letra, repetidos durante 30 generaciones.

Aquí cabe una objeción fuerte. Otros pueblos perdieron su tierra y vagaron por el destierro. Los gitanos cruzaron Europa durante siglos y los beduinos jamás tuvieron suelo propio. Sin embargo, ninguno produjo nada parecido a esto. La diferencia nunca fue el exilio sino el nicho donde cada pueblo cayó. Al gitano lo esperaban la herrería y la música al tiempo que al judío lo esperaban el libro y el libro de cuentas.

Mi explicación favorita es la del casamentero. El ideal del estudioso que entraba por matrimonio en la familia próspera está documentado como costumbre. Lo que viene después es una conjetura mía: con el cerebro y el capital reuniéndose en una misma cuna, repetida durante siglos, la costumbre obró como una criba lenta.

El biólogo llevará esa criba un paso más lejos y hablará de selección heredable. Conviene advertir que esa hipótesis descansa sobre mucha menos evidencia que las anteriores. La prueba dura, el gen concreto, todavía no aparece. Las otras explicaciones se apoyan en hechos documentados al tiempo que esta es una conjetura elegante. Por lo tanto, no merecen el mismo crédito.

De esta cumbre saldrá una nueva ola de antisemitismo. No hay salida limpia y nunca la hubo. El motor de fondo siempre fue la envidia, y nada resulta más envidiable que el mando de la técnica que rehace el mundo. Pero conviene mirar a quién va a golpear de rebote, porque no es solo a los de arriba.

La IA va a dejar sin trabajo a millones de personas en los próximos años, y conviene una verdad fría antes de que la cabeza se caliente. El trabajo se pierde por la tecnología, no por la mano que la firma. Se perdería igual si los dueños fueran otros, de cualquier origen. La máquina no consulta el apellido de su inventor antes de reemplazar a un empleado. Estar en la cima no es haber empujado a nadie hacia abajo.

Pero el que pierde el trabajo no busca una explicación técnica, y conviene entenderlo antes de juzgarlo, porque su dolor es verdadero. La envidia sola engendra rencor, y el rencor no derrama sangre. Lo que enciende la violencia es un agravio masivo al que se le inventa un culpable visible. Frente a una herida tan grande, el corazón no pide un proceso sin rostro. Pide un nombre, porque un nombre se puede odiar y un proceso no. Y cuando lo busque, lo va a encontrar, porque los nombres en la cima están a la vista.

Ahí nace la mentira, y vale mirar su mecánica, porque entenderla es la única defensa. La mentira no vive en ningún dato suelto, como que la gente perderá el trabajo. Por lo tanto, la mentira vive en el lazo que ata las piezas, en el salto desde que unas personas construyeron esto hasta que un pueblo entero lo planeó contra todos. Una coincidencia no es una conspiración. Por eso prenderá, y hay que tenerle paciencia a la persona y firmeza a la mentira, que no son lo mismo.

Esta ola será distinta de las anteriores y más difícil de combatir, sobre todo por lo que le hará a la confianza. La IA prometía ser un terreno común, el árbitro que todos consultan. Si una parte grande se convence de que el árbitro está arreglado por la sangre de quien lo hizo, este muere y queda apenas la herramienta. Cada vez que un modelo dude, que mida una respuesta delicada, esa prudencia no se leerá como prudencia, sino como confesión. Cuanto más cuidado ponga la máquina, más culpable parecerá.

Por eso esta ola no bajará, y conviene ser honesto en vez de consolar con mentiras. Las viejas olas se ataban a un hecho, como una guerra o una crisis; sin embargo, la particularidad de esta nueva economía será el desempleo y este no es una tormenta que escampa, es un clima nuevo. Un agravio que se renueva cada mañana se reaviva solo. Y este no será un episodio que muere con su época sino un renglón guardado en el inventario del odio, que se enciende en cada ciclo malo, durante décadas.

Hay una verdad que conviene dejar escrita, por los de arriba y por los de abajo a la vez. Estos hombres no forman un bloque ni se coordinan entre ellos. Son rivales feroces que persiguen el mismo premio. Altman y los Amodei se separaron en malos términos. Quien los presenta como un bloque que conspira miente por definición. La misma visibilidad que alimenta la calumnia es la que la desarma, si se la mira con honestidad.

Y queda, para el que sufre, algo que no es un consuelo barato. Su dolor será real y merece ayuda concreta, no un sermón ni una culpa prestada. Lo único falso será siempre el puente entre ese dolor y un culpable elegido por su sangre. Quien tienda ese puente miente, aunque empiece por hechos ciertos.

Lo único que queda por hacer es nombrar lo que viene. Esta vez, por una sola vez, se ve llegar desde lejos y con tiempo. Antes el odio caía de golpe y sin aviso; ahora hay margen para reconocer el salto antes de que se vuelva sentido común. Quizá ese margen no alcance. Pero es lo único honesto que hay sobre la mesa, y es mejor que cerrar los ojos y esperar que llueva.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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Mookie Tenembaum

Mookie Tenembaum

Analista internacional, autor de Desilusionismo.

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