El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, inclina la cabeza, mostrando la cicatriz de una cirugía de cáncer de piel a la que se sometió el mes pasado, durante la promulgación de la ley que establece un Día Nacional de Recuerdo de las Víctimas de la COVID-19 en Brasilia. (EVARISTO SA / AFP)
Lula perdió cuando mostró que podía perder
Más subsidios, más anuncios y el fantasma del autoritarismo. Lula buscó acorralar al elector y terminó revelando su mayor debilidad.
Lula da Silva pasó buena parte de la campaña asegurando que podía ganar las elecciones brasileñas en primera vuelta. Sin embargo, en las últimas semanas hizo algo bastante diferente: gobernó y comunicó como un presidente que temía perderlas. El resultado terminó exponiendo esa contradicción. Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos contra el 45,16% del mandatario brasileño y llegará al balotaje del 25 de octubre con una ventaja de algo más de 2,2 millones de sufragios. Lula sigue vivo, por supuesto. Pero perdió la primera batalla y, quizás más importante, perdió la capacidad de presentarse como el favorito inevitable.
Hay una explicación que atraviesa buena parte de los análisis posteriores a la elección: el bolsillo, la inseguridad, el desgaste del poder, los escándalos y la persistencia del bolsonarismo. Pero hay otra cuestión menos cuantificable que probablemente también haya incidido. Lula perdió cuando empezó a mostrar que podía perder.
Mientras públicamente transmitía confianza, su Gobierno desplegó una batería extraordinaria de medidas para recuperar al electorado. Según Folha de S.Paulo, las iniciativas movilizadas durante el año electoral rondaron los 200.000 millones de reales. A sólo 17 días de las elecciones aumentó un 15% el Bolsa Família: el piso pasó de 600 a 691 reales y el beneficio promedio, de 675 a 777. Llegaron también Desenrola 3.0 para los endeudados, Gás do Povo, medidas sobre combustibles, apuestas online, la exención del impuesto a la renta para quienes ganan hasta 5.000 reales y nuevos anuncios de asistencia.
Cada medida podía tener una justificación económica o social. El problema fue su acumulación y, sobre todo, el momento. En conjunto transmitieron una sensación difícil de ocultar: urgencia.
La política tiene esas paradojas. Un gobierno puede gastar para demostrar fortaleza y terminar exhibiendo debilidad. Puede multiplicar anuncios para convencer al electorado de que las cosas están mejor y conseguir que ese mismo electorado se pregunte por qué fue necesario hacer tanto, tan rápido y justo antes de votar. Lula decía que ganaba. Su Gobierno actuaba como si supiera que podía perder.
Y después apareció el miedo. El presidente convirtió progresivamente la elección en una disyuntiva existencial. Ya no se trataba simplemente de elegir entre el PT y el bolsonarismo, entre dos programas económicos o dos maneras de administrar Brasil. Lula presentó la disputa como una batalla entre democracia y autoritarismo. Llegó a utilizar la tribuna de Naciones Unidas para advertir sobre ese peligro y, a pocos días de las elecciones, endureció el argumento hasta hablar de la necesidad de detener el avance del “fascismo”.
La idea podía sintetizarse brutalmente: soy yo o el infierno. Es una estrategia conocida pero cada vez menos eficaz: al elector no suele gustarle que lo acorralen. Cuando un dirigente le dice a una sociedad que sólo una de las alternativas electorales es legítima, está implícitamente descalificando la elección de quienes piensan distinto. Y Brasil respondió de una manera contundente: casi la mitad de los votos válidos fueron para Flávio Bolsonaro.
Eso no significa que las amenazas a la democracia brasileña hayan sido imaginarias. El asalto a las instituciones del 8 de enero de 2023 existió, como existieron las investigaciones y condenas derivadas de aquel proceso. Pero una cosa es defender las instituciones y otra convertir cada elección en un referéndum moral cuando es imposible esconder las propias manchas.
Veinte años y una pregunta incómoda
Hay además un interrogante mucho más profundo para el Partido de los Trabajadores. Lula gobernó Brasil entre 2003 y 2010, regresó al poder en 2023 y acaba de completar un nuevo mandato. Entre ambos períodos gobernó Dilma Rousseff desde 2011 hasta su destitución en 2016.
Después de tantos años de predominio petista, Brasil continúa siendo un país extraordinariamente desigual, con enormes bolsones de pobreza, infraestructura deficiente, servicios públicos muy dispares y diferencias regionales brutales.
Sería absurdo sostener que Lula no produjo transformaciones sociales. Sus primeros gobiernos coincidieron con una formidable reducción de la pobreza, crecimiento del empleo, aumento del salario mínimo y ampliación del consumo popular. Millones de brasileños ascendieron socialmente. Esa historia explica buena parte del vínculo afectivo que todavía conserva con las clases populares.
Pero precisamente por eso la pregunta resulta inevitable: después de tantos años de poder, ¿por qué una porción tan grande de la población todavía necesita transferencias estatales para mantener niveles mínimos de consumo?
El mapa electoral vuelve a mostrar esa fractura. Lula conserva su enorme fortaleza en el Nordeste y en algunas de las regiones de menores ingresos. Allí Bolsa Família y las políticas sociales tienen un peso enorme. Sería simplista afirmar que esos brasileños votan exclusivamente porque reciben una ayuda estatal: existen identidad política, memoria social, tradición partidaria y una experiencia concreta de movilidad durante los primeros gobiernos del PT. Pero también es cierto que se consolidó una relación política entre el petismo y el Brasil más dependiente de la asistencia pública.
El problema para Lula está en el otro Brasil. En São Paulo perdió ampliamente. También perdió Rio de Janeiro. Y perdió Minas Gerais, el Estado que tantas veces funcionó como termómetro político del país. Flávio Bolsonaro obtuvo alrededor del 52% en São Paulo y del 53% en Río. Ya no alcanza con explicar ese fenómeno hablando de ricos contra pobres. Allí hay trabajadores, pequeños comerciantes, clases medias bajas y millones de brasileños que también tienen dificultades económicas. Lo que aparece es otra preocupación.
El bolsillo y la calle
Brasil llegó a las elecciones con indicadores macroeconómicos que permitían al Gobierno defender su gestión. El desempleo había descendido y también existían avances sociales. Pero la política no se vota solamente con estadísticas. Se vota con la sensación de llegar o no a fin de mes.
El endeudamiento de los hogares alcanzó niveles preocupantes: más de 84 millones de deudores. El costo de vida siguió ocupando un lugar central en las encuestas. Y una parte de la sociedad sintió que la mejora que mostraban los números oficiales no coincidía con su experiencia cotidiana. Y a eso se le sumó la inseguridad.
Criminalidad, violencia urbana y seguridad pública estuvieron entre las principales preocupaciones de los brasileños. Flávio Bolsonaro entendió ese terreno y explotó una agenda de mano dura. Lula, en cambio, siguió poniendo buena parte de su capital político en una agenda progresista que moviliza intensamente a determinados sectores urbanos y culturales, pero que no necesariamente coincide con las prioridades inmediatas del brasileño . El progresismo habló de sus temas. Una parte de Brasil estaba hablando de otros.
La contradicción democrática
Hay además una paradoja que Lula deberá afrontar durante el balotaje. Su campaña quiso convertirlo en garante de la democracia, pero su tercer Gobierno convivió con uno de los períodos institucionalmente más controvertidos de la democracia brasileña reciente.
Es cierto que muchas de las decisiones cuestionadas no fueron tomadas por Lula sino por el Supremo Tribunal Federal y, particularmente, por el juez Alexandre de Moraes. Pero no hay dudas que De Moraes, quien condenó a Bolsonaro y cargó contra Elon Musk entre otros, es el brazo legal del presidente.
Las decisiones de Moraes sobre redes sociales, bloqueo de cuentas, retiro de contenidos e investigaciones por expresiones difundidas online provocaron fuertes cuestionamientos dentro y fuera de Brasil sobre libertad de expresión y debido proceso. El lulismo quedó políticamente identificado con ese dispositivo institucional porque muchas de esas decisiones golpearon principalmente al universo bolsonarista. Para sus adversarios, el Gobierno terminó beneficiándose de una Corte que actuaba con enorme dureza contra sus rivales.
El fantasma de la corrupción
Finalmente está aquello de lo que el PT nunca consiguió desprenderse completamente: la corrupción. Lula volvió al poder después de la anulación de sus condenas por cuestiones procesales y de competencia judicial, no mediante una declaración judicial que estableciera que toda la trama investigada alrededor del PT había sido inexistente. Y su nuevo Gobierno volvió a quedar alcanzado políticamente por investigaciones y sospechas en su entorno.
El caso del INSS y las investigaciones que rozaron a personas próximas al poder, incluida la controversia alrededor de su hijo Lulinha —que no fue formalmente acusado en ese expediente y niega irregularidades— reactivaron un recuerdo especialmente incómodo para el oficialismo.
Para millones de brasileños, la corrupción dejó de ser una acusación nueva y pasó a funcionar como confirmación de un prejuicio antiguo. Y ahí el discurso moral de Lula volvió a encontrar un límite. Es difícil presentarse simultáneamente como la última barrera ética frente al autoritarismo cuando una parte considerable del electorado sigue asociando al propio espacio político con prácticas que rechazó durante años.
El voto contra el miedo
Lula puede ganar el balotaje. Dos puntos son perfectamente reversibles. Tiene una maquinaria política formidable, conserva el apoyo de decenas de millones de brasileños y dispone todavía de tres semanas para reconstruir una mayoría. Pero la primera vuelta dejó una advertencia.
Flávio Bolsonaro no necesitó demostrar que Brasil estaba enamorado de él. Le alcanzó con demostrar que casi la mitad de Brasil estaba dispuesta a votar contra Lula. Ese quizá sea el error fundamental del presidente: confundir el temor que provoca el bolsonarismo en una parte del país con una adhesión automática al lulismo. Brasil parece haber contestado algo diferente.
Después de Lula, Dilma y nuevamente Lula, una parte importante de la sociedad considera que los problemas estructurales continúan. La pobreza sigue allí. La dependencia de las ayudas estatales sigue allí. La inseguridad sigue allí. Las deudas siguen allí. La corrupción vuelve periódicamente a la conversación pública. Y las tensiones institucionales no desaparecieron: simplemente cambiaron de protagonistas.
Lula intentó convencer a Brasil de que la elección era entre él y el abismo. Pero cuanto más dinero anunció, cuanto más beneficios aceleró y cuanto más dramático volvió su discurso, más evidente resultó que el propio presidente sabía que el abismo electoral también podía abrirse debajo de sus pies.
Tal vez ése haya sido el mensaje más poderoso de la campaña, aunque Lula nunca haya querido pronunciarlo. El presidente decía que ganaba. Todo lo que hizo en las últimas semanas decía que tenía miedo de perder. Y los votantes lo vieron.