Milei y Trump (CEDOC)

Por qué perdió Trump: economía, guerra con Irán y el impacto en Milei

El bolsillo castigó al presidente que prometió abaratar la vida. Con el Congreso en manos demócratas, el swap de US$20.000 millones entra en zona gris.

Donald Trump acaba de descubrir que la geopolítica del ego tiene un techo, y que ese techo se mide en dólares por galón: la consecuencia de la guerra en Medio Oriente fue la exorbitante suba del precio de la nafta. La única matemática que entendieron los votantes de clases medias y bajas que le habían puesto el voto hace 2 años y ahora le dieron la espalda. 

En la noche del martes, los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado en una ola que arrasó con los estados pendulares y perforó bastiones que el trumpismo daba por blindados: Ohio, Iowa, Kansas, Carolina del Sur y hasta Texas, donde James Talarico conquistó la primera banca senatorial demócrata desde 1988. Hay que remontarse a George W. Bush en 2006 para encontrar a un presidente que perdiera ambas cámaras en una elección de medio término. No fue un traspié. Fue un veredicto inapelable.

Talón de Aquiles

La paradoja es brutal. El mismo electorado que en 2024 le confió la Casa Blanca a Trump para que aliviara el costo de vida le retiró ahora la confianza exactamente por la misma razón. Según la encuesta a boca de urna de NBC News, tres de cada cuatro votantes describen la economía en malas condiciones, el 65% sostiene que las políticas del presidente la empeoraron y el 62% lo responsabiliza directamente por los precios altos. La aprobación presidencial rondó el 38%, un piso que podría convertirse en récord para un mandatario en unas midterms.

Los aranceles, presentados como el gran instrumento de la reindustrialización, terminaron funcionando como lo que la ortodoxia económica siempre advirtió que eran: un impuesto regresivo al consumo. Dos tercios de los votantes consideran que dañaron la economía de su zona. En el Maine de Susan Collins, derrotada por el demócrata Troy Jackson, casi siete de cada diez lo afirmaron sin matices. Primer dato a tomar en cuenta para la economía argentina y los postulados de campaña de los dos grandes frentes: hay sectores del peronismo que festejaban el proteccionismo de Trump. 

A la erosión económica se sumó una cadena de decisiones tomadas en la soledad del Salón Oval. La más gravosa fue la guerra con Irán, que Trump definió como un “pequeño desvío” y que ya lleva casi ocho meses. El presidente que había prometido sacar a Estados Unidos de las guerras ajenas terminó encerrado en una propia, con el diésel cerca de máximos históricos y la nafta más cara que haya registrado jamás una jornada electoral (a pesar de la desescalada con Irán del último mes). El 62% de los votantes cree que iniciar el conflicto fue un error. Y que ellos pagaron los platos rotos. 

Pato rengo

Lo que viene es un Trump en modo pato rengo prematuro. Un Congreso opositor dispone de herramientas formidables: el control del presupuesto, la potestad de citar funcionarios, la capacidad de investigar y, en el horizonte, la tentación del juicio político que ya se materializó tras las midterms de 2018: algo que los sectotres más centristas de los Demócratas rechazan, podría volver a polarizar al alectorado y por supuesto cederle el control del partido al ala más radical. 

Sin mayorías legislativas, la agenda de Trump quedará reducida a lo que pueda imponer por decreto (ha prtometido ya ser el presidente del veto al Congreso), con tribunales cada vez más atentos y un partido que empieza a mirar hacia la sucesión. JD Vance y Marco Rubio ya no compiten solo por el favor del jefe, sino por el derecho a definir el trumpismo después de Trump. Y deberán despegarse, al menos un poco, si quieren tener chances. 

Es previsible, además, que el presidente intente compensar en el frente externo lo que pierde puertas adentro. Los líderes acorralados en casa suelen sobreactuar afuera. Esa tentación, con una guerra abierta en Medio Oriente, no es una buena noticia para nadie. Podría ser la gota que colme el vaso. Irán lo sabe y tirará de esa cuerda seguramente. 

La Argentina

Pocos gobiernos ataron su suerte a Washington con la intensidad de Javier Milei. El alineamiento automático con Trump fue la columna vertebral de su política exterior y, en octubre de 2025, se tradujo en el swap de US$20.000 millones que el Tesoro de Scott Bessent activó en la antesala de las legislativas argentinas como salvataje. Trump fue explícito entonces: si Milei perdía, Estados Unidos no sería generoso. La Argentina usó unos US$2.500 millones y los devolvió en enero.

Ahí está el nudo. El Fondo de Estabilización Cambiaria, la herramienta que utilizó el Tesoro, queda bajo la órbita del Comité Bancario del Senado, que ahora conducirán los demócratas, varios de los cuales ya habían cuestionado el auxilio como una operación política financiada con fondos públicos. Para un Milei que llegará a las presidenciales de 2027 necesitado de recuperar el acceso al financiamiento internacional, y con un riesgo país que volvió a superar los 830 puntos, perder la certeza de un prestamista de última instancia en Washington no es un detalle menor. Recomponer puentes con un Capitolio demócrata exigirá un trabajo diplomático que el Gobierno, hasta ahora, desdeñó por completo.

La lección

En la Casa Rosada relativizan el golpe. Argumentan que el vínculo responde a una mirada estratégica del Departamento de Estado sobre el Atlántico Sur y que la Casa Blanca y el Tesoro seguirán en manos de Trump. El propio Bessent definió a la Argentina como un aliado de Estados Unidos y no de Trump. El problema es que la diplomacia de las afinidades personales tiene fecha de vencimiento, y el garante que Milei eligió acaba de quedar visiblemente debilitado.

El martes norteamericano deja una enseñanza que excede sus fronteras. Ningún liderazgo, por carismático que sea, resiste demasiado tiempo la contradicción entre el relato y la heladera. Trump prometió abaratar la vida y la encareció; prometió paz y eligió la guerra. Milei haría bien en leer el resultado como lo que es: una advertencia sobre los límites de la apuesta unipersonal. En política internacional, como en las finanzas, diversificar no es tibieza. Es supervivencia.

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