Benjamin Netanyahu volvió a hacer lo que mejor sabe: sobrevivir. Con el 84,5% de los votos escrutados, el Likud es la primera fuerza y su bloque suma 54 bancas, contra 49 de la coalición que encabeza Gadi Eisenkot. Ninguno llega a las 61 que exige la Knesset para formar gobierno. Los partidos árabes, con 17 escaños, quedaron en una posición que nunca tuvieron: la de árbitros. Faltan contar los votos de doble sobre, entre ellos los de los soldados, y el resultado oficial llegará el 4 de noviembre. Pero el mensaje de las urnas ya es legible: Israel no terminó de sacarse a Netanyahu de encima, y tampoco le renovó el mandato.
Lo que cambia
Cambia, primero, el clima político. La elección fue la primera desde el 7 de octubre de 2023, y el electorado le pasó factura al primer ministro que gobernaba cuando Hamas perpetró la peor masacre de judíos desde el Holocausto. La participación, cercana al 77,7%, fue una de las más altas en medio siglo, y buena parte de ese aumento vino del voto árabe. La sociedad israelí se movilizó, pero no para consagrar a nadie. Ni el Likud, ni Eisenkot, ni Bennett pueden leer el resultado como un cheque en blanco.
Cambia también el perfil del desafiante. Eisenkot no es un dirigente de izquierda ni un pacifista: fue jefe del Estado Mayor, integró el gabinete de guerra tras el ataque de Hamas y perdió a su hijo en Gaza. Su oferta no es un giro ideológico, sino institucional. Promete un gobierno “sionista” que sirva a todos, sin los socios ultranacionalistas que condicionaron a Netanyahu, como Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich, y con otra relación con la Justicia, después de la reforma judicial que partió al país en 2023.

Y cambia, sobre todo, la aritmética. Si Eisenkot quiere gobernar, necesitará al menos el apoyo externo de los partidos árabes. No sería la primera vez: Naftali Bennett, hoy su aliado, lo hizo en 2021 con Ra’am. Pero esa coalición duró un año, y Avigdor Lieberman, otra pieza clave del bloque opositor, ya anticipó que no dialogará con ellos. Netanyahu, en cambio, reclama un “gobierno nacional de derecha fuerte” y presenta a esos partidos como una amenaza para la existencia del Estado. La negociación que se abre en la residencia del presidente Isaac Herzog puede terminar en un gobierno frágil, en una unidad nacional forzada o en otra elección.
El factor árabe
Con el escrutinio más avanzado, el peso de los partidos árabes creció todavía más: ya suman 19 bancas, 12 para la Lista Conjunta y 7 para Ra’am, mientras el bloque de Netanyahu bajó a 53 y el de Eisenkot a 48. Es su mejor resultado histórico, empujado por una participación árabe de entre el 75% y el 80%. Una minoría que representa a uno de cada cinco israelíes tiene hoy en sus manos la llave del próximo gobierno.
La respuesta del Likud fue inmediata: “Las elecciones en Israel fueron robadas”. Netanyahu acusó en X a “partidos árabes que apoyan el terrorismo” de sobornos, amenazas, falsificación y uso de software prohibido para movilizar votantes, y su partido habló de miles de sobres con dinero y boletas de Ra’am, votos múltiples y personas que sufragaron con identidades ajenas. Políticos y medios israelíes sumaron otra sospecha: que Qatar habría financiado la compra de votos, algo que los partidos árabes y el emirato negaron. El Likud asegura tener cientos de testimonios, pero no los mostró.

La Comisión Central Electoral, que preside el juez Noam Sohlberg, giró las denuncias de injerencia extranjera al Shin Bet: admitió que no podía verificarlas, pero las consideró lo bastante serias para investigarlas, y aclaró que la pesquisa no alterará el resultado final. El servicio de seguridad confirmó que revisa posibles irregularidades, aunque advirtió que no busca culpar a todo un sector. Herzog pidió llegar al fondo y, a la vez, no manchar a una comunidad que votó democráticamente. Eisenkot fue más directo: acusó a Netanyahu de querer deslegitimar la elección porque perdió la mayoría.
Detrás de la denuncia también hay un cálculo. Si el voto árabe queda bajo sospecha, cualquier gobierno que dependa de él nacerá herido. Netanyahu ya insinuó que un acuerdo de Eisenkot con esos partidos sería una traición, mientras Ahmad Tibi, de la Lista Conjunta, reveló que la oposición lo consultó para reemplazar al presidente de la Knesset y que su bancada acompañará al candidato del bloque. Yussef Jabareen reclama una “verdadera alianza judeoárabe”, y Yair Golan es el único opositor que la abraza sin rodeos. Ese es el dilema de Eisenkot: sin los árabes no le alcanza, y con ellos tendrá que gobernar bajo la sombra de un fraude que nadie probó.
Lo que no cambia
Lo que no cambia es Irán. Netanyahu habló en la noche electoral de una “oportunidad histórica, única” para terminar con la amenaza iraní junto a Donald Trump. The Wall Street Journal reveló que Washington pidió a varios países del Golfo prepararse para una ofensiva breve e intensa después de las elecciones de medio término estadounidenses. Eisenkot y Bennett pueden discrepar con Netanyahu en casi todo, pero no en esto: ninguno de los dos acepta un Irán con capacidad nuclear. La política de seguridad israelí es un consenso de Estado, no un programa de gobierno.

Tampoco cambia la centralidad de Estados Unidos. Gobierne quien gobierne, Israel seguirá dependiendo del paraguas de Washington, y con Trump en la Casa Blanca esa alianza tiene un tono personal que favorece a Netanyahu, pero que no se agota en él. La normalización con Arabia Saudita, el día después en Gaza y la relación con los Acuerdos de Abraham seguirán atados a la agenda de la Casa Blanca.
Y no cambia la fragmentación. Israel lleva años de gobiernos que dependen de un puñado de bancas, de partidos religiosos que condicionan el reclutamiento militar y de coaliciones que se rompen antes de completar su mandato. El empate de esta elección no es una anomalía: es el sistema funcionando como funciona desde hace más de una década.
Dilema para Milei
Para la Argentina, el resultado tiene una lectura particular. Javier Milei hizo de Israel uno de los pilares de su política exterior y de Netanyahu un amigo personal. “Me siento personalmente amigo de Bibi”, dijo antes de su viaje de abril, y agregó que Occidente “debería estar agradecido” de que sea primer ministro. El vínculo se completa con Trump, en un triángulo ideológico que la Casa Rosada exhibe como un activo.

La reciprocidad fue explícita. Cuando La Libertad Avanza ganó las elecciones legislativas de 2025, Netanyahu fue de los primeros en saludarlo: “Te atreviste y ganaste”. Para un presidente que construye su identidad internacional sobre afinidades personales más que sobre equilibrios diplomáticos, perder a uno de sus socios más visibles no sería un dato menor. Netanyahu no es solo un aliado: es parte del relato con el que Milei se presenta en el mundo, junto a Trump, como integrante de una misma familia política.
Si Netanyahu conserva el poder, ese triángulo sigue intacto. Si lo pierde, Milei se queda sin su interlocutor más afín en Medio Oriente, pero no sin aliado. Un gobierno de Eisenkot y Bennett no tendría motivos para enfriar la relación con un país que comparte su visión sobre Irán, el principal sospechoso de los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA. Lo que se perdería es la afinidad personal; lo que se mantendría es el vínculo de Estado.
Queda una cuenta pendiente que el resultado vuelve más incierta: el traslado de la embajada argentina a Jerusalén. Milei lo definió como “una decisión tomada”, pero sin fecha. Con Netanyahu en el poder, el gesto tendría un destinatario claro. Con otro gobierno, sería una señal a un Estado, no a un amigo. La diferencia parece menor, pero en diplomacia las amistades personales suelen durar lo que dura un mandato.



















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