“No le hagan daño”, gritó Theodore Roosevelt a quienes sujetaban al hombre que acababa de herirlo con un disparo en Wisconsin. En una situación mucho menos grave, Trump hizo lo contrario: se burló de una mujer que estaba siendo golpeada por interrumpir su discurso en Ohio.
En 1912, estando herido, la reacción del ex presidente Theodore Roosvelt fue pedir que no lastimen a quien le había disparado con una Colt calibre 38 para asesinarlo. En cambio, la reacción de Trump fue decirle que “haga dieta” a la mujer voluminosa que recibía puñetazos de un fanático suyo.
Seguramente, los fanáticos bolsonaristas aplaudieron a Flavio cuando llamó “nueve dedos” a Lula da Silva en el último debate. Igual que los fanáticos trumpistas, la versión sudamericana del fanatismo ultraconservador carece de capacidad moral y mental para horrorizarse frente a la crueldad y uno de sus usos más abyectos: el bullyng.
El hecho es que esa burla malvada pronunciada en el momento menos indicado confirmó dos rasgos del candidato ahora prófugo: es un tipo cruel y negligente. El bullyng siempre es cruel y hacerlo en la antesala de las urnas es negligente. Sobre todo si se trata de una amputación que luce como una distinción en la mano de un ex obrero metalúrgico y sindicalista. Lula perdió ese dedo a los 17 años, trabajando a altas horas de la noche, mal pagado por un patrón explotador, para mantener a su madre y sus hermanos.

De todos modos, los apoyos de los ultras están blindados. Los bolsonaristas le aplaudirán incluso que haya huido para escapar de procesos judiciales que había prometido enfrentar para “probar” su “inocencia”. Lo que está claro es que quienes de afuera lo apoyaron en el proceso electoral y, tras la derrota, lo ayudaron a escaparse del país, de ahora en más lo ayudarán a difundir desde Estados Unidos el relato de que Lula se impuso mediante un fraude y que el gobierno brasileño debe sufrir sanciones y aislamiento hasta que el cuarto mandato de Lula acabe en un fracaso.
El viejo lobo de la política brasileña logró una proeza política sin precedentes en Brasil: remontar en el ballotage una derrota en primera vuelta. Para eso, con 81 años a cuestas, debió empalmar dos campañas electorales que implicaron esfuerzos físicos e intelectuales inmensos.
Pero su impresionante victoria lo dejó obligado a otra proeza: cumplir el nuevo mandato de cuatro años con éxito, sorteando todos los obstáculos y dificultades que pondrá en su camino un Congreso dominado por la oposición más extrema y agresiva de las últimas décadas, y con los principales Estados y ciudades gobernadas por el mismo conservadurismo para el cual el gobierno de la coalición centrista no es un adversario sino un enemigo al que es necesario destruir.

Se supone que, con las fatigas de la edad y de las tragedias que le tocó padecer en la vida, el sopapo recibido en las urnas de la primera ronda electoral lo dejaría tambaleando entre las cuerdas sin fuerzas para afrontar el siguiente round. Sin embargo, dejando boquiabierto al mundo, el viejo líder siguió saltando en los escenarios y en los camiones que navegaban multitudes en todas las grandes ciudades. Tenía que mostrarse brincando y emprendiendo trotecitos a cada rato para demostrar que no está decrépito y puede afrontar los siguientes cuatro años con el mismo vigor con que lideró sindicatos metalúrgicos paulistas y gobernó en los tres mandatos anteriores.
Además de conjurar la sombra de la decrepitud, para tener chance en el tramo que le quedó cuesta arriba hasta la votación definitoria, Lula tenía que identificar acertadamente las claves de la derrota en la primera vuelta, interpretarlas correctamente y operar quirúrgicamente sobre ellas hasta revertir en positivo el efecto negativo que habían tenido en la votación anterior.
Una de esas claves está en las redes sociales y el uso de toda tecnología comunicacional. En las redes la ultraderecha es pez en el agua, porque allí nació y se potenció con la ayuda de los algoritmos. Meta y otras plataformas de tecno-magnates cercanos a Trump había sido importante para el resultado en la primera vuelta.

Las redes sociales son la plaza publica de este tiempo, el espacio imprescindible para comunicarse con las masas. Y los algoritmos actúan para crear corrientes de odio contra las expresiones contrarias a Trump y a sus émulos ultraconservadores. El desafío era neutralizar el accionar de los algoritmos y maximizar el uso de otros dispositivos, como whatsapp. El diputado André Janone fue el Napoleón que diseñó la estrategia y comando su exitosa ejecución.
Otra clave a resolver estaba en los desencantados; aquellos que nunca votarían a un ultraconservador pero se abstuvieron porque las encuestas daban por ganador al líder del PT. El desafío era convencer al desencantado que se abstuvo que ahora debían ir a las urnas ante el riesgo de que derechos conseguidos sean destruidos por un gobernante ultraderechista.
Finalmente, una clave crucial estaba en el voto castigo de la primera vuelta. Se lo identificó y cuantificó: un millón doscientos mil lulistas que sufragaron por Bolsonaro como voto castigo por diversas razones, ahora debía convertirse en voto que vuelve arrepentido. En eso se concentró Lula, en lugar de darse por vencido. Si lograba que ese voto a castigo que favoreció Bolsonaro ahora vuelva arrepentido, lograría un efecto de alrededor de dos millones cuatrocientos mil votos, porque si el del votante que se abstuvo es un voto que se suma, el voto castigo que se convierte en voto que vuelve arrepentido, es un voto se suma a Lula y se resta a Bolsonaro: ergo, su efecto se duplica.

Salvo para el fanatismo ultraderechista, era evidente que Flavio Bolsonaro era un desafiante mediocre. Un líder diminuto en comparación con la dimensión del liderazgo de Lula. Observación que no tiene nada de subjetiva. Por el contrario, como habíamos dicho en estas páginas, es tan objetivo como decir que el rey de España es más alto que el presidente de Francia, algo objetivamente comprobable viendo a Felipe VI parado junto a Emmanuel Macron.
Si algo faltaba para comprobar la diferencia sideral entre la estatura histórica de uno y otro, era ver a Flavio huir despavorido de las causas judiciales ni bien perdió la elección con el líder que dio un discurso histórico aquel sábado 7 de abril, y luego caminó entre la multitud para entregarse a la policía que lo encarceló por orden de Sergio Moro, el juez de Curitiba a renglón seguido recibió de Jair Bolsonaro un superministerio.
Bien valía semejante compensación al juez que tomó la decisión que sacó a la Lula de aquella carrera electoral, permitiendo al padre del actual prófugo llegar al Palacio del Planalto.
















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