Cada tanto un analista se hace la misma pregunta: ¿puede un país pequeño expulsar a uno grande? La pregunta parece histórica y en realidad es sobre Ucrania. Lo que se quiere saber es si Ucrania puede desalojar a Rusia de su territorio y, para no decirlo de frente, se busca en el pasado una categoría donde Ucrania encaje: la de las naciones pequeñas que vencieron a imperios. Si la categoría existe y tiene miembros, Ucrania tiene esperanza; si no existe, no la tiene.
La respuesta habitual es que sí existe, pero con una condición. Un país chico puede ganar sin ayuda de afuera solo cuando la potencia se cansa, es decir, cuando el costo político de seguir supera al costo de irse. Los casos son Vietnam contra Estados Unidos y Afganistán contra la Unión Soviética. Y para los ejemplos donde el chico ganó de verdad en el campo de batalla, se citan dos que suenan a erudición: el bosque de Teutoburgo, donde los germanos aniquilaron tres legiones romanas en el año 9 de nuestra era, y la batalla de Adua, donde Etiopía derrotó a Italia en 1896.
El problema es que esa lista no sobrevive a una mirada atenta. Los ejemplos que se presentan como victorias solitarias dejan de serlo cuando se los examina de cerca.

Estados Unidos peleó en Vietnam contra un enemigo que recibía de la Unión Soviética misiles antiaéreos, aviones de combate, artillería y radares, y de China fusiles, munición, arroz y unos 300.000 militares chinos que entre 1965 y 1969 operaron en el norte del país reparando vías y manejando defensas antiaéreas, lo que liberaba tropas para el frente. Vietnam tenía dos potencias detrás, y Estados Unidos no podía atacarlas sin arriesgar una guerra mayor.
La Unión Soviética invadió Afganistán en 1979 y se retiró en 1989. En el medio, Estados Unidos gastó miles de millones de dólares en armar a la guerrilla afgana a través de Pakistán, que puso el territorio, los campamentos y el servicio de inteligencia. Arabia Saudita puso dinero a la par. Los misiles portátiles que derribaron helicópteros soviéticos desde 1986 eran estadounidenses. La retirada soviética fue el cansancio de un imperio frente a un pueblo financiado por su rival.
Afganistán vio además una segunda retirada, la de Estados Unidos en 2021, después de 20 años. Los talibanes que volvieron a Kabul pasaron esas dos décadas con santuario, hospitales, reclutamiento y protección del otro lado de la frontera pakistaní. Sin ese albergue es difícil imaginar que hubieran sostenido una insurgencia de esa escala durante tanto tiempo.

En 1896, el emperador Menelik II derrotó a un ejército italiano en las montañas del norte de Etiopía. Fue una victoria africana real, con soldados locales y un emperador del continente. Pero el caso prueba otra cosa: Menelik llevó a la batalla unos 100.000 hombres armados con fusiles modernos comprados a Francia, a Rusia y a la propia Italia, que años antes se los había vendido creyendo que compraba un aliado. Italia entró en combate con una fuerza varias veces menor. La diferencia de poder entre un imperio europeo y un reino africano no era, ese día y en ese lugar, una diferencia militar. Adua no muestra a un pequeño venciendo a un grande, sino que el grande no siempre llega al campo de batalla con toda su escala.
Teutoburgo es el ejemplo más antiguo, y tampoco dice lo que se le atribuye. El jefe germano que tendió la emboscada se llamaba Arminio. Era ciudadano romano, oficial de tropas auxiliares, formado en el ejército imperial, y conocía cómo marchaban las legiones porque había sido parte de ellas. No hubo allí una resistencia primitiva que derrotara a una máquina sofisticada, porque Arminio era en parte un producto de esa máquina. Y Roma no se retiró por esa derrota: siguió cruzando el Rin durante años, con Germánico al mando, y se detuvo cuando decidió que la conquista no valía el costo.
Las trece colonias que hoy son Estados Unidos vencieron a Gran Bretaña con dinero y tropas de Francia y España. En Yorktown fue la flota francesa de De Grasse la que cerró la bahía e impidió que Londres socorriera a Cornwallis, mientras soldados franceses combatían junto a Washington. En este caso, la ayuda fue parte de la victoria.

Asimismo, Argelia sacó a Francia con santuarios en Túnez y Marruecos y con armas de Egipto y del bloque soviético. Haití tuvo un aliado que nadie había contratado, la fiebre amarilla, y otro que sabía perfectamente lo que hacía, la marina británica, que bloqueó los puertos franceses y entregó armas a los rebeldes. Y Finlandia, presentada después como el arquetipo de la resistencia solitaria, recibió en 1939 armas extranjeras y miles de voluntarios suecos, y aun así no expulsó a la Unión Soviética: perdió territorio, firmó una paz y en 1941 volvió a la guerra del lado alemán.
La lista está vacía. Ninguno de los ejemplos que se usan para demostrar que un país poco poderoso puede vencer solo a uno grande lo demuestra. Lo que la historia muestra no es una lista de Davides, sino una lista de Davides con padrino.
Ahora bien, no toda ayuda es igual: hay cuatro niveles. El primero es la compra, como cuando Etiopía adquirió fusiles en el mercado europeo. El segundo es la asistencia, como cuando Finlandia recibió armas y voluntarios. El tercero es el santuario, como el de los talibanes del otro lado de la frontera. El cuarto es el patrocinio estratégico, como el de Vietnam, sostenido durante años por dos potencias que le ponían el material, la inteligencia y la cobertura política. Cuanto mayor es la diferencia de poder entre el atacante y el defensor, más alto debe ser el nivel de ayuda para que la guerra dure.
Ucrania está en el cuarto nivel sin discusión. Con la inteligencia de la OTAN, los misiles estadounidenses y europeos y los campos de entrenamiento en Polonia y Alemania, es el caso normal, no la excepción. Es como Vietnam con la Unión Soviética atrás. La ayuda no la descalifica, sino que hace válida la comparación.

Pero si la ayuda es la regla, hay que mirar a los dos lados de la mesa, porque el grande también tiene padrinos. Rusia pelea con drones diseñados en Irán, con proyectiles de artillería y soldados de Corea del Norte, y con componentes electrónicos que llegan de China. La guerra de Ucrania no es una guerra entre dos países, sino entre dos sistemas de sostén: de un lado, Ucrania con Europa y Estados Unidos; del otro, Rusia con su propia industria y sus proveedores. Por lo tanto, lo que decide una guerra así no es quién es más grande, sino qué sistema se agota antes.
Vietnam lo muestra: Estados Unidos no perdió porque el país asiático fuera invencible, sino porque su disposición a pagar se agotó antes que la voluntad soviética y china. Fue el grande, y no los padrinos del chico, el que se cansó primero. En Afganistán pasó lo mismo: la Unión Soviética se fue cuando el sistema que sostenía a la guerrilla resultó más duradero que el suyo.
Esa es la pregunta que vale sobre Ucrania, y es la que la taxonomía de los países chicos evita. No es si Ucrania puede ganar sola, porque nadie lo logró, sino cuál de los dos sistemas de sostén pierde antes la voluntad o la capacidad de seguir. Es decir, si Europa y Estados Unidos se cansan de pagar, o si Rusia se queda sin proveedores, sin soldados ajenos y sin economía para reponer lo que gasta. Los ejemplos históricos no consuelan, porque demuestran que la guerra del chico no la termina el chico ni el grande, sino los que pagan, cuando uno de los dos lados decide que ya pagó suficiente.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
















Comentarios