Colectivo Panamera (CEDOC)
Colectivo Panamera: la fiesta española que busca conquistar la cuna de la cumbia
La banda aterriza por primera vez en el país con su mezcla de cumbia y rock y un show pensado como ritual colectivo.
El debut de Colectivo Panamera en Buenos Aires no debería leerse como una simple fecha internacional más en la agenda de marzo. El 6 de marzo, en La Trastienda, la banda española celebrará su gira “10 años en movimiento”, pero lo que realmente se pone a prueba es algo más interesante: si su fiesta resiste fuera de su zona de confort y dialoga con una ciudad donde la mezcla de rock y cumbia no es tendencia sino tradición.
Panamera construyó en España una identidad propia dentro del circuito de festivales: canciones donde la cumbia funciona como motor rítmico, el rock aporta estructura y nervio, y los guiños caribeños o folklóricos completan una paleta que evita el academicismo indie. No trabajan la fusión como souvenir exótico sino como lenguaje natural. El desafío argentino, sin embargo, es mayor: aquí la cumbia no es una referencia cool, es ADN cultural. La pregunta no es si harán bailar —eso es lo mínimo— sino si lograrán convencer sin impostar.
Hay dos factores que juegan a favor. El primero es el formato sala. La Trastienda no es un festival al aire libre donde la energía se diluye entre pantallas y cerveza: es un espacio que obliga a sostener la tensión, a manejar los climas y a justificar cada golpe de estribillo. El segundo es el contexto aniversario. Los shows de “década cumplida” suelen inclinarse por el repertorio seguro, pero también ofrecen la oportunidad de reinterpretar canciones con más músculo y oficio escénico.
En el centro de su propuesta está la defensa del vivo como experiencia irreemplazable. Pepe Curioni fue explícito al advertir que si la inteligencia artificial termina homogeneizando la creación musical, “las canciones van a ser muy parecidas”, y subrayó el valor del concierto como espacio humano y emocional. No es una frase al pasar: es una declaración de principios. Panamera entiende el show como ritual colectivo, no como reproducción automática de un track.
La otra clave la dio Nacho Taboada cuando pidió que el público escuche las canciones “más allá de las etiquetas”. Es un mensaje pertinente en tiempos donde los géneros funcionan como hashtag antes que como identidad artística. Panamera no es “cumbia rock española” ni “tropical indie”: es una banda que escribe canciones pensadas para funcionar incluso cuando se apagan los rótulos.
Lo que se jugará esa noche en Buenos Aires no es solamente la potencia del groove ni la eficacia del estribillo expansivo. Se juega si la energía tiene curva emocional, si hay pausas estratégicas que permitan que el estallido siguiente valga la pena. En una ciudad que sabe distinguir entre fiesta real y marketing tropical, el examen es claro.
Si logran que el baile sea también relato, que la celebración tenga estructura y riesgo, entonces el desembarco no será anecdótico. Será la confirmación de que el mestizaje bien trabajado no es moda pasajera sino una forma contemporánea de entender la música popular. Y ahí sí, la fiesta dejará de ser un eslogan para convertirse en experiencia.
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