El presidente estadounidense Donald Trump llega para dar un discurso en la escuela secundaria Wheeler en Marietta, Georgia. (SAUL LOEB / AFP)

La coartada del culpable único

Grecia debe 149,7% de su PBI e Italia 137,8%. Europa emitió billones de euros durante cincuenta años y no construyó un solo silo de fertilizantes.

Cuando un sistema falla, la primera tentación consiste en encontrar una cara que firme el desastre. Es una operación antigua: los romanos colgaban el fracaso de la cosecha del cuello del emperador anterior, así como los teólogos medievales atribuían las pestes al pecado del soberano. En la actualidad, las democracias modernizaron la fórmula sin tocar el principio. En los años ochenta la culpa de todo la cargaba Reagan; luego, en los 2000, la cargaba Bush. Después cargó Obama, según el rincón ideológico del comentarista, y ahora queda en Trump. La biografía del señalado cambia, sin embargo la estructura del pensamiento permanece intacta.

La operación cumple dos funciones. Por una parte, sirve para descargar al observador del trabajo de analizar. Y por otra, es útil para postergar una pregunta inconveniente. Mientras dura el reinado del culpable único, todo se explica por su existencia. Así, queda flotando la promesa implícita de que el día en que se vaya, el problema desaparecerá. Los dos postulados son falsos, pero el segundo más que el primero.

Tomemos un caso concreto y verificable. El cierre parcial del Estrecho de Ormuz dejó a Europa sin acceso fluido a fertilizantes nitrogenados. Los países del Golfo Pérsico concentran cerca del 49% de las exportaciones globales de urea, y el tránsito por el estrecho cayó más de 70% desde el inicio del conflicto. Las plantas de fertilizantes de India, Bangladés y Pakistán cerraron la producción al quedar sin gas qatarí. Egipto perdió sus importaciones desde Israel y el precio internacional de la urea subió 30% en cuestión de semanas.

¿Quién acumuló previsoramente para este escenario? China. Los datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos cifran las reservas chinas en más del 50% del trigo mundial y cerca del 70% del maíz. Sinograin opera un sistema de almacenamiento que cubre dieciocho meses de consumo doméstico de trigo. Pekín mantiene reservas estatales de cerdo, cobre, mineral de hierro, galio, germanio y tierras raras. Hasta agosto de 2026, el gobierno chino retuvo las exportaciones de urea y fosfato para proteger a sus agricultores. Acumular es política de Estado en China desde los años ochenta. La refinaron tras la crisis alimentaria global de 2007-2008 y la mantuvieron durante todos los gobiernos que vinieron después.

¿Quién no acumuló nada equivalente? La Unión Europea. En julio de 2025 la Comisión Europea presentó la primera estrategia integral de almacenamiento estratégico de su historia. Apareció 52 años después de la primera crisis del petróleo de 1973 y más de tres años después de la invasión rusa de Ucrania que dejó a Alemania sin gas. La comisaria europea de Preparación y Gestión de Crisis enumeró las áreas a reforzar. Encabezaban la lista los fertilizantes, las semillas y el forraje. La misma funcionaria recomendó a los hogares europeos guardar un equipo de supervivencia para 72 horas.

Una administración que en 2025 sugiere a sus ciudadanos guardar conservas para tres días reconoce, con esa sugerencia, que no preparó nada durante medio siglo. Lo que sí acumuló Europa durante esos cincuenta años fue deuda pública. Grecia cerró el tercer trimestre de 2025 con un endeudamiento del 149,7% del producto interno bruto e Italia con 137,8%. Por su parte, Francia alcanzó el 117,7%, mientras que Bélgica y España superan el 100% por pocos puntos. La media de la eurozona se ubicó en 88,5%, y detrás de esos porcentajes hay billones de euros emitidos para financiar transferencias presentes y subsidios energéticos, no silos, depósitos o infraestructura logística.

El contraste resulta ilustrativo. Una potencia compra al exterior los nutrientes que sostienen la productividad de sus campos y no almacena ni siquiera el equivalente a una temporada de siembra. La otra produce internamente la mayoría de lo que necesita y aun así acumula reservas que cubren más de un año de consumo. La primera financió durante dos décadas transferencias sociales y planes de descarbonización con endeudamiento creciente. La segunda financió silos, depósitos, infraestructura logística y participaciones accionarias en minas extranjeras. Cuando el envío de fertilizantes se interrumpe, la primera no tiene urea en sus puertos y la segunda dispone de reservas para meses.

¿Quién es el culpable de esa situación? La fórmula vigente sostiene que Trump, porque cerró Ormuz, golpeó a Irán y rompió el orden multilateral. La respuesta es atractiva por su simplicidad y por su utilidad política, sin embargo es analíticamente falsa.

El presidente estadounidense actúa según una constante histórica que precede a su persona, porque defiende los intereses de Estados Unidos en términos de su país. Obama hizo lo mismo cuando bloqueó la entrada de Huawei al mercado estadounidense. Por su parte, Biden hizo lo mismo cuando promulgó el Inflation Reduction Act y atrajo inversión industrial europea hacia suelo de su país. El estilo varía según la sensibilidad del ocupante de turno, pero la operación es la misma. Esperar que un presidente subordine los intereses de su país a la conveniencia europea constituye un error de categoría diplomática, no una traición. Europa, además, no compra esa sumisión con una contrapartida estratégica.

El problema europeo no comienza con la presidencia de Trump y no termina con su salida. Si mañana asumiera un demócrata convencional en Washington, los silos europeos seguirían vacíos y Ormuz comprometido. Pekín retendría urea, al tiempo que los presupuestos europeos seguirían destinados al consumo presente antes que a la previsión futura. El próximo episodio de escasez encontrará al continente igualmente desprovisto y a sus dirigentes señalando algún nuevo culpable externo. Putin, Xi, Modi, Erdogan, el sucesor de Trump: el catálogo de coartadas es inagotable porque no depende de la realidad sino de la conveniencia retórica del momento.

La fórmula del culpable único opera como mecanismo de absolución colectiva. Justifica al votante europeo que eligió tres veces seguidas a gobiernos que ampliaban el gasto corriente y recortaban la inversión estratégica; es coartada para el periodista que celebró la transición energética sin computar la dependencia que ese cambio construyó respecto al gas del Golfo. También es excusa para el funcionario europeo que pasó dos décadas redactando directivas sobre etiquetado de alimentos en lugar de organizar la compra centralizada de urea. Exime a la clase política completa, transversal a partidos y ciclos electorales, que es la responsable colectiva de un desarme estratégico ininterrumpido.

Existe un cálculo mental sencillo para detectar la operación. Cuando alguien atribuye a un único líder extranjero la totalidad de un problema económico complejo, conviene preguntarse qué cuestionamiento esa atribución excluye. Casi siempre la pregunta relegada apunta hacia las propias autoridades del que acusa. Trump no cerró el Estrecho de Ormuz; la distancia geográfica entre Washington y el Golfo Pérsico la conocían los planificadores europeos desde la primera crisis del petróleo de 1973. Trump tampoco impidió que la Comisión Europea construyera un sistema centralizado de reservas de fertilizantes: esa decisión la postergaron gobiernos europeos que prefirieron emitir bonos para sostener gasto corriente. La Casa Blanca no decidió por Pekín la política de acopio estratégico que China aplica hace cuarenta años. Esa decisión la tomaron, en su debido tiempo, planificadores que estudiaron las hambrunas propias y ajenas y sacaron conclusiones operativas.

La coartada del culpable único resulta conveniente porque no exige cambios: basta con esperar la próxima elección estadounidense. La carencia europea de fertilizantes, en cambio, sí exige planteos profundos y decisiones presupuestarias dolorosas. Se deben reducir transferencias presentes para financiar previsión futura y reconocer que durante medio siglo Europa apostó al comercio abierto sin construir los amortiguadores que ese esquema requería ante una disrupción seria.

Si mañana un demócrata reemplaza a Trump y se restablece la circulación por Ormuz, las plantas europeas reanudarán su abastecimiento y la presión inmediata cederá. Los presupuestos volverán a destinarse al consumo corriente, los silos seguirán vacíos y la estructura quedará intacta. Pero cuando el siguiente choque llegue, y llegará, la coartada se actualizará con un nuevo nombre. El catálogo de culpables únicos no se agota porque cumple una función social que ningún resultado factual modifica: absuelve a quien lo usa, y eso basta para sostener el mecanismo durante décadas.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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