Wednesday 5 de August, 2026

OPINIóN | Hoy 08:02

Una obsesión norteamericana

Acusada de racista por su selección de fútbol “blanca”, Argentina es atacada por el progresismo estadounidense. Pero los verdaderos racistas son los partidarios de la política de la identidad, obsesionados con la raza y alejados del ideal de Martin Luther King.

En muchos países, pero sobre todo en Estados Unidos, los acusados de albergar sentimientos racistas corren el riesgo de perder el trabajo y, si son figuras públicas, ser condenados al ostracismo. A juicio de los moralistas neo-puritanos que hoy en día llevan la voz cantante en el país más influyente del planeta, el racismo contra las “personas de color” es el pecado original del mundo occidental.  Fue de prever, pues, que los resueltos a hablar pestes de la selección nacional argentina aprovecharía, para lanzar contra el país el misil verbal más potente del arsenal progresista, el hecho de que, a diferencia de todos sus rivales, fuera un equipo conformado exclusivamente por jugadores de etnia europea. Los decididos a criticar no sólo a los futbolistas sino también al país que representan, era una prueba irrefutable de que la Argentina es, para citar a un actor norteamericano, “uno de los países más racistas del mundo”.   

¿Lo es? Por ser cuestión de un asunto que depende tanto de anécdotas personales, es imposible saberlo, pero no hay motivos para suponer que aquí la mayoría preste más atención a las diferencias raciales que es habitual en otros países. Con todo, para los infatigables buscadores de síntomas de racismo, el que aquí no haya una comunidad negra visible es de por sí evidencia de que los argentinos son racistas incorregibles.

De todos modos, si bien hay argentinos que hablan despectivamente de “los negros”, sería insensato comparar tales actitudes con el odio sanguinario que es moneda corriente en buena parte del resto del mundo. Convendría recordar que muchos estudiantes africanos en China se sienten víctimas constantes de los prejuicios explícitos de los habitantes locales y que lo mismo sucede en los países árabes, en Rusia e incluso en partes de África en que diferencias étnicas a primera vista menores, como las que separan a los Tutsi de los Hutu, dieron lugar al genocidio de 1994 en que murieron casi un millón de personas.   

Sea como fuere, si el racismo se basa en la convicción de que en última instancia las presuntas diferencias entre los distintos grupos étnicos importan mucho más que cualquier otro detalle, los más racistas con los progresistas estadounidenses. Partidarios de “la política de la identidad” que es intrínsecamente racista, el tema y sus hipotéticas ramificaciones los obsesionan. En efecto, desde hace varias décadas, políticos de inclinaciones izquierdistas, académicos y otros integrantes de la elite intelectual, acompañados por un sinnúmero de activistas, están procurando reestructurar la sociedad norteamericana en un intento por curarla de lo que toman por su mal ancestral más feo. Dan por descontado que la minoría negra, una colectividad que en Estados Unidos incluye a todos aquellos que tienen algunas gotas de sangre africana, es la víctima principal del racismo inherente a la decreciente mayoría blanca.    

Puesto que los ingresos, que en muchos casos han sido muy elevados, y el prestigio personal de los involucrados en dicha campaña dependen de sus presuntos aportes a la causa que han adoptado, continuarán “luchando” hasta que hayan eliminado todo vestigio de desigualdad entre los resultados académicos y profesionales de los distintos grupos étnicos que conviven en su país. Como tantos fanáticos religiosos a través de los milenios, son perfeccionistas que, lejos de sentirse desanimados por sus fracasos, los celebran en su fuero interior porque les brindan pretextos para redoblar sus esfuerzos.

La obsesión con el racismo de las elites intelectuales estadounidenses se alimenta del bajo rendimiento educativa de miembros de la minoría de raíces africanas que constituye el trece por ciento aproximadamente de la población. Hace más de medio siglo, cuando la campaña por los derechos civiles logró poner fin a las medidas discriminatorias que habían defendido con tenacidad dirigentes del Partido Demócrata en el “Profundo Sur” de Estados Unidos, muchos daban por descontado que el atraso así supuesto fue consecuencia de nada más que los prejuicios de la mayoría blanca y que, una vez consolidada la igualdad legal, desaparecerían las diferencias entre las diversas comunidades étnicas. Por desgracia, esto no ha ocurrido, A pesar de las institucionalización de programas de “discriminación positiva” destinados a facilitar una transición que muchos creían inevitable, la brecha ha persistida.

  Para explicar dicha anomalía, los autoproclamados “antirracistas”, sean progresistas blancos o líderes de grupos de presión negros, la atribuyen a los prejuicios residuales que según ellos comparten todos los blancos o. para variar, a que la cultura occidental dominante y hasta disciplinas como la matemática sean congénitamente racistas. Insisten en que a menos que los logros académicos de los distintos grupos étnicos sean idénticos, no pueden sino reflejar el racismo oculto de los sectores dominantes de  la sociedad.

   En 1963, el líder negro emblemático Martin Luther King pronunció un discurso memorable en que afirmó: “yo tengo un sueño en que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”. En otras palabras, quería que los juzgara como individuos, no como representantes de una colectividad étnica, pero los militantes “antirracistas” actuales, que necesitan que el tema siga siendo prioritario, repudian el ideal reivindicado por su precursor más eminente.  Dicen creer que se trata de otro truco de los blancos y que, para frustrarlos, hay que cambiar las reglas para que sean iguales los resultados académicos de todos los grupos étnicos.

   Para contrarrestar la campaña vigorosa en tal sentido que están librando los progres norteamericanos, una alianza informal de conservadores, personas de origen asiático que han sido entre los más perjudicados por las medidas “woke” que por muchas décadas rigieron en las universidades más prestigiosas y, desde luego, el presidente Donald Trump, está procurando desmantelar, en nombre de la meritocracia, el sistema creado para favorecer a las supuestas víctimas del racismo arraigado de los blancos. Señalan que sería desastroso para virtualmente todos simplificar las carreras científicas a fin de beneficiar a un grupo étnico determinado, sobre todo en un momento en que el liderazgo tecnológico de Estados Unidos se vea amenazado por China cuyos gobernantes nunca pensarían en adoptar una política parecida. Con todo, si bien el gobierno de Trump ha logrado frenar el progresismo woke, los demócratas no vacilarán en reanudar la ofensiva si les toca recuperar la Casa Blanca en las elecciones programadas para 2028.

   Los intentos progresistas de promover los intereses de la minoría negra y, mientras tanto, frustrar las aspiraciones de los jóvenes asiáticos, blancos de clase obrera y otros, no se limitan al mundo académico en que, luego de apoderarse de las humanidades, los militantes woke están tratando de hacer lo mismo con las ciencias duras. En esta empresa, han contado con la colaboración entusiasta de Hollywood, de ahí la proliferación de películas en que actores negros cumplen los papeles más prestigiosos, como presidentes, científicos destacados y jefes burocráticos rodeados de subordinados blancos, mientras que los malos tienen forzosamente que ser varones anglosajones. Para sorpresa de nadie, la politización progre de Hollywood, y de corporaciones periodísticas antes florecientes como CNN, ha tenido consecuencias financieras muy negativas, razón por la cual algunas empresas han optado últimamente por modificar drásticamente su estrategia comercial.

   Ahora bien, aunque no cabe duda de que la campaña en pro de los derechos civiles encabezada por hombres como Martín Luther King sí benefició a muchos afro-descendientes, no se puede decir lo mismo de la versión emprendida por sus sucesores que, decepcionados por los resultados a largo plazo de las reformas legales que modificó radicalmente el panorama, declararon la guerra al racismo inconsciente que, según ellos, continuaba obstaculizando el camino hacia la igualdad plena. Al insistir en que la comunidad negra sigue siendo la víctima indefensa de la maldad blanca, estimula la autocompasión colectiva, la sensación debilitante de que sería inútil esforzarse personalmente ya que todo depende de la voluntad ajena.

  No sólo a los progresistas norteamericanos sino también a muchos otros les parece evidente que los problemas sociales que afligen a la minoría negra tienen su raíz en los siglos de esclavitud que precedieron la guerra civil que terminó en 1865 con el triunfo del Norte abolicionista. Creen que, con algunas excepciones, los negros de su país siguen traumatizados por la devastación psicológica ocasionada por una experiencia tan brutal y humillante. Puede que quienes piensan así estén en lo cierto, pero sucede que la combinación del rencor que sienten muchos descendientes de esclavos que atribuyen sus dificultades actuales al sufrimiento de sus antepasados con la culpa que sienten muchos blancos, hace de la sociedad norteamericana un polvorín que en cualquier momento podría estallar, como  en efecto ocurrió en 2020 cuando la muerte de George Floyd, un delincuente conocido que fue asfixiado por un policía blanco que procuraba inmovilizarlo, desató miles de disturbios violentos no sólo en Estados Unidos sino también en otras partes del mundo.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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