Donald Trump (Pablo Temes)

La senectud de Occidente

Las revueltas de estudiantes en Europa y el avance de movimientos fascistas pone en riego el statu quo. La crisis del Estado de bienestar y el rol de Trump.

En toda Europa, millones de jóvenes -una categoría que hoy en día parece incluir a personas que hace no mucho se habrían considerado de mediana edad- están protagonizando disturbios en las calles y atacando a la policía. Exigen más fondos para la educación y mejores condiciones de vivienda. Los gobiernos aseguran que les gustaría acceder a sus demandas, pero se están quedando sin recursos. Advierten que si intentan aumentar el gasto público los costos de endeudamiento se dispararán y los mercados de bonos provocarán una crisis financiera como las que depauperaron a la Argentina.

El choque entre expectativas a primera vista razonables y la realidad que está convulsionando a Europa tiene sus raíces en la demografía. Debido al desplome de la tasa de natalidad y al notable aumento de la esperanza de vida, los sistemas previsionales que se crearon hace décadas han dejado de ser viables. Con todo, para fortuna de quienes dependen de ellos, los jóvenes manifestantes no suelen percibir la situación como un conflicto generacional. Antes bien, se oponen a cualquier intento de reformar el sistema; temen acabar encontrándose entre los grandes perjudicados. Es por tal razón que muchos jóvenes españoles convirtieron a Maricarmen Abascal, una anciana desalojada, en emblema de la rebelión contra el déficit habitacional.

Para algunos, estamos asistiendo a la muerte del Estado de bienestar europeo; otros, en cambio, consideran que el colapso de lo que en su día fue un modelo sociopolítico sumamente exitoso no es más que un síntoma de un malestar que es mucho más profundo. Temen que la propia civilización occidental se encuentre en su fase terminal: La pérdida de fe en sus virtudes la estaría socavando desde dentro, mientras que, desde fuera, se enfrenta con China, Rusia y enjambres de islamistas. Por tal motivo, los gobiernos de países como Alemania, Francia y el Reino Unido coinciden en que deberán destinar muchos más recursos a la preparación militar, aun siendo conscientes de que, dadas las circunstancias actuales, tal objetivo no será del todo sencillo de alcanzar.

Entonces, ¿qué es lo que ha fallado? Hasta la fecha, los intentos por explicar el declive de la civilización occidental no han sido convincentes. ¿Será culpable la izquierda por haber llevado la autocrítica a tal extremo que, en ocasiones, parece preferir cualquier alternativa, por horrorosa que sea? Después de todo, al sacralizar el “multiculturalismo” según el cual incluso las variantes más primitivas se consideran tan valiosas como las desarrolladas por las naciones occidentales, y donde cuestionar esto se tilda de “racista”, los teóricos progresistas han contribuido a un clima de derrotismo en la opinión pública. Otros sostienen que la democracia misma contiene el germen de su propia autodestrucción, al tender, con el paso del tiempo, a privilegiar los intereses de quienes en última instancia dependen de la caridad ajena por encima de los de aquellos que son verdaderamente productivos. Por otro lado, hay quienes creen que, al reducir el respeto por las virtudes masculinas tradicionales, la feminización ha vuelto a las sociedades más pasivas y reacias al riesgo.

Este fue, en líneas generales, el tema central de un notable discurso pronunciado en Atenas, con el Partenón como telón de fondo, por Marco Rubio, a quien muchos consideran el miembro más lúcido de la administración de Donald Trump y, muy posiblemente, un futuro presidente de los Estados Unidos. En su intervención, el secretario de Estado ensalzó no solo la extraordinaria contribución de los pensadores de la antigua Grecia a la cultura occidental, sino también lo que podría definirse como el “espíritu griego”.

Según Rubio, la Grecia de Pericles, Tucídides, Platón, Aristóteles y tantos otros resultó fundamental para las generaciones posteriores porque encarnaba “los rasgos esenciales que acabarían definiendo a Occidente: una individualidad feroz y una ambición implacable; la audacia en la exploración y la invención; un anhelo de descubrimiento, de aventura, de riesgo y de gloria. Una curiosidad insaciable por el mundo y por los principios que lo rigen; un hambre por desentrañar los misterios de la naturaleza y comprender los secretos del cosmos; una impaciencia ante la idea de lo imposible, una resistencia a aceptar fronteras o límites, y un esfuerzo constante por asomarse a las profundidades de lo desconocido”.

Hace cincuenta años, tales palabras no habrían parecido polémicas, ya que los líderes políticos daban por sentado que, en cierto modo, eran los herederos espirituales de aquellos atenienses que, en palabras de Rubio, convirtieron la búsqueda de la excelencia en el principio mismo de la existencia humana, pero sus sucesores se han acostumbrado a adoptar mucho una postura más humilde. Pocos se atreverían a afirmar en público que a su juicio la civilización occidental es muy superior a cualquier otra y que a la humanidad le beneficiaría enormemente que esto fuera reconocido universalmente. Por el contrario, sugieren que las civilizaciones china, rusa o islámica tienen muchísimo que enseñarnos, por lo que haríamos bien en tratar a sus representantes con el debido respeto.

Mientras tanto, a ambos lados del Atlántico, las escuelas y universidades se esfuerzan al máximo por inculcar a las nuevas generaciones la idea de que, desde sus inicios, Occidente no fue más que un vergonzoso negocio imperialista, cuyos herederos deberían hacer penitencia postrándose ante los descendientes de sus innumerables víctimas.

Rubio dista mucho de ser el único líder político que teme que, a menos que las naciones occidentales recuperen su autoconfianza muy pronto, el futuro será sombrío. Muchos europeos coinciden en que ha llegado el momento de reaccionar con firmeza frente a las fuerzas que buscan desmoralizarlas. En la mayoría de los países, el conflicto entre quienes se autodenominan “progresistas” que están empeñados en deconstruir la cultura dominante y los defensores de esta última, ha sustituido a la vieja división entre izquierda y derecha que se basaba principalmente en cuestiones económicas.

Por un lado, se encuentran los atraídos por la “interseccionalidad”, en la que militantes feministas, personas de color resentidas, musulmanes y miembros de un número creciente de identidades sexuales se consideran aliados naturales; por el otro, están quienes defienden la familia tradicional, abogan por una visión que no distingue entre las personas por motivos étnicos y son plenamente conscientes de que los pueblos incapaces o reacios a defenderse militarmente corren el riesgo de ser aplastados por otros que no comparten sus inhibiciones.

Aunque hay indicios de que los autodenominados progresistas están a la defensiva, puede que ya sea demasiado tarde para que sus adversarios logren imponerse. Una vez que comienza el declive de una civilización, revertirlo resulta extraordinariamente difícil. A su modo, el Occidente actual guarda un notable parecido con el mundo grecorromano de lo que los historiadores denominan la “Antigüedad tardía”: una época en la que los valores y principios, en especialmente los reivindicados por Rubio, que siglos antes habían servido para fortalecer la cohesión social perdieron su capacidad para influir en el comportamiento; proliferaron cultos rarísimos y multitudes de “bárbaros” fueron en efecto colonizando el imperio. El desastre subsiguiente fue de tal magnitud que tuvieron que transcurrir mil años antes de que el Occidente, tras reconectarse intelectualmente con el mundo antiguo, comenzará a mostrar signos de una recuperación que, andando el tiempo, lo llevaría al lugar que todavía ocupa hoy.

Lamentablemente, las perspectivas seguirán siendo sombrías a menos que la tasa de natalidad aumente drásticamente pero, como señalan los demógrafos, no suelen tener éxito los intentos oficiales por alentar a la población a tener hijos. La mayoría de las medidas que se están adoptando actualmente en países como Hungría ya fueron ensayadas por el emperador romano Augusto; tuvieron escaso efecto.

Si bien el problema es aún más grave en China, Rusia y partes del mundo islámico que en algunas regiones de Occidente, esto implica que los próximos años serán sumamente peligrosos: los líderes de tales sociedades saben que el tiempo no juega a su favor y por lo tanto se verán fuertemente tentados a aprovechar lo que verán como una ventana de oportunidad que está por cerrarse.

Hace mucho tiempo que dejó de estar de moda considerar a las civilizaciones como organismos vivos que tras disfrutar de una etapa de juventud, alcanzan la madurez y, finalmente, envejecen. Con todo, si bien las teorías de pensadores como Oswald Spengler, expuestas en “La decadencia de Occidente”, pueden parecer hoy obsoletas, la trayectoria evolutiva que trazaron para las sociedades que analizaron sigue siendo convincente. Por cierto, no cabe duda de que, a menos que Occidente, al cual pertenece la Argentina, recupere ese espíritu juvenil aventurero que, según Rubio, constituía el rasgo más distintivo de la Atenas de hace dos mil quinientos años, correrá la misma suerte aciaga que tantas otras civilizaciones que dieron sentido a la vida de quienes tuvieron la fortuna de aprovechar lo que tenían para ofrecer. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en otras épocas cuando había pueblos rivales que aguardaban su momento para beneficiarse de los logros ajenos, hoy en día todos corren el riesgo de ser arrollados por la gran depresión demográfica que amenaza al mundo.

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