Messi Con Trump (AFP)

Messi con Trump (y la maldita comparación con Maradona)

Las redes criticaron a Messi por su encuentro con Trump, mientras resurgen las comparaciones con Maradona y su militancia política junto a Fidel y Chávez.

Los versus entre Messi y Maradona suelen resolverse en el terreno del fútbol. Se discuten gambetas, goles, liderazgo y títulos, finales perdidas o ganadas. A veces gana uno, a veces el otro. Pero hay otro plano es donde sus diferencias los situan en veredas opuestas. Donde el versus es mucho más rrevelador y mucho menos romántico: la política

La escena que disparó la última polémica ocurrió en Washington. Lionel Messi y el Inter Miami, campeones de la MLS, fueron recibidos en la Casa Blanca por Donald Trump. El protocolo es viejo: Estados Unidos invita a los equipos campeones y el presidente posa para la foto. Pero el contexto lo cambia todo. Trump transita una escalada militar con Irán y, fiel a su estilo, aprovechó el encuentro para hablar de la operación en curso.

Messi escuchó, aplaudió y luego sonrió para las fotos.

En cuestión de minutos, las redes sociales hicieron su trabajo. Sobre todo desde sectores progresistas apareció el juicio moral instantáneo: Messi, dijeron, estaba legitimando a uno de los políticos más controvertidos del planeta. El tribunal digital falló en memes, ironías y un apodo que circuló con entusiasmo: “el secanuca de Trump”.

La escena tiene algo de absurdo. Messi no dijo una palabra de política. Pero en el siglo XXI hasta el silencio se interpreta como alineamiento. Y ahí aparece inevitablemente el contraste con Diego Maradona, el futbolista para quien la política nunca fue un terreno a evitar, sino un escenario a conquistar.

Porque "El Diego" no se limitaba a opinar: militaba. Se enfrentó con la FIFA, denunció al Vaticano por su “techo de oro”, se proclamó enemigo del “imperio” y convirtió cada entrevista en una mezcla de revolución latinoamericana y show televisivo. Maradona era un personaje perfectamente adaptado al clima político del final del siglo XX: populista, provocador, excesivo.

Sus amistades también estaban cuidadosamente elegidas para alimentar ese relato. Fidel Castro fue la más célebre. Diego lo visitaba en La Habana (donde hoy quienes lo denostan recuerdan que le habilitaban la pederastía), hablaba de la revolución y terminó tatuándose su rostro en la pierna. También abrazó a Hugo Chávez, a quien acompañó en actos públicos, campañas y gestos de apoyo.

Hasta ahí, la leyenda.

Lo curioso es que el mismo internet que hoy destruye a Messi por una foto con Trump prefiere olvidar algunos detalles incómodos del Diego. Por ejemplo, que durante años mantuvo una relación muy cercana con el régimen chavista, incluso participando como intermediario en operaciones comerciales vinculadas a la compra de alimentos desde Europa.

Mientras Venezuela atravesaba una de las peores crisis humanitarias del continente, Maradona seguía posando con Chávez primero y con Maduro después, recibiendo pagos por distintas colaboraciones mediáticas y políticas. Pero ese capítulo rara vez aparece en la narrativa épica.

En el recuerdo sentimental de las redes, Maradona sigue siendo el defensor de los pobres, el rebelde que enfrentaba al poder global. La imagen es poderosa, claro. También convenientemente incompleta.

Porque si algo caracterizó a Diego fue su talento incomparable para convertir la política en espectáculo. No era tanto un militante como un artista del gesto político. Sabía perfectamente qué imagen construir: el rebelde que insultaba a George Bush por sus "crímenes de guerra" (nunca reconoció las violaciones a los derechos humanos en Cuba o Venezuela), el latinoamericano que rechazaba premios en Estados Unidos para viajar a Cuba, el ídolo popular que hablaba contra las elites mientras se movía entre jeques y contratos millonarios.

La contradicción nunca fue un problema. Al contrario: era parte del personaje.

Ahí aparece la diferencia más profunda con Messi, el ídolo de la globalización. Un futbolista formado en la diplomacia silenciosa del deporte corporativo. No opina, no grita, no lidera cruzadas ideológicas. Se limita a jugar, ganar y posar para la foto institucional que le toque. Para muchos eso es tibieza. Para otros, simple inteligencia.

Maradona, en cambio, fue un ídolo barroco, hecho de épica, exceso y contradicción. Un jugador sublime que necesitaba transformar cada gesto en un acto político, incluso cuando ese gesto terminaba alineándolo con regímenes que poco tenían de populares.

Por eso resulta tan curioso el juicio moral contemporáneo. Las mismas redes que hoy destruyen a Messi por aparecer al lado de Trump son las que esculpen el bronce del Diego como si hubiera sido una especie de Che Guevara con botines. Tal vez la verdad sea más incómoda.

Ni Messi es un operador del trumpismo ni Maradona fue un revolucionario puro. Uno representa la neutralidad calculada del ídolo global. El otro representó la teatralidad política del ídolo popular, con todas sus incoherencias. Pero en tiempos de indignación digital, las matizaciones suelen perder.

Así que la escena queda servida como metáfora de época: Messi aplaude en silencio en la Casa Blanca y lo crucifican en internet. Maradona abrazaba caudillos autoritarios y todavía lo llaman el rebelde del pueblo. El fútbol, como la política, también sabe fabricar mitologías. 

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