Llegó Thomas Hobbes y se sentó a la cabecera de la mesa para recordar una verdad antigua y brutal que habíamos olvidado entre tantos cócteles diplomáticos: la soberanía es única y exclusivamente aquello que se defiende físicamente. Y quedó claro en América Latina que no se puede defender nada.
Durante décadas, la región vivió una alucinación colectiva, una fantasía de igualdad sostenida por la burocracia de las Naciones Unidas, las fotos de familia en el G20 y los asientos rotatorios en el Consejo de Seguridad, creyendo que el derecho internacional era un escudo impenetrable cuando, en realidad, era solo una cortesía del hegemón. Esta ilusión se terminó el día en que Estados Unidos entró a sacar a un presidente de su casa y llevárselo sin pedir permiso, sin consultar y sin avisar, dejando a Brasil y al resto del continente con la única opción de la tristeza y la irrelevancia.
Mientras Brasilia organizaba llamadas telefónicas y enviaba gasas, Washington desplegaba fuerza bruta, demostrando que el supuesto liderazgo regional de Brasil era una ficción que solo existía porque el dueño del norte permitía que existiera.
El despertar a esta condición de vasallaje es traumático porque expone la desnudez estratégica de naciones que creían jugar en las ligas mayores. Los generales que hoy se quejan por la falta de presupuesto para aviones o submarinos admiten tardíamente que sin pertrechos no hay voz y que la diplomacia del “poder blando” es un juguete inútil cuando el interlocutor decide usar el garrote.
Países como Argentina o Ecuador, en un acto de realismo instintivo, celebraron la intervención porque entendieron antes que nadie algo milenario: en la hora del vasallo, lo único que garantiza la supervivencia es alinearse rápidamente con quien tiene el poder de fuego. La vieja pretensión de hablar de igual a igual, de condenar o aprobar las acciones del imperio, se reveló como una arrogancia permitida que se evapora en el instante en que el verdadero poder actúa.
Pero si la intervención física fue el golpe que blanqueó el estatus de vasallo, la inteligencia artificial es el candado que lo cerrará para siempre. Hasta ahora, la disparidad era logística y balística, una brecha que teóricamente podía acortarse con décadas de inversión, pero la llegada de la inteligencia artificial militar cambia la naturaleza misma del dominio. Estados Unidos no entregará esta tecnología como un commodity o un servicio básico que se contrata en la nube; la guardará celosamente como la ventaja asimétrica definitiva. Si hoy la región es impotente ante un grupo de tareas naval, mañana será absolutamente irrelevante ante sistemas autónomos que toman decisiones tácticas y estratégicas a velocidades que la mente humana y las burocracias latinoamericanas ni siquiera pueden procesar.
La inteligencia artificial no democratiza el poder, lo concentra de una manera tan absoluta que la idea misma de autonomía nacional se vuelve risible. El vasallaje ya no será una condición política negociable, sino una realidad técnica ineludible, donde el norte tendrá la capacidad de “pisar la cara” de cualquier disidencia sin siquiera enviar un soldado, simplemente apagando o controlando la infraestructura digital y cognitiva de sus vecinos.
Saberse vasallo hoy es entender que el tiempo de la retórica terminó y que el futuro inmediato es una gestión de la obediencia, donde la única opción racional es comprender cuál es tu lugar en la jerarquía antes de que la tecnología haga que esa lección sea dolorosa.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.


















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