Wednesday 11 de February, 2026

OPINIóN | Hoy 18:57

Jerarquía civilizada: un acuerdo para decidir con legitimidad

Sin una autoridad reconocida para definir el rumbo, se filtra la incertidumbre, la claridad se diluye y las organizaciones no se vuelven más libres: se vuelven más confusas.

En los debates actuales sobre liderazgo suele aparecer una consigna repetida: horizontalidad, consenso, participación. Sin embargo, esa consigna omite una pregunta central: ¿cómo se toman decisiones cuando las opiniones son distintas y el tiempo apremia?

La jerarquía civilizada aparece como una respuesta incómoda, pero necesaria. No como autoritarismo ni imposición, sino como un contrato social que permite decidir sin recurrir a la “fuerza”. Un sistema donde una opinión no es más verdadera que otra, pero sí más legítima para definir el rumbo.

Las decisiones, a diferencia de los diagnósticos, no son objetivas. Los datos sirven para entender la realidad, pero decidir implica preferencias, prioridades y valores. Dos personas pueden analizar la misma información y elegir caminos distintos. En ese punto, alguien tiene que hacerse cargo de la decisión final.

La jerarquía civilizada cumple justamente esa función: asignar legitimidad a una voz para desempatar. Como en el deporte, el árbitro no tiene razón porque vea mejor, tiene razón porque su opinión vale más dentro del juego. Sin ese acuerdo previo, lo que aparece es caos en lugar de libertad.

La ausencia de jerarquía no elimina el poder; lo desplaza. Cuando no hay una autoridad legítima que decida, se convierte en una anarquía -que dura poco-. Luego aparece otra jerarquía, generalmente basada en la fuerza, en el miedo o en el volumen. La historia humana muestra que ese camino -cíclico- no termina bien.

En el liderazgo cotidiano, este problema se manifiesta de maneras más sutiles. Hoy abundan líderes que, en nombre de la armonía y la democracia, evitan corregir, evitan incomodar y evitan decidir. No dicen lo que está mal, no fijan límites y confunden empatía con falta de coraje. El resultado es confusión.

El liderazgo es situacional. Hay momentos que requieren directividad y otros que se benefician de la participación. La metáfora es clara: la primera del auto da tracción; la quinta da velocidad. Pretender subir una pendiente en quinta no funciona, pero salir a la autopista en primera puede ser fatal. El problema está en no saber cuándo y cómo usar la jerarquía.

La jerarquía civilizada no niega la participación ni la inteligencia colectiva. Al contrario: necesita datos, debate y conflicto de ideas. Pero también necesita un cierre. Alguien que diga “vamos por acá” y asuma la responsabilidad de esa decisión. Porque lo peor que le puede pasar a un sistema es no decidir, en lugar de equivocarse.

En equipos, organizaciones y sociedades, la claridad es un regalo. Cuando las decisiones quedan suspendidas, la incertidumbre se filtra hacia abajo y la pagan quienes menos poder tienen. La función del liderazgo es resolver el conflicto con legitimidad.

La jerarquía civilizada es, en ese sentido, uno de los grandes inventos de la humanidad. No es perfecta, pero es preferible a cualquier alternativa basada en la improvisación o la fuerza. Decidir es un acto subjetivo. Hacerse cargo de decidir, con reglas claras y responsabilidad, es liderazgo.

 

Santiago Fernández Escobar, especialista en comportamiento humano, liderazgo y alto rendimiento organizacional. Fundador y director de ACROS Training.

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por Santiago Fernández Escobar

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