Tuesday 27 de January, 2026

OPINIóN | Hoy 06:02

El costo de la grieta

Cómo nos afecta vivir en un clima de hostilidad permanente y la paradoja entre la violencia verbal y la exigencia de moderación.

¿Cómo nos afecta vivir en un clima de discusión pública marcado por la hostilidad?

No somos ajenos al entorno que nos rodea, como sucede con la música suave que nos puede relajar y los sonidos estridentes y desordenados que pueden ponernos en alerta. Las palabras y las emociones funcionan de la misma manera: el modo en que se nos habla termina afectando el modo en que vivimos.

Es fácil advertir el enojo social con la política, condensado en términos como “casta”, “planeros”, “antipatria” o “fachos”. Pero no todo es bronca: la rivalidad también se monta como un show para captar la atención. El conflicto vende entradas, retiene en redes y reúne audiencias. Es, muchas veces, una enemistad de utilería: se enciende para el espectáculo y se apaga al final. Como en el fútbol, que se canta contra el rival porque es parte del juego y se suelta cuando suena el pitido final.

El problema surge cuando la confrontación deja de ser juego y se cuela en las casas, separando familias y amistades. La llamada grieta no es solo un desacuerdo electoral; es la imposibilidad de imaginar una convivencia con lo diferente. Cuando uno gana, defiende las instituciones, y cuando pierde, como un niño con baja tolerancia a la frustración, dice que el sistema está mal.

El costo psicológico de este clima se siente en lo cotidiano. La polarización recorta la libertad de elegir y borra los matices. Las posiciones intermedias —los “tibios”— quedan canceladas, mientras crecen la intolerancia, la rigidez, la impulsividad y la desconfianza. La violencia genera más violencia, porque el violento se justifica en la reacción del otro. “Me hiciste enojar”, se escucha decir con frecuencia. Pero la verdad es otra: el enojo pertenece a quien lo siente, y cada cual debería hacerse responsable de él.

Pero enojarse no está mal. Lo que está mal es desentenderse, culpar al otro por lo que uno siente o canalizar ese enojo en violencia. Freud decía que la civilización empezó el día que alguien respondió a una flecha enemiga con un insulto. Es decir, la única manera de vivir en sociedad es tamizar la violencia con la palabra, ese recurso que nos hace diferentes del resto de la naturaleza. Puede parecer grosero, pero está dentro de lo civilizado. En el consultorio, confieso que encuentro más personas angustiadas por no poder insultar que personas ofendidas por haberlo sido.

La paradoja: mientras nos abruman discursos cargados de violencia, se nos exige, al mismo tiempo, moderación. El ideal parece apuntar a que nunca hay que enojarse, nunca levantar la voz, nunca perder la compostura. Como si pudiéramos vivir sin la incomodidad de los matices, sin el calor de las emociones o sin la marca de las imperfecciones.

“Escuchamos, pero no juzgamos” es el mantra de moda. Más que los insultos, la verdadera violencia está en la pretensión de que el otro permanezca impasible. Decir lo que se nos antoje mientras el otro, obligado a la ecuanimidad, queda atado a la compostura y sin derecho a réplica.

Pero los seres humanos no somos un robot de línea de montaje. A veces nos excedemos, a veces nos equivocamos y a veces, incluso, nos contradecimos: somos más bien como un artesano que, si la madera lo pide, cambia la herramienta, altera el diseño o se retracta del trazo. Y tal vez ahí radique la diferencia esencial con las máquinas. Porque si lo que buscamos es alguien que nunca se enoje, que siempre responda igual, que mantenga la moderación, que no insulte ni se contradiga, solo nos queda una opción: apelar, como tantas veces, a la inteligencia artificial.

por Santiago Silberman

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