Monday 26 de January, 2026

OPINIóN | Hoy 05:00

Atrapada en una jaula proteccionista

Argentina no inventó el sueño autárquico: lo perfeccionó. Ahora, con el pacto UE–Mercosur y una economía global más feroz, la salida del encierro será inevitable, pero costosa: abrir sin romper, competir sin “industricidio”, y hacerlo antes de que el malestar social le gane la pulseada al cambio.

Argentina no es la única nación cuyos dirigentes han soñado con independizarse del resto del mundo. A través de los siglos, muchas lo han intentado. Algunas, gobernadas por ultranacionalistas, como la Corea del Norte del líder supremo Kim Jong Un y los Estados Unidos de Donald Trump, siguen buscando la autosuficiencia; se resisten a entender que el aislacionismo provoca más problemas que soluciones y que, por lo tanto, es mejor dejar entrar ideas, modalidades y productos de origen foráneo.

Es lo que ha ocurrido aquí. Si bien, para satisfacción de ideólogos nacionalistas, progres que fantasean con la muerte definitiva del capitalismo y empresarios acostumbrados a operar en mercados regulados, la Argentina ha logrado dotarse de una de las economías más cerradas del planeta, lo hizo a costa del bienestar del grueso de la población. Merced, en buena medida, a la expansión del comercio internacional, casi todos los países de cultura parecida se enriquecieron enormemente en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, pero la Argentina rehusó acompañarlos, convirtiéndose así en un ejemplo de subdesarrollo voluntario cuya evolución sigue motivando perplejidad en el exterior.

Pues bien, parecería que, por fin, la mayoría de los integrantes de la “casta” política y el grueso de la población pensante se han dado cuenta de que los eventuales beneficios emotivos de vivir con lo nuestro carecen de valor real y que ha llegado la hora para que el país procure reintegrarse a la economía mundial. Por desgracia, hacerlo no será del todo fácil. Reformas que pudieron haberse llevado a cabo de manera relativamente indolora en el pasado, antes de la irrupción de China como una gran potencia manufacturera que sería capaz de inundar al país de productos de calidad a precios que ningún fabricante local estaría en condiciones de igualar, podrían tener consecuencias nefastas en los tiempos que corren.

Para hacer aún más intimidante el panorama, conforme a los profetas de la inteligencia artificial, estamos entrando en una época de cambios acelerados en que industrias enteras podrían desaparecer de la noche a la mañana y surgir otras que hasta ayer no figuraban en los cálculos de nadie, como las generadas por la expansión explosiva de las comunicaciones electrónicas que, en un lapso muy breve, permitió el surgimiento de empresas cuyo valor de mercado excedería aquel de la mayoría de los países. Aún más preocupante es saber que el progreso cibernético seguirá destruyendo empleos sin crear otros que sean aptos para los desplazados que, como está sucediendo en virtualmente todos los países del mundo, se sienten humillados al tener que ganarse la vida cumpliendo tareas poco exigentes y mal remuneradas. El rencor colectivo así generado está provocando tensiones en todos los países desarrollados.

Sea como fuere, nadie ignora que planteará muchos desafíos al precario sector productivo nacional el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur que acaba de formalizarse en Asunción. Si bien los parlamentarios europeos se las han arreglado para postergar su ratificación definitiva, se prevé que entre en vigencia una vez superados los supuestos obstáculos jurídicos que aprovecharon para enviar el texto al Tribunal de Justicia con sede en Luxemburgo.

Aunque parecería que, con algunas excepciones llamativas, las empresas europeas son menos competitivas que sus rivales estadounidenses y orientales, son, por lo general, más eficaces que las argentinas. Con todo, el que se haya abierto un mercado de 720 millones de personas significa que a aquellos emprendedores ambiciosos que estén dispuestos a arriesgarse no les faltarán oportunidades para lucrar.

En el corto plazo, los sectores más beneficiados por el acuerdo serán los vinculados con el campo, en que la Argentina ya es internacionalmente competitiva, y otros en que debería serlo, como la minería y la energía. En Europa, la probabilidad de que dentro de poco los supermercados se llenen de productos agrícolas argentinos, brasileños u uruguayos ha motivado la resistencia feroz de los granjeros que, en muchos países, siguen celebrando ruidosas protestas callejeras contra “la invasión” que suponen es inminente. Como siempre ha sido el caso, los franceses, que hace años consiguieron hacer de la Unión Europea su coto de caza particular —y, de tal modo, hicieron, sin proponérselo, un aporte notable a la involución económica argentina—, han estado entre los más furibundos y violentos, pero parecería que en esta oportunidad no prosperará su oposición a la apertura que las autoridades de la agrupación, encabezadas por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, justifican con alusiones a la importancia geopolítica del pacto.

En cierto modo, se habrá tratado de un mensaje dirigido a Trump, que insiste en que toda América Latina pertenece a su propia esfera de influencia y se considera una suerte de gran hermano de Milei. Para el norteamericano, la robustecida relación de Europa con el Mercosur no puede ser sino ingrata. Últimamente, ha optado por castigar con aranceles abultados a los miembros principales de la UE y a su vecino díscolo, el Reino Unido, por su resistencia a permitirle comprar Groenlandia, cuyos escasos habitantes, para indignación del caudillo norteamericano que quiere aumentar las dimensiones de sus dominios, vacilan entre declararse independientes y seguir siendo sujetos del Reino de Dinamarca. Asimismo, Trump desprecia a los líderes europeos; en su opinión y, más aún, en la del vicepresidente J. D. Vance, todos son vagos pedigüeños y afeminados a cargo de una región cuya larga historia está acercándose a su fin, ya que está en vías de ser colonizada por el mundo islámico.

Sea como fuere, aunque Milei espera que los empresarios argentinos, liberados de lo que cree es la tiranía de una burocracia de instintos izquierdistas que durante mucho tiempo les ha impedido pensar en grande, no tarden en emprender la conquista de mercados internacionales, hasta nuevo aviso el país seguirá dependiendo más de sus recursos naturales que de su capital humano. Si el gobierno logra convencer a los europeos de que en adelante la Argentina será un socio confiable que no procurará estafarlos por motivos supuestamente humanitarios, podrían aumentar mucho las inversiones en sectores que ya han comenzado a crecer a un ritmo satisfactorio, pero que, desafortunadamente, no requerirán mucha mano de obra. En cambio, las pymes, que sí brindan muchos empleos, se verán en mayores dificultades; además de tener que preocuparse más por la competencia europea, continuarán enfrentando a los exportadores chinos, norteamericanos y, huelga decirlo, brasileños.

A esta altura, es dolorosamente evidente que, a menos que el país salga de la jaula proteccionista en que se recluyó cuando el mundo era un lugar mucho menos competitivo de lo que en la actualidad es, no le será dado recuperar el terreno que ha ido perdiendo a partir de mediados del siglo pasado, pero ello no quiere decir que desmantelarlo será fácil. Hasta ahora, todos los intentos de hacerlo han fracasado porque exponer a las empresas locales a la competencia ajena siempre ha llevado a lo que los defensores del orden establecido califican de “industricidio”, con el cierre de decenas de miles de pymes y la pérdida consiguiente de empleos. Para agravar todavía más la situación, procurar atenuar los problemas levantando poco a poco las restricciones nunca ha funcionado; como Mauricio Macri aprendió, incluso el gradualismo suele ser letal para muchas empresas.

Por temperamento, Milei quisiera hacer todo de golpe, apostando a que los beneficios empiecen a aparecer antes de que la desocupación alcance un nivel insoportable, pero no hay garantía alguna de que tenga éxito. Abundan los empresarios que, como animales silvestres que se criaron en zoológicos, no serán capaces de sobrevivir por mucho tiempo en la jungla que, en buena lógica, debería ser su hábitat natural.

Así pues, tanto Milei como el país en su conjunto se ven ante un dilema de hierro. Sin una apertura comercial generalizada, la Argentina continuará depauperándose, pero la demolición de las barreras existentes no podrá sino desatar un sinnúmero de conflictos sociales que tratarán de aprovechar los defensores del statu quo. Dadas las circunstancias, el gobierno no tiene más opción que apostar a que los beneficios de los cambios que ha puesto en marcha lleguen muy pero muy pronto para que cuente con un colchón financiero adecuado que le permitiría negociar “salidas” de los enfrentamientos más peligrosos.

Ni que decir tiene que el resultado de la lucha que se ha iniciado decidirá la suerte no solo del proyecto libertario de Milei sino también la del país. Aun cuando el presidente y los muchos que, sin compartir sus ideas más extravagantes, entienden que sería suicida aferrarse al statu quo, ganen con facilidad la batalla intelectual contra los pocos que, a pesar de todo lo ocurrido, siguen reivindicando el estructuralmente corrupto modelo corporativista, podrían perderla en el terreno de los hechos concretos. Mal que les pese, en todas partes es normal que la gente privilegie sus propios intereses inmediatos, oponiéndose a cambios que, por racionales que les parezcan, les ocasionarían graves dificultades personales por los servicios que les ha brindado.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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