En buena parte del mundo se ha consolidado el consenso de que 2026 será un año bisagra en que habrá cambios radicales no sólo en el crónicamente convulsionado Oriente Medio sino también en Asia oriental, África y, si bien de manera mucho menos violenta, Europa Occidental y América latina. El que tantos piensen así virtualmente garantiza que los meses venideros nos deparen muchas sorpresas. Al difundirse la sensación de que las placas tectónicas están en movimiento y el statu quo tiene los días contados, los preocupados por lo que podría sucederles en los meses próximos no pueden sino prepararse para defender sus intereses.
¿Está por caer la tiranía teocrática iraní? Los impresionados por las dimensiones alcanzadas por las protestas callejeras contra el régimen de los ayatolás, y por la voluntad declarada de Donald Trump de proteger a los manifestantes de la ira santa de los clérigos y sus simpatizantes, creen que no le será dado sobrevivir por mucho tiempo más. Es factible que estén en lo cierto, pero sería un error subestimar la brutalidad de quienes se ven como los representantes terrenales de Díos y que, según se informa, ya han dado muerte a miles de personas que en todas las ciudades significantes se animaron a desafiarlo.
Por desgracia, es escasísima la posibilidad de que los islamistas iraníes opten por “una transición” pacífica hacia una democracia republicana o una monarquía constitucional encabezada por Reza Pahlevi, el hijo del cha que fue derrocado en 1979. También lo es que una intervención militar de Estados Unidos sea suficiente como para persuadir al “líder supremo” Alí Jameini y sus adláteres a buscar refugio en Moscú, como hizo el ex dictador sirio Bashar al-Assad.
Otro conflicto que motiva angustia entre los convencidos de que el mundo está por ver cambios acelerados es el de China continental contra Taiwán. Según Xi Jinping, hay que poner fin cuanto antes a la independencia de la isla, que cuenta con el respaldo de Washington y Japón; en su opinión, aceptarla sería una aberración. Desde su punto de vista, lo que sus antecesores pre-comunistas llamaban “el mandato del cielo” lo obliga a restaurar la unidad de los territorios que en el pasado no tan lejano conformaban el Reino del Medio. Es llamativo que últimamente el gobierno chino haya sancionado mapas en que regiones que fueron ocupadas por Rusia en 1860 llevan sus nombres tradicionales; para China, Vladivostok debería llamarse Haishenwai.
Mientras tanto, el dictador ruso Vladimir Putin, que tiene motivos de sobra para sospechar que en cualquier momento su gran aliado Xi podría abandonarlo a su suerte, sigue obsesionado por Ucrania. Aunque Trump quiere que termine la guerra con la esperanza de figurar como un gran pacificador, los ucranianos, liderados con tenacidad por Volodymyr Zelensky, se resisten a tirar la toalla y han conservado el apoyo de la mayoría de los gobiernos europeos que temen que, si Putin sale con la suya, podría sentirse tentado a probar suerte invadiendo los países bálticos en defensa de las minorías rusas.
Sea como fuere, aunque hasta ahora parecería que la “operación militar especial” de Putin, en que más de un millón de soldados rusos han muerto o han sido gravemente heridos, no le ha ocasionado muchos costos políticos internos, ya que el grueso de las bajas procede de la zonas rurales más pobres de su país gigantesco, la situación así supuesta cambiaría si se viera obligado a llamar a filas a jóvenes de Moscú y San Petersburgo.
Aunque las perspectivas inmediatas ante los países de Europa occidental parecen menos alarmantes que los enfrentados por muchos otros, las tensiones causadas por la inmigración masiva desde regiones de culturas muy distintas están motivando nerviosismo, sobre todo en Francia y el Reino Unido, donde muchos están preguntándose si los gobiernos actuales, del presidente Emmanuel Macron y el primer ministro Keir Starmer, lograrán completar el período previsto por sus constituciones respectivas. Si se ven forzados a renunciar, abrirían las puertas a líderes calificados de “ultraderechistas”. Algo similar podría ocurrir en Alemania; en tal caso, los países principales del Viejo Continente tendrían gobiernos resueltos a combatir “la islamización” que según Trump y otros, plantea una amenaza existencial a la civilización que Europa fraguó.
Mientras que autócratas de aspiraciones expansionistas, como Putin, Xi y, hasta hace poco, Jamenei, creen que a menos que actúen muy pronto podrían ver pasar una oportunidad irrepetible para conseguir sus objetivos, en el mundo democrático también propenden a sentirse cada vez más impacientes los integrantes de clases sociales y grupos étnicos, religiosos o sexuales que temen verse rezagados. Así pues, en casi todo el mundo se ha difundido una sensación de urgencia que, de por sí, está incidiendo poderosamente en la conducta y actitudes de millones de personas.
El apuro de los líderes de países como Rusia y China puede entenderse. Putin y Xi saben que dentro de muy poco ellos o sus sucesores tendrán que enfrentar las consecuencias del desplome de la tasa de natalidad. Con 1,4 hijos por mujer, Rusia no podrá seguir dándose el lujo de enviar todos los años centenares de miles de jóvenes al matadero ucraniano; lo mismo que China, tendrá que preocuparse por los problemas que enfrentan sociedades envejecidas que, a diferencia de las del mundo capitalista, carecen de los recursos económicos necesarios para atenuarlos.
En China la situación es aún peor que en Rusia, ya que la tasa de natalidad está por debajo de un hijo por mujer (se necesitan 2,1 para mantener la población a su nivel actual). Aun cuando China consiguiera superar económicamente a la superpotencia norteamericana, su reino como hegemon mundial sería breve.
De más está decir que las autocracias distan de ser los únicos lugares en que ha caído tanto la tasa de natalidad que en adelante cada nueva generación equivaldrá a la mitad de la anterior. Corea del Sur parece destinada a desaparecer antes de iniciarse el siglo XXII, seguida por Japón, Italia, España y, tal vez, la Argentina y otros países. La esterilidad colectiva así supuesta nos dice que algo está podrido en la civilización moderna, pero por una multitud de motivos, pocos se animan a proponer remedios que podrían funcionar.
El pesimismo que tantos sienten tiene sus raíces en lo extremadamente difícil que es pensar en soluciones viables para los problemas económicos y sociales de los países “avanzados” en que los electorados se niegan a permitir que los gobernantes hagan lo necesario para adaptarse a la realidad. También incide mucho el que, a diferencia de otras épocas, en la actualidad ningún movimiento político o religioso parece capaz de ofrecer alternativas convincentes al statu quo que tantos están repudiando.
El siglo pasado, centenares de millones de personas se sentían tan inspiradas por ideas políticas que estaban dispuestas a defenderlas -o imponerlas- con su vida; parecería que aquellos días se han ido. Asimismo, si bien en el mundo musulmán aún abundan quienes no vacilarán en morir por su fe, en el resto del mundo escasean tales personas. Aunque a primera vista es muy positivo que en los países más prósperos la mayoría abrumadora privilegie el bienestar material por encima de todo lo demás, los hay que creen que tal actitud es un síntoma de la debilidad anímica que está socavando todas las sociedades occidentales.
Parecería que el abandono de fe en las religiones tradicionales de Europa, y la caída estrepitosa del comunismo y el desprestigio de las variantes democráticas del socialismo, además de la captura del progresismo por sectas woke y la inequidad que es intrínseca al liberalismo meritocrático, han dejado un vacío conceptual que están aprovechando aventureros de distinto tipo, entre ellos Trump.
Trump se ha rodeado de ideólogos que, como él, quieren que Estados Unidos actúe como la superpotencia que es y que, para comenzar, fortalezca su propia esfera de influencia, la que a su juicio ha de ser todo el hemisferio occidental desde Groenlandia hasta Tierra del Fuego. Para facilitarles la tarea, uno de los países más proclives a aliarse con China, Venezuela, estaba derrumbándose por razones internas antes de que Trump se las arreglara para secuestrar a Nicolás Maduro y llevarlo a una cárcel neoyorquina, mientras que otro, Cuba, sigue suicidándose a cámara lenta.
La conducta agresiva de Trump que tanta alarma está provocando tiene mucho que ver con su deseo de vengarse de las “elites costeras” de Nueva York, Los Ángeles y San Francisco, que siempre lo han tratado como un ricachón vulgar. Lo haría movilizando en su contra a los perjudicados por la desindustrialización que, como él, se sentían despreciados por quienes se ufanaban de su superioridad cultural. Y una vez en el poder, Trump se dio cuenta de que podría hacer lo mismo con las “elites” europeas que tienen mucho en común con sus equivalentes norteamericanas. Basándose en el rencor que siente hacia quienes nunca lo tomaron en serio, Trump se comporta como si creyera que Estados Unidos siempre ha sido víctima de la rapacidad de un sinnúmero de parásitos ingratos y que ha llegado la hora de cobrarles por los servicios que les ha brindado.















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