Cuando de llevar a cabo lo que Vladimir Putin llamaría una operación militar especial se trata, los norteamericanos cuentan con fuerzas que están entre las más capaces del mundo. Lo mostraron hace una semana en Venezuela. Con eficiencia robótica, sacaron a Nicolás Maduro y su esposa de su escondite en una base militar supuestamente inexpugnable para trasladarlos a un presidio neoyorquino maloliente. También destrozaron a la guardia pretoriana cubana del dictador, asestando así a La Habana un golpe desmoralizador ya que los hombres de la Fuerza Delta estadounidense, que según se informa apenas sufrieron un rasguño, mataron a 32 efectivos cubanos que, según el régimen de Miguel Díaz-Canel, “cayeron tras férrea resistencia en combate directo contra los atacantes o como resultado de los bombardeos”.
En cambio, cuando es cuestión de administrar territorios ajenos, los norteamericanos suelen destacarse por su ineptitud. A diferencia de los imperialistas de antaño, insisten en minimizar la importancia de las diferencias culturales; dan por descontado que todos quieren las mismas cosas que ellos, empezando con la democracia, una actitud que, como muchos críticos de lo que acaba de hacer Donald Trump en Caracas se apuraron a recordarnos, tendría consecuencias catastróficas en Afganistán e Irak.
Pues bien, parecería que Trump, asesorado por el secretario de Estado Marco Rubio, no se propone repetir los errores perpetrados por antecesores que terminaron empantanando a las fuerzas armadas de su país en ciénagas exóticas de las que les sería imposible extraerse con la dignidad intacta. Aunque Trump dijo que Estados Unidos “manejará” Venezuela por un rato, sorprendió a muchos al confiar la transición que tiene en mente a elementos del decapitado régimen chavista liderados por la presidenta interina Delcy Rodríguez, una comunista de perfil tecnocrático que, para no sufrir un destino aún peor que el aguardado por su ex jefe Maduro, tendrá que comportarse como un títere debidamente obediente.
¿Estará dispuesta a hacerlo Delcy Rodríguez? Veremos. Aunque no carece de atractivo la idea de obligar a los chavistas a preparar para una salida democrática al país que han arruinado, depauperándolo y empujando al exilio a por lo menos ocho millones de personas, sería realmente asombroso que Diosdado Cabello y otros jerarcas intentaran hacerlo.
Por razones que tendrán más que ver con su propia vanidad que con un análisis desapasionado de los problemas que enfrentaría un gobierno nuevo, Trump descartó la alternativa de permitir que Edmundo González Urrutia, el ganador de las elecciones de julio pasado, asumiera como presidente. Aunque Trump sabrá que, de no haber sido por un ucase chavista, hubiera triunfado por un margen muy amplio en dichas elecciones María Corina Machado, la mujer que para fastidio suyo, recibió el premio Nobel de la Paz, optó por desairarla; haciendo gala de la mezquindad que lo caracteriza, afirmó que en Venezuela muy pocos la respetan.
Con todo, no se equivoca Rubio, que siempre ha tratado a Corina Machado con cortesía, cuando señala que, por ahora, la oposición democrática venezolana dista de estar en condiciones de gobernar el país ya que “tenemos asuntos a corto plazo que deben abordarse de inmediato”. Entre tales asuntos, está la necesidad urgente de desarmar a muchos miles de matones chavistas, comenzando con “los colectivos”, separar del poder a los carteles de narcotraficantes que forman parte del régimen y poner fin a las actividades de grupos nutridos de yihadistas, como los de Hezbolá y Hamas, que se afincaron hace años en Venezuela, además de expulsar una cantidad notable de agentes cubanos.
No hay garantía alguna de que Delcy Rodríguez esté dispuesta a cumplir el rol que Trump quisiera otorgarle o que, si lo aceptara, lograría conseguir la ayuda de militares pragmáticos proclives a anteponer su propio futuro a aquel de la esperpéntica causa bolivariana. Tampoco la hay de que en tal caso la presidenta interina sería capaz de desmantelar las estructuras mafiosas que tanto daño han hecho a su país y que, por mucho tiempo, seguirán planteando una grave amenaza hemisférica.
De todos modos, tal y como están las cosas, sería fantasioso suponer que podría tener éxito un gobierno democrático encabezado por centristas moderados como González o Corina Machado a menos que contaran con el apoyo activo de una gran cantidad de militares norteamericanos. Así las cosas, por hirientes que les han sido las palabras de Trump, no los han perjudicado; a la larga, no sería de su interés figurar como empleados de una potencia extranjera.
A juzgar por lo que dicen Trump y quienes lo rodean, el gobierno norteamericano apuesta a que militares y otros que hasta ayer conformaron la elite chavista resulten ser oficialistas vocacionales y que, una vez convencidos de que en adelante les convendría ser “leales” a Estados Unidos, procurarán servir bien a sus nuevos amos. Sin embargo, es más que probable que el experimento fracase y que los norteamericanos se vean obligados a poner “botas en el terreno” y “manejar” Venezuela como una colonia.
Felizmente para los norteamericanos, el país que Trump quiere apadrinar no se asemeja para nada a Afganistán e Irak. En términos generales, los venezolanos comparten la misma cultura que los aproximadamente 70 millones de latinos o hispanos que constituyen la primera minoría estadounidense. Para más señas, el mero hecho de que Rubio, que después de Trump es el miembro más poderoso e influyente del gobierno norteamericano, sea tan latino como cualquier venezolano, le brinda ventajas que no tenían los procónsules de Estados Unidos en el Oriente Medio.
Sea como fuere, los desafíos que enfrenta Venezuela hoy en día son más formidables que los que, en 1983, tuvo que superar la Argentina para recuperar la democracia tras la guerra de las Malvinas, preveían que les sería fácil adaptarse nuevamente al regreso al poder de los políticos civiles; de haber sabido que no sólo un puñado de generales, almirantes y brigadieres, sino también muchos otros, serían juzgados y encarcelados por crímenes cometidos en la “guerra sucia”, la transición hubiera sido incomparablemente más difícil.
Por lo demás, aquí el militarismo como tal contaba con pocos amigos en la sociedad civil mientras que, por haberse dotado de ropaje izquierdista o progresista, el chavismo, a pesar de los desastres terribles que ha ocasionado, aún cuenta con muchos simpatizantes en Venezuela y, por aberrante que parezca, sigue teniendo algunos en otras partes del mundo a pesar de haberse fusionado con carteles de narcotraficantes y organizaciones terroristas financiadas por los sanguinarios ayatolás iraníes.
Con todo, si bien es hercúlea la tarea que tendrán que emprender los resueltos a transformar Venezuela del Estado fallido, en que los chavistas y sus amigos lo convirtieron, en un país democrático viable, la disponibilidad de depósitos gigantescos de petróleo debería facilitarla. Aunque Trump, con un grado repelente de impudicia, a veces habla como si la única razón por la que le interesa Venezuela fuera su deseo de apoderarse de sus recursos materiales, puede que crea necesario persuadir a sus compatriotas de que la iniciativa ambiciosa que ha emprendido no les costará un solo centavo. Será su forma de homenajear a los valores imperantes en virtualmente todas las democracias actuales en que los gobiernos temen ser acusados de despilfarrar en proyectos inútiles dinero que, de otro modo, iría a los bolsillos de los consumidores.
Aunque es evidente que el eventual enriquecimiento de Venezuela -como el de la Argentina o cualquier otro país- beneficiaría económicamente no sólo a sus propios habitantes sino también a los demás, incluyendo a los insaciables empresarios norteamericanos, la voluntad de Trump de subrayar las ventajas comerciales que prevé no lo ayudará a conseguir el apoyo de otros países. Desde un punto de vista propagandístico, le convendría mucho más limitarse a aludir a los crímenes perpetrados por un régimen gansteril ilegítimo y a su presunto deseo de que un día los venezolanos de a pie disfruten plenamente de las ventajas geológicas que les ha conferido la naturaleza.















Comentarios