Friday 2 de January, 2026

OPINIóN | Hoy 15:21

El cine ya imaginó el 2026 y acertó más de lo esperado

Ambientadas en 2026, viejas y nuevas películas revelan el mismo temor: tecnología sin control y sociedades al borde del quiebre.

A un siglo de su estreno, “Metropolis” sigue funcionando como una advertencia incómodamente vigente. Fritz Lang imaginó en 1926, basado en una novela de Thea von Harbou, una ciudad futurista (situada exactamente en 2026) partida en dos: arriba, la élite que disfruta de la técnica, la velocidad y el confort; abajo, los trabajadores que alimentan la maquinaria con su cuerpo y su tiempo. No era solo una distopía industrial: era una alegoría del poder. A poco de cumplir su centenario, esa imagen vuelve con fuerza renovada, no porque las chimeneas humeen como entonces, sino porque la maquinaria aplasta igualmente, aunque haya cambiado de forma. Ya no es hierro y engranajes: es código, algoritmos, inteligencia artificial y concentración extrema de riqueza.

El dilema central de “Metropolis” —la separación radical entre quienes controlan el sistema y quienes lo sostienen— se proyecta hoy a escala global. Las élites tecnológicas y financieras viven en un ecosistema propio, con acceso a capital, información, movilidad y protección política. Del otro lado, una mayoría que ve cómo su lugar en el sistema productivo se vuelve cada vez más frágil. La maquinaria ya no oprime solo físicamente: también lo hace de manera invisible, mediante automatización, precarización y desplazamiento laboral.

La Metrópolis de Lang

Ese desplazamiento encuentra una metáfora contemporánea también en “Ant-Man and the Wasp: Quantumania”, película del universo Marvel también ambientada en el 2026, como todas los films incluídos en esta columna. Más allá de su envoltorio superheroico, la película propone un universo subatómico gobernado por un poder tiránico, burocrático y abstracto, donde el individuo común —el Hombre Hormiga— es insignificante frente a estructuras que no entiende ni puede controlar. Scott Lang (que no es nieto de Fritz pero completa la historia), interpretado por Paul Rudd, no es un semidiós ni un multimillonario: es un trabajador, un padre, alguien del llano que sobrevive adaptándose. El conflicto no es solo contra un villano, sino contra un sistema que aplasta sin siquiera registrar a quién aplasta. La burocracia se plantea tan letal como la violencia directa. Y el versus con la casta, con el sistema, es un elemento de seducción creciente entre los émulos que Javier Milei, por caso, ya tiene en el mundo. 

Ese enojo conecta de manera directa con la ansiedad política y social que atraviesa el 2026. La inteligencia artificial ya no es una promesa futura: es una herramienta cotidiana que redefine sectores enteros de la economía. Profesiones creativas, administrativas, técnicas y logísticas empiezan a verse amenazadas por sistemas que producen más, más rápido y más barato. El paralelismo con “Doom”, película de 2005 pero seteada en 2026, resulta inquietante: en esa ficción, la humanidad abre un portal que no comprende del todo, en nombre del progreso científico, y termina liberando fuerzas que la superan. La IA funciona hoy como ese portal. No muta cuerpos en monstruos, pero sí puede vaciar de sentido millones de trabajos, erosionando la base material sobre la que se construye la estabilidad democrática.

Películas situadas en el 2026

Mientras figuras como Elon Musk encarnan el costado más extremo de la élite contemporánea, sueñan con la colonización de Marte pero invierten en inteligencia artificial, se da una concentran de riqueza sin precedentes históricos. La exploración espacial vuelve a aparecer, como en tantas ficciones de ciencia ficción, no como proyecto colectivo de la humanidad, sino como aspiración privada de magnates que ya no creen que el futuro esté en la Tierra (el tema central de la saca Alien, que tuvo una de las joyas del 2025 con serie en Disney+). La pregunta política es inevitable: ¿qué ocurre con quienes quedan abajo cuando los de arriba ya están imaginando su salida?

Ese divorcio entre élites y mayorías es el caldo de cultivo perfecto para respuestas regresivas y violentas. “Dawn of the Planet of the Apes” (de 2014, pero ambientada también en el año en curso) ofrece una imagen brutal de ese escenario: una humanidad diezmada, fragmentada y empujada al borde de la animalía, enfrenta a una nueva forma de poder organizada, disciplinada y sin culpa. Más allá del artificio del simio inteligente, la película plantea una idea inquietante: cuando el sistema colapsa, cuando las instituciones fallan y cuando la desigualdad se vuelve insoportable, la respuesta no es necesariamente la organización racional, sino el caos (como plantea Giuliano Da Empoli, autor favorito de Santiago Caputo y decenas de analistas políticos). Los humanos, privados de horizonte, se repliegan en el miedo, la violencia y la deshumanización del otro.

Películas situadas en el 2026

En clave política, ese riesgo está latente en 2026. La combinación de desigualdad creciente, disrupción tecnológica acelerada y pérdida de confianza en las instituciones democráticas genera un terreno fértil para liderazgos autoritarios, discursos simplificadores y salidas de fuerza. La maquinaria del poder, como en “Metropolis”, sigue funcionando: lo que se rompe es el vínculo entre esa maquinaria y la vida real de las personas.

Lang cerraba su película con una frase ingenua para los estándares actuales: “El mediador entre el cerebro y las manos debe ser el corazón”. Cien años después, esa idea suena casi utópica. El corazón, entendido como empatía social, redistribución y límites al poder concentrado, parece ausente del debate global. La política de 2026 enfrenta un desafío central: evitar que la brecha entre élites tecnológicas y sociedades precarizadas derive en una distopía real, donde la promesa del progreso termine produciendo exactamente lo contrario.

Películas situadas en el 2026

Para cerrar. Las ficciones no predicen el futuro, pero lo ensayan. Funcionan como oráculos, no como predicciones literales. Son advertencias simbólicas de un futuro que, visto desde el hoy, ya no parece lejano ni abstracto, sino inquietantemente presente. El ensayo que se repite desde “Metropolis” hasta “Quantumania”, pasando por “Doom” y “El planeta de los simios”, es siempre el mismo: cuando la tecnología avanza, la política se desgasta y justicia social desaparece, el resultado no es liberación. Y el miedo no es a las máquinas, sino a quién las controla. 

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Maximiliano Sardi

Maximiliano Sardi

Editor de Noticias

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