En el periodismo financiero de élite, la omisión del contexto suele ser la mentira más sofisticada. El reciente ensayo publicado por el Financial Times, titulado ¿Podría Estados Unidos ganar la carrera de la IA pero perder la guerra?, se presenta ante el lector global como una advertencia sobria y ponderada sobre los riesgos de la inversión tecnológica estadounidense.
Sin embargo, bajo la lupa del análisis geopolítico serio, el texto se revela no como un análisis de mercado, sino como un panfleto ideológico. Un manifiesto que, en su afán por atacar el modelo industrial estadounidense y criticar implícitamente a la oposición política, termina haciendo apología de la debilidad estratégica de China.
Para entender la distorsión, primero hay que identificar al ilusionista. El autor, Tim Wu, no es un académico neutral observando los toros desde la tribuna. Es un actor político con una agenda definida. Wu fue el “zar” antimonopolio de Joe Biden, contratado específicamente por la Casa Blanca para “domar” a Silicon Valley. Es el autor de The Curse of Bigness (La maldición de la grandeza) y un hombre que comparó a las tecnológicas actuales con los “barones ladrones” del siglo XIX. Su misión declarada de vida es “luchar contra los abusones” corporativos.
Sabiendo esto, el subtexto de su artículo se vuelve transparente. Wu no está preocupado porque la IA no funcione; está aterrorizado de que sí lo haga, y de que su éxito consolide para siempre el poder de las mismas empresas que él intentó desmantelar desde la administración Biden.
La falacia de la diversificación china: elogiando al perdedor
El argumento central de Wu es que Estados Unidos comete un error suicida al poner todas sus fichas en la inteligencia artificial (IA), mientras que China juega prudentemente a diversificar su economía hacia la “tecnología verde”, como paneles solares, baterías y vehículos eléctricos. Wu presenta esto como una estrategia maestra de Beijing. Un analista serio lo llama por su nombre: una hipoteca sobre una ideología fallida.
Wu vende la idea de que fabricar paneles solares —commodities que cualquiera puede ensamblar— tiene el mismo peso estratégico que dominar la litografía ultravioleta extrema o el diseño de chips de vanguardia. Este es un error de categoría infantil. China no diversifica por genialidad; lo hace por necesidad y desesperación. Al no tener acceso a los semiconductores de punta, bloqueados con sanciones que Wu critica veladamente, Beijing debe volcar su capacidad industrial hacia sectores de bajo margen y alta saturación, apostando a que el mundo seguirá obsesionado con una agenda climática que, políticamente, está en retirada en Occidente.
El artículo del FT ignora deliberadamente la realidad del hardware. Wu habla de modelos de IA chinos “suficientemente buenos” y de “código abierto”, como si el software pudiera hacer magia sin el silicio que lo respalde. Es la visión de un abogado, no de un ingeniero ni de un estratega.
En el mundo real, la IA no es una “burbuja” etérea; es una capacidad industrial física que reside en los data centers y en las GPU que China no puede fabricar. Elogiar a China por invertir en molinos de viento mientras pierde la carrera del cómputo es como elogiar a un ejército por tener excelentes uniformes mientras su enemigo tiene la bomba atómica.
El odio a la “grandeza” y la ceguera estratégica
Lo más revelador del texto es cómo la ideología personal de Wu nubla su juicio geopolítico. Como funcionario que abogó por revocar la Sección 230 y romper empresas como Facebook, Wu es incapaz de aceptar que la concentración de capital es, paradójicamente, la mayor ventaja defensiva de Estados Unidos.
El desarrollo de la Inteligencia Artificial General —o AGI, por su sigla en inglés—, o incluso de sistemas de IA de alto nivel, requiere niveles de inversión, o capex, que ningún startup de garaje puede costear.
Demanda monopolios naturales o cuasimonopolios con la espalda financiera de Microsoft, Google o Amazon. Wu ve estas inversiones de 400.000 millones de dólares como una señal de “pensamiento grupal” peligroso y de burbuja especulativa. Un realista ve esto como el Proyecto Manhattan del siglo XXI, financiado por el sector privado.
Al atacar este gasto masivo, el Financial Times presta su plataforma para un argumento que beneficia directamente a los rivales de Occidente. Si Estados Unidos hiciera caso a Wu, fragmentando sus empresas tecnológicas, bloqueando las fusiones y “diversificando” hacia tecnologías verdes subvencionadas, renunciaría voluntariamente a su única ventaja asimétrica: la supremacía computacional.
Wu prefiere un mercado “justo” de empresas pequeñas y medianas perdiendo la guerra contra China, antes que un mercado de “oligopolios” ganándola. Es la pureza ideológica por encima de la supervivencia nacional.
El fantasma de Trump y la propaganda sutil
No se puede ignorar el tinte partidista del análisis. Wu lamenta que Estados Unidos haya “recortado el apoyo a la inversión en energía limpia” y atribuye esto implícitamente a la falta de dirección estatal o a la dirección incorrecta bajo administraciones republicanas. Hay una nostalgia palpable por el dirigismo estatal. Wu y el FT sugieren que el modelo de planificación centralizada de China —donde el Partido decide que la prioridad son los coches eléctricos y la industria obedece— es superior al caos creativo del mercado libre estadounidense, que ha decidido apostar por la IA.
Esta narrativa es peligrosamente similar a la propaganda que emana de Beijing, centrada en la idea de que las democracias son disfuncionales y cortoplacistas, mientras que el autoritarismo permite “apuestas racionales a largo plazo”. La realidad es que la apuesta de China por los vehículos eléctricos y las baterías crea un cementerio de automóviles no vendidos y una guerra comercial global, mientras que la “apuesta irracional” de Estados Unidos por la IA redefine la productividad humana.
El Financial Times como vehículo de confusión
Que un periódico de la talla del Financial Times publique este texto sin un descargo de responsabilidad evidente sobre el conflicto de intereses del autor es sintomático de la crisis de los medios tradicionales. Nos presentan a un activista anti-tech disfrazado de gurú tecnológico.
El artículo de Wu no es un análisis de por qué la IA podría fallar: es una expresión de deseo. Wu quiere que la IA sea una burbuja, porque si no lo es, su carrera dedicada a combatir la “grandeza” corporativa habrá sido en vano. Quiere que la estrategia china de “tecnología para el pueblo”, como los paneles solares, sea superior a la “tecnología para la élite”, como la AGI, porque eso valida su visión socialdemócrata del mundo.
Pero los deseos no mueven los mercados ni ganan guerras. Mientras tanto, los chips sí. Y mientras Wu escribe ensayos elegantes sobre cómo Occidente está perdiendo el rumbo, en los laboratorios de Estados Unidos y las fundiciones de Taiwán se construye el futuro, lejos de la tinta y cerca del silicio. El peligro no es que Estados Unidos pierda la guerra por apostar a la IA; el riesgo es que escuche a los profetas del resentimiento corporativo y decida dejar de correr.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial: Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.



















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