Sunday 15 de February, 2026

OPINIóN | Ayer 07:40

Las ramificaciones del caso Epstein

Cómo impacta en la opinión pública y en el gobierno de Donald Trump la investigación sobre el financista.

Merced a las proclividades sexuales de Jeffrey Epstein, un financista juerguista que murió en una cárcel neoyorquina hace más de seis años, el mundo anglosajón se ve agitado por uno de sus periódicos espasmos de pánico moral. Para muchos, sobre todo para los comentaristas más influyentes de la clase mediática, las revelaciones acerca de las actividades y las conexiones de Epstein han servido para confirmar su convicción de que casi todos los miembros de la elite política y empresaria occidental son sujetos viles que irían a cualquier extremo para satisfacer sus apetitos primitivos. Desde su punto de mira, se trata de una conclusión muy satisfactoria.

Y, como siempre sucede cuando se difunde la sensación de que, por fin, está por desvelarse un secreto vergonzoso que hará comprensible mucho de lo que está ocurriendo en la sociedad, el deseo de llamar la atención a la rectitud moral propia ha dado lugar a un festín de hipocresía por parte de los resueltos a alejarse de los presuntos culpables de formar parte del círculo social de Epstein. En muchos casos, el haberlo conocido es una mancha que, de persistir el clima actual, nunca les será dado borrar.

Tal como sucedió en 2020, cuando un drogadicto negro murió luego de ser inmovilizado con fuerza excesiva por un policía blanco, un episodio que, debidamente grabado, fue seguido por meses de disturbios muy violentos que aprovecharon los resueltos a hacer pensar que todos los problemas de las personas “de color” se debieron al racismo “sistémico” de la mayoría de sus compatriotas que por lo tanto deberían arrepentirse, arrodillándose ante símbolos del poder negro, muchos norteamericanos tomaron la conducta de Epstein y sus compañeros de aventuras por evidencia de que hay algo extraordinariamente podrido en las esferas más encumbradas de la sociedad en que viven.

En esta oportunidad no se trataba del supuesto racismo de los más ricos y poderosos sino de su propensión perversa  a esclavizar sexualmente a mujeres inocentes. Aunque hay evidencia de que Epstein mismo sí era un pedófilo, hasta ahora no hay indicios de que compartían sus gustos quienes asistieron a las fiestas que organizaba en una pequeña isla caribeña privada de su propiedad.  Demás está decir que tal detalle carece de interés; deberían haberlo sabido antes de que interviniera la ley.

Sea como fuere, gracias en buena medida a Donald Trump que, en el transcurso de su campaña electoral más reciente, se comprometió a ordenar la divulgación de todos los archivos relacionados con el caso, desde hace varias semanas el affaire Epstein domina el panorama mediático de Estados Unidos y el Reino Unido, con repercusiones frecuentes en Francia, Italia, España y otros países. Aunque Trump, una vez de regreso a la Casa Blanca, procuró poner fin al asunto al afirmar que carecía de interés y que sería mejor olvidarlo, sus propios simpatizantes, entre ellos los convencidos de que Epstein había estado en el centro de una conspiración satánica protagonizada por progresistas afiliados al Partido Demócrata, lo obligaron a cambiar de actitud.

Con el propósito de tranquilizarlos, el Departamento de Justicia difundió hace poco aproximadamente seis millones de documentos, videos, fotos y así por el estilo que aún mantienen plenamente ocupados en ambas orillas del Atlántico a un sinnúmero de periodistas y, demás está decirlo, abogados. Puesto que no contienen información que serviría para arruinar a los norteamericanos mencionados en los archivos, muchos dicen creer que los funcionarios están procurando protegerlos ocultando datos clave.

Si bien abundan las alusiones a Trump, para decepción de sus muchos enemigos que esperaban encontrar algo lo bastante escandaloso como para hundirlo, los archivos sólo muestran que a veces intercambió banalidades jocosas con su vecino. Un tanto más perjudicados han sido el ex presidente Bill Clinton, un personaje ya mundialmente célebre por sus hazañas amatorias, su esposa Hillary, el ícono izquierdista Noam Chomsky y el multimillonario cibernético Bill Gates.

Con todo, las tribulaciones que están sufriendo tales norteamericanos de resultas de su proximidad a Epstein son apenas anecdóticas en comparación con las de dos británicos: el ex príncipe Andrés, que al ser privado de su título real a causa de su amistad con Epstein tiene que llamarse Sr Mountbatten-Windsor y dejar de vivir en la suntuosa residencia real que le prestaba su hermano mayor, el rey Carlos III, y el político laborista todoterreno Lord Peter Mandelson, que ha sido acusado de entregar al operador financiero Epstein información confidencial que le habrá sido muy útil en sus negocios.

Lo de Mandelson sería de escasa importancia si sólo fuera cuestión de las andanzas de un hombre ya conocido como “el príncipe de las tinieblas” por su dominio de las artes negras de su oficio, pero sucedió que podría acompañarlo en su caída en desgracia el primer ministro Keir Starmer por haberlo nombrado embajador en Washington a pesar de su proximidad notoria a un pedófilo convicto.  Así y todo Starmer, una mediocridad cabal sin una gota de carisma, ya estaba en graves problemas políticos antes de verse constreñido a denunciar a Mandelson por haberlo “traicionado” y por haber atentado contra la reputación de su país en el exterior, razón por la que muchos parlamentarios laboristas quisieran verlo reemplazado por alguien más confiable y menos insulso.

El impacto muy fuerte que está teniendo el caso Epstein en los países de habla inglesa se debe no tanto al gusto universal por escándalos que involucran a individuos eminentes cuanto a los cambios que están impulsando el poder creciente del feminismo militante. Al fin y al cabo, desde que el mundo es mundo es habitual que los “machos alfa” de los tiempos que corren reciban favores sexuales, sean éstos físicos o meramente sociales, de mujeres atractivas: el poder y el dinero siempre han sido afrodisíacos sumamente eficaces. Uno podría decir que la fascinación que tantos sienten por la interacción de tales hombres y las mujeres que suelen rodearlos está en la raíz de las tradiciones artísticas de todas las sociedades conocidas. De haber regido siempre las normas que reivindican los moralistas actuales, la historia de nuestra especie hubiera sido muy distinta.

Sería razonable suponer, pues, que muchas mujeres jóvenes que asistían a las fiestas de Epstein estaban más que dispuestas a intimarse con plutócratas, ex presidentes, príncipes y lores ingleses a cambio de una experiencia interesante y, desde luego, con la esperanza de verse retribuidas con algo más que un puñado de dólares. Sin embargo, tanto los medios respetables como los no tan respetables están esforzándose por brindar la impresión de que virtualmente todas las participantes eran “víctimas” de un celestino inescrupuloso que en efecto las secuestraban para llevarlas a su isla y entregarlas a ancianos pervertidos.

Como no pudo ser de otra manera, enjambres de abogados están buscando a “sobrevivientes” aún anónimas de la ordalía a la que fueron sometidas con el propósito de presionar a los responsables para que les pidan perdón y les den más dinero. Aunque la indignación que tantos dicen sentir por lo ocurrido se justificaría si fuera cuestión de menores de edad, ya que en los países de cultura occidental tienen que ser protegidas, a juzgar por la evidencia que es de dominio público, el único pedófilo era Epstein mismo.

El vigoroso movimiento feminista norteamericano ha incidido de manera muy profunda en la relación entre los dos géneros en Estados Unidos, donde se ha propagado la noción de que los hombres, sobrecargados como están de “masculinidad tóxica”, son violadores natos que en cualquier momento podrían dar rienda suelta a sus deseos asquerosos. Por extraño que parezca, tal punto de vista se asemeja al oficial en países ultra-islámicos como Irán, Afganistán y Arabia Saudita, donde para mitigar los problemas provocados por la lascivia varonil las mujeres tienen que cubrirse de la cabeza a los pies. De todos modos, en Estados Unidos y el Reino Unido, a pocos se les ocurre intentar interpretar el affaire Epstein según pautas que no sean feministas, de ahí los esfuerzos desesperados de los indirectamente afectados por hacer pensar que en su opinión lo único que realmente importa es el estado emocional de “las víctimas”.

Tanta preocupación humanitaria por parte de políticos y comentaristas es conmovedora, pero es poco probable que a la larga cambie la conducta de los deseosos de aprovechar al máximo su lugar en la pirámide social o económica. A lo sumo, hasta nuevo aviso se comportarán con más cautela. Lo mismo podría decirse de la idea de que las capas dominantes actuales sean más egoístas y menos dignas que las de antes. Cualquier persona que se ha interesado por la historia de los distintos países y civilizaciones sabrá que en este sentido muy poco ha cambiado a través de los milenios y que en todos lugares y épocas ha habido personas como Epstein que, por motivos económicos o sólo porque les gustaba, se las han arreglado para servir de enlace entre hombres con dinero y las mujeres que, al saberse codiciadas, intentaban sacar el provecho máximo de lo que la naturaleza les había dado.

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En esta Nota

James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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