De la Incertidumbre a la Estrategia: Claves para Gestionar el Agro en 2025 (CEDOC)

A dos velocidades

Apertura a la fuerza

El crecimiento de las exportaciones otorga oxígeno al dilema cambiario, pero también modifica el perfil productivo argentino.

La restricción externa fue, durante años la razón o excusa perfecta para que la economía argentina no anduviera sobre un sendero de crecimiento sustentable. Las explicaciones giraron alrededor de dos conceptos clave: una matriz productiva que generaba un déficit comercial crónico y un esquema que alentaba o al menos resultaba en fuga de divisas del sistema financiero. La consecuencia, con alzas y bajas durante medio siglo al menos fue el estancamiento, la descapitalización del sistema financiero, la huida del peso como moneda de referencia, un empobrecimiento estructural creciente y, más recientemente, la paulatina precarización del empleo.

Nada de esto es novedoso, pero en el último año apareció un giro impensado: la restricción externa pareció diluirse más rápido de lo que pudieron retroceder algunos de los vicios del “modelo” imperante en las últimas décadas. ¿Es el costo de una transición desordenada pero inexorable? ¿Es una nueva forma de retroceso general?

El salto. En julio pasado el INDEC mostró que el superávit comercial acumulado de los siete primeros meses del año arrojó a US$16.080 millones, producto de exportaciones por US$58.365 millones (+23% interanual) e importaciones por US$42.286 millones (-3,5% interanual). Estas cifras podrían mejorar en una proyección anual. El economista Salvador Vitelli señala que las estimaciones de la balanza comercial para todo 2026 arrojan un nuevo récord de US$25.000 millones mientras que un año atrás se estimaba que la balanza comercial de 2026 sería de US$7.400 millones. ¿Qué cambió? Básicamente, por tres factores: 1º) incremento de las exportaciones con acento en algunos sectores anteriormente deficitarios o estancados; 2º) estancamiento de las importaciones por merma en la demanda de insumos intermedios por caída de la producción industrial y 3º) irrupción de nuevos participantes en el mercado, como la minería o la confirmación del complejo de economía del conocimiento.

Según estimaciones de la Bolsa de Comercio de Rosario, el primer semestre de 2026 marcó el mayor superávit energético de la historia argentina para dicho período, mejorando en US$2.207 millones el saldo en comparación con 2025. Proyectan para este año un crecimiento del 16% en la extracción de petróleo del país, lo que llevaría a la mayor producción petrolera de la historia argentina y rompería el máximo productivo de 1998. “Cabe destacar que más del 72% de las exportaciones de combustibles y energía de la Argentina consisten en petróleo crudo y gas y su impulso proviene principalmente de Vaca Muerta con su producción no convencional, que ya representa más del 68% del petróleo y del 67% del gas del país en lo que va del 2026”, concluye.

Marcelo Elizondo, director de la consultora DNI especializada en comercio internacional, subraya que este año podría alcanzarse ese récord de exportaciones proyectado, arañando los US$100.000 millones. Este boom lo explica por cuatro razones: la estabilidad macroeconómica alcanzada (aunque no en su totalidad), el giro hacia una economía de mercado, el avance de la desregulación productiva y el proceso de apertura comercial. Esto se inscribe en un cambio en el modelo económico pasando de uno de intervención a uno más orientado hacia el mercado, que termina favoreciendo, definitivamente, a los sectores más competitivos.

Además, si bien el complejo agropecuario sigue aportando más de la mitad de las exportaciones, Elizondo destaca la proyección creciente del balance energético, la realidad de la minería como el gran proveedor de divisas a mediano plazo y la confirmación de la economía del conocimiento como actor en un rol creciente. Tomando como supuestos el apoyo a la apertura y la inserción externa actuales y a la desregulación; el apoyo que los acuerdo comerciales que se han firmado y al ingreso a la OECD, el récord histórico de las exportaciones podría ser el inicio y no el final de un camino. Por ello, plantea diez desafíos a los que se enfrentará la economía argentina en los  próximos años:

  1. Eliminar retenciones
  2. Efectuar una reforma tributaria. 
  3. Estabilidad macro consolidándose a futuro  (estabilidad de precios, acceso al financiamiento y estabilidad cambiaria).
  4. Mejorar Infraestructura (transporte y logística; eficiencia estatal en ventanillas públicas, además de pasos binacionales).
  5. Digitalización de procedimientos.
  6. Más acuerdos comerciales comerciales a través del Mercosur.
  7. Idem bilaterales (apoyo al ngreso en el Acuerdo Transpacífico). 
  8. Normalización  cambiaria (terminar de quitar el cepo y tender a eliminar la obligación de liquidar la totalidad de exportaciones).
  9. Lograr más empresas exportadoras y generar escala en las actuales.
  10. Mejorar la promoción comercial externa.

En un detallado trabajo del Centro de Estrategias Internacionales de Gobierno y Organizaciones de la Universidad Austral (CIG), detrás de este muy buen resultado comienza a configurarse una dinámica exportadora que trasciende la expansión cuantitativa. “El crecimiento de las ventas externas se produce en un contexto en el que están cambiando, simultáneamente, los sectores que explican la expansión, los territorios desde los cuales se exporta y los mercados hacia los cuales se orientan las ventas”, explica. Por eso señala que la energía, impulsada por Vaca Muerta, crece un 42% interanual; la minería metalífera y el litio se consolidan como nueva frontera exportadora con un crecimiento del 48%; las manufacturas industriales mantienen una participación relevante (27%) y crecen un 27,5%; mientras que los mercados asiáticos (China +59%, ASEAN +60%) y norteamericanos (Estados Unidos, +42%) muestran un dinamismo excepcional.

En dicho trabajo sostiene que la Argentina no está reemplazando su estructura exportadora: la está ampliando, porque si bien los complejos agroindustriales continúan ocupando un lugar central (32% del total), adquieren mayor relevancia la energía, la minería y determinadas actividades industriales, mientras que también aparecen nuevos polos territoriales y se amplían las oportunidades de inserción internacional. “La pregunta que surge de este proceso es si esa ampliación será suficiente para convertirse en una transformación estructural y sostenible de la inserción internacional del país”, plantea.

Los datos valen. Un caso singular y menos tangible es el de la economía del conocimiento. Sebastián Mocorrea, presidente de ARGENCON, la entidad que nuclea a las empresas de este complejo de servicios, remarca que este año las exportaciones romperán el techo de los US$10.000 millones, un logro sustantivo pero que todavía está lejos del potencial del sector. Por ejemplo, durante el primer trimestre de 2026, la capacidad de los principales mercados de data centers de América Latina creció 41% interanual. “El dato importa no solamente por la expansión de la inteligencia artificial. Detrás de cada nueva capacidad de cómputo hay una combinación de energía, conectividad, inversión, regulación y talento. Y esa combinación empieza a definir qué países podrán capturar una mayor parte de la próxima etapa de la economía digital”, explica. Si bien Argentina tiene activos para competir, como recursos energéticos, profesionales especializados y una economía del conocimiento integrada al mercado global, para Mocorrea la clave es cómo los conectamos. “No se trata solamente de tener más data centers, sino de aprovechar esta expansión para atraer inversiones, desarrollar nuevas capacidades y sumar valor argentino a una infraestructura que será cada vez más estratégica”, concluye.

Este cúmulo de “buenas noticias” de un sector que fue tradicionalmente un cuello de botella para el abastecimiento de divisas, siempre escasas, podría convertirse en un emergente de un cambio cualitativo más estructural. No sólo habría más ingreso de dólares (aun considerando que el precio del barril de petróleo no se pueda mantener en el tiempo), incluso aumentado por la maduración de los proyectos de inversión mineros, sino que las dos fuentes de demanda sostenidas en el tiempo (turismo internacional y ahorro) pierdan su relevancia pasada. El actual piso de US$2.000 millones podría incluso subir un escalón puntual como en julio (US$3.450 millones) o ingresar en un período de incertidumbre por efecto “electoral” sin la amenaza sobre las reservas internacionales que, por otra parte, mejoraron respecto a las escuálidas del año pasado. ¿Será suficiente para despejar de las incógnitas la mencionada restricción externa? La respuesta la tiene el tiempo, pero podría ser la oportunidad para que la política económica pueda buscar otros focos, como el impacto geográfico de este nuevo perfil productivo y los requisitos de más competitividad para persistir en el esfuerzo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En esta Nota