Si hay una nota distintiva de la economía argentina en su comparación con el resto de los vecinos de la región, además del historial de inflación estructural crónica, es la de escasez del crédito en todos sus tipos. Medido como proporción del PBI, no estaría pasando el 12% el destinado al sector privado mientras Chile ya pasó el 100% (104%), Brasil el 75% y otros con performance más modestas, como Ecuador (56%) y Uruguay (30%) superan con holgura la debilidad financiera argentina. Sin embargo, el crecimiento notable que tuvo desde el piso de fin de 2023 (5,6% del PBI) se vio oscurecido por dos fenómenos: la volatilidad de las tasas de interés, que colocaron a buena parte de los nuevos deudores en zona de riesgo y la persistente costumbre del ahorrista de a pie de dolarizar sus ahorros, con lo que se escapan en buena parte al círculo virtuoso de ahorro-inversión.
En cascada. La punta del iceberg se vio con la suba por 19 meses consecutivos de los créditos en situación “irregular”, es decir con retrasos de más de 90 días. La mora del crédito a las personas físicas habría caído del 12,8% en mayo al 12,7% en junio, según un informe de la consultora 1816 sobre datos de la Central de Deudores del Banco Central (BCRA). También que la mora en el total del sector privado por primera vez pudo descender una décima (7,7% a 7,6%) mientras que en el segmento del crédito a las empresas el porcentaje sigue bajo (3,5%). La razón de este comportamiento, según Damián Falcone, profesor de Gestión del Riesgo en IAE Business School, un crédito ingresa a la categoría irregular recién después de noventa días de atraso. “A eso se suma un efecto de acumulación; el deudor que ingresa al stock deteriorado permanece allí durante meses y, con frecuencia, años, hasta que regulariza su situación o la entidad castiga el crédito contablemente”, explica. Por eso, dicho ratio tiene una inercia considerable y es una “foto” del daño acumulado, pero no un termómetro del presente.
La lectura del conjunto agrega un segundo problema porque mezcla universos heterogéneos, porque conviven los préstamos personales (con una irregularidad del 15,9% en mayo); las tarjetas de crédito (13,1%) y los prendarios (7,7%); mientras los hipotecarios apenas llegan al 1,6%. “El deterioro está concentrado, con nitidez, en el financiamiento sin garantía destinado al consumo cotidiano de los hogares de menores ingresos”, concluye. Podría desprenderse que en realidad el problema se apalanca cuando hay bajos ingresos y facilidad para obtener un placebo financiero, un verdadero caballo de Troya que se convierte en una bola de nieve cuando la tasa se acelera, como ocurrió en el último semestre del año pasado. En mayo, la información oficial arrojaba que en el sector privado registrado había subido un 2,0% mensual y un alza del 12,3% en el año; mientras que el sector público subió 1,5% y el privado no registrado creció 3,5% mensual.
Lo observado es una gran heterogeneidad y eso se vuelca, finalmente en la recaudación fiscal. Lorenzo Sigaut Gravina, economista de Equilibra, destaca que en julio los recursos -automáticos y no automáticos -que la Nación le gira a las provincias (casi 50% de los ingresos de las jurisdicciones subnacionales- cayeron 3,4% real interanual en lo que va del año, que sólo crecieron en mayo y julio gracias a la mejora de Ganancias. Los ingresos totales cayeron 2,5% real interanual por 12º mes consecutivo producto del deterioro en los recursos tributarios (-3,1% real interanual), parcialmente compensado por el alza del resto de los ingresos (+4,8%) impulsados por los recursos no tributarios y de capital. El superávit de julio se alcanzó gracias a un fuerte recorte del gasto primario (-7% real interanual), el mayor desde febrero de 2026, acumulando una baja de 2,8% en lo que va del año. Sobre todo, la principal caída se registró en el IVA (-2,2% real interanual para los primeros 7 meses del año, según datos del Ministerio de Economía analizados por la consultora Empiria) y otros, como retenciones (-1,9%) que obedecen a la baja gradual de los derechos de exportación.
Dólares, se ofrecen. Paralelamente surgió una novedad, algo inusual para una economía que normalizó la restricción de divisas como parte del paisaje financiero: un flujo constante de dólares producto de mayores ingresos por exportaciones y el arranque de los procesos de inversión externa que empiezan a pasar del compromiso formal a lo operativo, aunque con lentitud pero que se aprecia en dos sectores: energético y minero. Para la economista Marina Dal Poggetto, directora de la consultora Eco Go, “la decisión de priorizar el techo del dólar dejando correr las tasas, dificulta la convergencia de las tasas activas que siguen siendo muy altas en términos reales en un sistema financiero que sigue mostrando niveles récord de morosidad en las familias”. Y es en ese contexto que el equipo económico lanzó el cambio de normativa que habilita la intermediación financiera en moneda extranjera para empresas sin flujos directos o indirectos en divisas.
En el análisis de la consultora Invecq, esa decisión podría ampliar la capacidad prestable en hasta unos US$6.000 millones, que equivalen a 24% del stock actual de préstamos en dólares, 6% del crédito total y 14% del crédito a empresas. El impacto efectivo dependerá de la demanda de estas líneas y como dichas empresas deberán liquidar las divisas obtenidas en el mercado Único y Libre de Cambios (MULC), podría contribuir a incrementar la oferta y contener presiones sobre el tipo de cambio, pero con un efecto sobre la actividad más gradual.
Las proyecciones sobre esta medida, que a diferencia de otras no presenta consenso entre analistas de la política económica, no son muy optimistas. Dal Poggetto estima que en lo inmediato el efecto de esta medida será marginal, salvo casos puntuales, “porque con un stock de crédito en dólares equivalente al 57% de los depósitos en dólares totales no están los incentivos alineados para que los bancos liberen muchos más dólares para crédito más largo si no se acelera el crecimiento de los depósitos”. Pero, conceptualmente, cree que es un error alentar la dolarización y el descalce de facto del sistema financiero incentivando el uso del crédito en dólares a los generadores de pesos, aunque en los hechos el movimiento es marginal.
Multiuso. El último eslabón de esta cadena es el de la inversión, variable que parece no moverse del bajísimo nivel (16% del PBI), incompatible con aspiraciones de crecimiento sostenible de más del 4% anual. Para Fausto Spotorno, director del Instituto de Economía (INECO) de UADE, es el talón de Aquiles de la economía argentina porque muestra la incapacidad de proyectar una rentabilidad a mediano plazo para los que toman decisiones. Los regímenes especiales (como el RIGI) dotan de un marco favorable pero no es suficiente para ampliar la base inversora a otros segmentos además de los que sí adhirieron (por ahora).
El último conejo de la galera parece ser la decisión de utilizar el Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) vinculado con la protección del financiamiento previsional, para fondera créditos vinculados con un segmento que no terminó de despegar, pero cuyo efecto multiplicador es el más dinámico de la economía: la construcción. Y en época electorales, abrir la puerta al crédito hipotecario que es el más valorado y con menos problemas de incumplimiento es una estrategia muy tentadora. La letra chica y la demanda podrían hacer el resto.


















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