Técnicos especializados en acceso mediante cuerdas, vestidos de superhéroes, descienden en rápel por la fachada del Hospital Infantil del Hospital Universitario de Lausana (CHUV) para conmemorar el primer aniversario del nuevo edificio en Lausana. (FABRICE COFFRINI / AFP)

La rebeldía de la previsibilidad en la era de la ansiedad

Liderazgo de baja intensidad

Durante la última década, el ecosistema corporativo vivió obsesionado con un arquetipo de liderazgo de un superhéroe cinematográfico.

Durante la última década, el ecosistema corporativo vivió obsesionado con un arquetipo de liderazgo casi cinematográfico. Se nos vendió, a través de innumerables TED Talks y gurús de LinkedIn, que el director ideal debía ser un motivador serial capaz de dar discursos épicos y un surfista entusiasta de la incertidumbre macroeconómica. Se instaló la idea nociva de que, a mayor crisis exterior, mayor debe ser la intensidad interior del líder.

Bajo este paradigma, la oficina (ya sea física o virtual) se convirtió en un escenario de performance constante. El líder heroico gestionaba, pero también debía “inspirar” las 24 horas del día. Si el contexto era volátil, la respuesta debía ser frenética. Esta hiperintensidad fue aplaudida y recompensada, creando una generación de directivos exhaustos tratando de mantener una fachada de omnipotencia y entusiasmo inquebrantable.

Sin embargo, al llegar al año 2026, las organizaciones están empezando a acusar el recibo de un costo invisible pero devastador: la fatiga por sobreestimulación y el burnout estructural. Y el exceso de entusiasmo corporativo es percibido por los colaboradores no como motivación, sino como una presión adicional que ignora la realidad compleja del entorno. Por eso, urge reivindicar un modelo que hoy se siente casi como una provocación: el liderazgo de baja intensidad.

Es fundamental aclarar que este enfoque no tiene nada que ver con la pasividad, la abulia, la falta de ambición o de compromiso. Todo lo contrario: tiene que ver con una profunda madurez estratégica y un respeto reverencial por el bienestar emocional del equipo.

En entornos como el nuestro, donde la ansiedad social y económica ya está en niveles máximos debido a factores como la inflación, cambios regulatorios, disrupción tecnológica, lo último que necesita un equipo de trabajo es un líder que sature el ambiente con más ruido, urgencias artificiales o arengas que suenan totalmente desconectadas de la realidad de la calle. El verdadero valor de un directivo hoy radica en su consistencia.

La baja intensidad se traduce operacionalmente en ser predecible, calmo y profundamente enfocado en la estabilidad de los procesos básicos de la organización. Cuando todo afuera es vertiginoso, el líder debe operar como un amortiguador de impacto para no amplificar el caos.

En este sentido, la previsibilidad, lejos de ser aburrida o falta de visión, se convierte en el beneficio emocional más buscado y valorado por los colaboradores. Saber qué esperar de quien toma las decisiones reduce drásticamente el estrés del equipo, permitiéndoles enfocar su energía en la ejecución y no en descifrar el estado de ánimo o la nueva “ocurrencia genial” del jefe.

Para materializar este cambio de paradigma, la comunicación interna dentro de las empresas debe mutar de manera radical y abandonar sus vicios históricos. Tradicionalmente, los manuales corporativos y las modas del management nos empujaron a creer que liderar es comunicar sin parar y llenar las casillas de correo con novedades (pocas veces importantes). Esa hiperactividad comunicacional genera la sensación de que se vive en emergencia continua.

Hoy, la gestión estratégica de la información requiere curación, templanza y, sobre todo, saber administrar los silencios. El silencio estratégico y la pausa programada no deben ser interpretados como vacíos de poder o falta de respuestas. Son herramientas de gestión fundamentales para bajar la velocidad del teclado y elevar la calidad del pensamiento.

Un líder de baja intensidad sabe cuándo callar para dejar que el equipo procese la información, cuándo frenar la pelota para analizar un escenario con frialdad y cómo comunicar certezas operativas mínimas en lugar de promesas grandilocuentes que el contexto mismo se las puede llevar puestas al día siguiente.

Al final del día, la reputación y la cultura de una empresa se sostienen sobre ritos cotidianos de orden, coherencia y estabilidad operativa. La “mística” corporativa de la adrenalina es insostenible a largo plazo.

Necesitamos pasar, urgentemente, del líder heroico —ese Atlas que pretende cargar el mundo sobre sus hombros mientras sonríe para la foto de Great Place to Work— al líder contenedor, que construye estructuras sólidas y psicológicamente seguras para que los demás puedan trabajar. Regular la propia intensidad, validar la pausa como un espacio de diseño estratégico y elegir la verdad calmada por encima del entusiasmo sobreactuado es, probablemente, el acto de responsabilidad organizacional más humano, ético y efectivo que podemos ejercer en la era de la ansiedad generalizada.

* Asesora y CEO de Mixel Comunicación y Marketing.

 

 

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