Donald Trump (CEDOC)
Trump en su laberinto borgeano
El significado de la suspensión anunciada por Donald Trump del ataque sobre Irán con que amenazó si el régimen no desbloquea el Estrecho de Ormuz.
“Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días el rey de una de las islas de Babilonia congregó a sus arquitectos y sus magos y les mandó a construir un laberinto…” comienza diciendo “Los dos reyes y los dos laberintos”.
Los desiertos de Medio Oriente empiezan a parecer el laberinto árabe del cuento que Borges incluyó en El Aleph.
En ese breve relato, el rey babilónico recibió la visita de un jeque árabe, al que invitó a conocer el laberinto que había hecho construir y era “tan complejo y sutil” que quien se aventuraba entre sus interminables pasillos y escaleras se perdía inexorablemente.
Eso fue lo que le ocurrió al visitante, quién, aunque confundido y humillado, pudo salir vivo porque en las horas crepusculares Alá escuchó sus súplicas. Tiempo después, para curar su orgullo herido por lo que le hizo vivir su cruel anfitrión en Babilonia, con su ejército de valerosos beduinos atacó el reino de quien de él se había burlado y lo capturó para llevarlo al desierto arábigo. Allí lo abandonó a su suerte, diciéndole que ese era su propio laberinto y que, aún sin tener muros ni escaleras, le sería imposible salir con vida.
Así ocurrió. Y lo mismo puede pasarle al poder del jefe de la Casa Blanca en los desiertos donde libra una guerra que está causando calamidades económicas y energéticas de alcance global.
El alto el fuego por cinco días que ordenó Donald Trump, postergando la amenaza de bombardear las centrales eléctricas iraníes si no es desbloqueado el Estrecho de Ormuz, es señal de un deambular errático buscando la salida de un conflicto inmensamente complejo y aparentemente inextricable. El argumento del presidente norteamericano para justificar su marcha atrás, fue una supuesta conversación directa con Teherán que el régimen iraní desmintió inmediatamente y de manera categórica. De tal modo, lo que aparenta ese anuncio de tregua es ser una señal de las complicaciones que le genera a Trump la prolongación de la guerra y el bloqueo iraní al Estrecho de Ormuz.
Es difícil que haya tenido una conversación directa con un liderazgo que él afirma ya no existe en Irán. En todo caso, lo más probable es que haya escuchado y entendido lo que le explicó el canciller alemán Frederich Merz sobre el agigantamiento de la crisis energética que causaría devastar las centrales de producción eléctrica de Irán, por la respuesta que el régimen podría implementar devastando las centrales eléctricas de los países árabes.
La caída inmediata del precio del petróleo y del gas que causó la postergación por cinco días del ataque que anunció el presidente de Estados Unidos, parece ser la bocanada de oxígeno económico y político que necesitaba el gobierno norteamericano y por la cual Trump anunció esa suerte de tregua, aunque adjudicándola a conversaciones con el lado iraní que, al menos de manera directa, no habrían existido.
Una bocanada que podría durar muy poco porque el régimen de los ayatolas sabe que estrangulando la yugular de los hidrocarburos puede acercar el objetivo que se propuso en esta guerra: que el presidente norteamericano ponga fin a los bombardeos y retire a la superpotencia occidental del conflicto, antes de haber logrado la destrucción total o la capitulación explícita de la teocracia persa que había planteado como objetivo.
En otras palabras, sobrevivir a esta guerra para seguir imperando en ese inmenso territorio centroasiático que gobierna a fuerza de fanatismo y represión desde 1979.
Los estrategas del Pentágono saben que la curva cerrada del paso que une el Golfo Pérsico con el Golfo de Adén, favorece en términos geoestratégicos a Irán para el control de la navegación. Las islas iraníes Qeshm, Hengam y Larak son una de las ventajas que tiene el ejército iraní para dominar el estrecho. Y si fuesen atacadas por buques de guerra occidentales, igual que podría ser atacada la ciudad iraní Bandar-e Abbas, situada sobre la costa en el punto medio del estrecho, las fuerzas iraníes cuentan con las montañas que rodean ese paso estratégico. En las alturas rocosas de Kuh-e Shab y Kuh-e Genu puede instalar lanzaderas de misiles de mediano alcance que imposibiliten el tránsito en ese punto clave para la exportación del petróleo y del gas que mueve buena parte de la economía mundial.
Para eliminar esas posiciones estratégicas de las fuerzas iraníes, Estados Unidos tendría que desembarcar miles de efectivos que combatan en tierra. Esa es la peor pesadilla para Trump porque, teniendo Irán un ejército de un millón de efectivos, aumentaría sustancialmente el número de muertes en las filas norteamericanas, lo que licuaría aún más velozmente el escaso apoyo que tiene esta guerra entre los estadounidenses.
Una advertencia para el presidente norteamericano fue que su seguidora italiana Giorgia Meloni haya perdido el invicto al ser derrotada en el referéndum sobre la reforma judicial que propuso.
La palabra de Donald Trump, así como las certezas triunfalistas que les transmite todo el tiempo al mundo y a su país, sufrieron un fuerte desgaste por el portazo que dio Joe Kent al gobierno del magnate neoyorquino. El zar del anti-terrorismo, que además es una figura de peso en el movimiento MAGA y en el ala más extrema del Partido Republicano, renunció denunciando en una carta que el presidente mintió al justificar esta guerra diciendo que Irán representaba un peligro inminente y grave para los Estados Unidos.
Aunque no alcanzaron el objetivo, con los misiles lanzados a la isla Diego García, en el Océano Índico, el régimen ha mostrado que el límite de su poderío misilístico no eran los dos mil kilómetros de los proyectiles utilizados hasta ahora. Hacia la isla bajo control británico donde hay una base norteamericana, Irán lanzó dos misiles con alcance de cuatro mil kilómetros, lo cual le advierte a Europa que si no se mantiene al margen de esta guerra, los cohetes iraníes pueden alcanzar su territorio mucho más allá de Chipre y de Turquía.
Trump empieza a sentir que deambula en un laberinto del que difícilmente pueda salir con su liderazgo intacto. Se encuentra en un punto de la guerra del que no puede retroceder sin que implique una derrota que deshilacharía su imagen de ganador mostrándolo como lo que considera lo peor que puede pasarle a un líder: ser un perdedor. Pero alargar el conflicto con el daño que provoca en la economía global la crisis energética que causa, acrecienta el riesgo de un desgaste político del que difícilmente pueda recuperarse para no perder el control del Congreso en las elecciones de noviembre.
Las urnas están en la salida de un desierto que, como el laberinto borgeano, aún no aparece a la vista del ampuloso “rey” extraviado.