“Aparenta ser débil cuando eres fuerte y fuerte cuando eres débil”. El régimen iraní parece estar aplicando al pie de la letra esa máxima que escribió Sun Tzu en su libro El Arte de la Guerra. Y le está dando resultado. En cambio Donald Trump está descubriendo en carne propia que, entre las democracias occidentales, “el que siembra vientos recoge tempestades”.
Lo está viendo en las respuestas de Europa, la OTAN y otros antiguos aliados a sus llamados para que envíen buques de guerra a liberar el Estrecho de Ormuz con el fin de evitar una crisis energética global. Los europeos están respondiendo con desdén por los esfuerzos que desde su primer gobierno lleva adelante Trump para romper el histórico vínculo de Estados Unidos con el viejo continente, así como con Canadá y los aliados asiáticos y del Pacífico Sur. Por haber denostado tanto a Keir Starmer, el primer ministro británico se mostró tan calmo al anunciar que “el Reino Unido no se dejará arrastrar a esta guerra” y que éste no es un conflicto de la OTAN.
En los mismos términos se expresaron Polonia, Italia, Alemania y España, además de Japón y Australia. Y las tempestades también están sacudiendo MAGA y el Partido Republicano. Trump ya siente el tembladeral bajo sus pies.
“Destruimos”, “aplastamos”, “devastamos”, los verbos suculentos que usa para cambiar el humor que crece a su alrededor. Su grandilocuencia triunfalista procura imponer una certeza que sólo llegará a los estadounidenses y al mundo cuando la teocracia chiita deje de disparar misiles y drones o cuando se escuche su voz agónica rindiéndose y rogando no recibir el tiro de gracia.
Eso aún no ha sucedido y el tiempo que tarde en llegar, si es que llega, dará la dimensión, grande, insignificante o nula, de la victoria que Trump está proclamando.
El triunfo y la derrota no siempre llegan con la destrucción de una de las partes. Ni la magnitud de las devastaciones causadas ni las estadísticas de muertos y heridos determinan siempre de qué lado está el triunfo y de cuál la derrota. De ser así, los marines del general Westmoreland habrían ganado la guerra de Vietnam.
En este conflicto, el éxito y el fracaso de cada parte dependen de qué tan lejos o tan cerca quedan del objetivo proclamado al comienzo. Trump y Benjamín Netanyahu se pusieron como objetivo la destrucción y desaparición del régimen, mientras que esa dictadura teocrática no proclamó un objetivo, pero de inmediato quedó claro que se proponía sobrevivir a esta guerra como poder imperante en Irán.
De tal modo, el cambio de régimen es la victoria israelí-norteamericana, mientras que la victoria del régimen es llegar al final de la contienda imperando sobre los iraníes y disparando misiles y drones contra todo lo que esté a su alcance.
En Rocky, la película que escribió y protagonizó Sylvester Stallone en 1976, el éxito o el fracaso de cada uno de los contendientes estaba determinado por quién alcanzaba y quién no el objetivo que se había propuesto y que se esperaba de él. El súper-campeón Apolo Creed tenía que noquear en los primeros rounds al contrincante, un boxeador marginal elegido como presa fácil. En cambio, para Rocky Balboa la victoria se medía en la cantidad de rounds que pudiera mantenerse en pié y lanzando trompadas.
Como el boxeador que inventó Stallone llegó en pié y lanzando cross y uppercuts al campanazo final, aunque Apolo Creed ganó por puntos en la sensación dominante el gran ganador fue el desafiante que logró no ser noqueado por el campeón.
A diferencia de Balboa, que era humilde y bondadoso, el régimen de Irán es una dictadura oscurantista y criminal, pero en esta guerra empezó a ser visto como Rocky debido al poderío y la arrogancia belicista de Trump. Por lo tanto, no rendirse ni ser aniquilado sería su gran victoria.
Los Apolo Creed de esta guerra son Netanyahu y Trump. El objetivo que anunciaron, y que la sensación general dio como descontado cuando el primer ataque decapitó al régimen matando a Alí Jamenei, era la destrucción del régimen o su capitulación.
Con esos parámetros de la victoria y el fracaso, el conflicto pasó por tres etapas. La primera fue la sensación de una inminente victoria israelí-norteamericana porque el primer ataque mató al líder supremo y a renglón seguido mostraron control del espacio aéreo iraní. La segunda etapa fue la desconcertante estrategia que puso en marcha el régimen, como yendo a contramano de la lógica estratégica.
En una guerra, lo primero que hace el país que enfrenta a un enemigo poderoso es salir a buscar aliados, pero el régimen iraní hizo todo lo contrario: salió a multiplicar sus enemigos.
¿Por qué ataca a los países del Golfo que estaban pidiendo a Trump y a Netanyahu que no inicien una guerra? No es por las bases norteamericanas situadas en sus territorios. Omán no tiene bases y lo mismo fue blanco de ataques iraníes. Igual que Azerbaiyán
La lógica de esos ataques es hacer que las monarquías árabes entren en pánico y reclamen a Trump acabar la guerra cuanto antes. Y la lógica de atacar Chipre; Turquía y Azerbaiyán, así como el bloqueo del Estrecho de Ormuz, es que el impacto del caos en la economía global genere presiones externas e internas sobre Trump para que declare cese el fuego.
En síntesis: la estrategia del régimen es crear un caos global donde refugiarse hasta que el conflicto acabe, sin haberse rendido ni haber sido destruido. En el camino debe dar señales desafiantes, como la unción de Muqtada Jamenei a pesar de la advertencia de Trump.
El hijo del ayatola asesinado tenía muchas trabas para llegar al liderazgo. Empezando por no ser un ayatola ni haber alcanzado en sus estudios teológicos del chiismo duodecimano el grado de Marja al-Taqlid (fuente de emulación). Ni siquiera ser hijo Alí Jamenei lo beneficiaba, porque el régimen se jactaba de haber acabado con el poder hereditario, como era en la monarquía de los sha.
Lo que catapultó a Muqtada al liderazgo fue que Trump apareciera públicamente advirtiendo al régimen que no debían designarlo líder supremo. En ese momento, los que se oponían a su nombramiento comprendieron que ungir a otro habría sido visto como el acatamiento de la orden del líder enemigo.
En esta tercera etapa, la sensación general viró desde ver una clara ventaja de Trump y Netanyahu, a sospechar que el régimen puede prolongar el conflicto hasta que la presión interna y externa haga desistir a Trump. O sea, como Rocky Balboa, llegar al campanazo final de pie y lanzando trompadas.
















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