Muqtada Jamenei no tenía todo a su favor, pero fue esa excitación por estar siempre en el centro del escenario lo que llevó a Donald Trump a hablar de más. Como si les apuntara a los ayatolas con el dedo índice, advirtió públicamente que ni se les ocurra elegir como nuevo líder al hijo del líder anterior. Dicho lo cual, al régimen iraní no le quedó más alternativa que encumbrar al hombre que el líder enemigo les ordenó no encumbrar. No podía elegir otro sin quedar ante los iraníes y el mundo como obedeciendo al presidente de lo que Ruholla Jomeini llamaba “El Gran Satán”.
No es el único dice cosas inconvenientes. También Benjamín Netanyahu exhibe pensamientos que no debiera exhibir porque lo desenmascaran. Recientemente el premier israelí dijo que su país es la “Esparta moderna”. Habría sido tranquilizador que equiparara a Israel con Atenas, la polis más libre del orbe antiguo, además de una potencia de la época. Pero eligió equiparar a Israel con la vertical y autoritaria Esparta, se supone que por haber sido la vencedora en la guerra del Peloponeso.
Por suerte, en Israel aún hay muchos espíritus atenienses dispuestos a defender la democracia ante la sostenida embestida espartana de Netanyahu.
A Trump, su incontinencia lo lleva a decir y desdecirse constantemente. Primero la guerra dura dos semanas, después cuatro o seis, y ahora “está a punto de terminar”, mientras los misiles y cazabombarderos están diciendo otra cosa en su idioma de destrucción y muerte.
Sería más inteligente aplacar su excitación escénica para dosificar de manera calculada sus pronunciamientos. Por negligencia, Trump ayudó a Muqtada Jamenei a convertirse en el nuevo líder supremo de Irán. Aunque ser el hijo del ayatola que murió en el primer bombardeo generaba la impresión que era el seguro ganador de ese trono, ese vínculo familiar le jugaba en contra, porque heredar el poder es lo que ocurría en la monarquía derrocada en 1979. En el régimen chiita siempre se dijo que el poder ya nunca sería hereditario como en los tiempos de los shá.

Además, Muqtada no es un ayatola, el grado clerical que habilita para asumir un poder religioso, militar y político. Con sus estudios teológicos del chiismo duodecimano, no alcanzó el grado de Marjá al-taqlid (fuente de emulación) ni es experto en sharía. Dos limitaciones que, a pesar de sus fuertes lazos con los pasdarán (cuerpo militar de los Guardianes de la Revolución) vuelven cuestionable su elección. Pero si el líder enemigo les ordena no darle el poder, el régimen queda obligado a dárselo porque elegir a otro lo mostraría cumpliendo órdenes de Trump.
El aval con el que cuenta Muqtada es el de los pasdarán, fuerza con la que combatió en la primera guerra del Golfo Pérsico, iniciada con la ocupación iraquí de las zonas en litigio en el estuario del Shat el-Arab. En los últimos años de esa guerra, Muqtada luchó en el batallón y estrechó fuertes lazos con sus camaradas, que son quienes ahora lideran a los pasdarán.
Sonó ridículo Trump reclamando al régimen poder elegir al nuevo jefe supremo. Que en medio de una guerra, uno de los beligerantes reclame al enemigo poder elegir a quien lo gobernará, resulta descabellado. Sin embargo, lo descabellado fue hacerlo de manera pública cuando la guerra sigue y el régimen aún no se ha rendido ni derrumbado.
Que lo plantee por canales secretos tiene lógica. Lo absurdo es pretender que, públicamente, el régimen acepte tal cosa.
A renglón seguido, Trump advirtió al clero chií que no unja a Muqtad como nuevo líder. Y fue precisamente esa amenaza lo que le dio el poder que detentó su padre.

Por cierto, sería alentador para la parte racional del mundo que un régimen fanático como el iraní encumbre un moderado como el ex presidente Mohamed Jatami, o Hassan Rohani, quien negoció con Obama el acuerdo nuclear del 2015. También es moderado el quinto y último primer ministro, Mir-Hosein Mousaví. Pero eso que a simple vista parece lo más útil para moderar un régimen extremista, podría ser lo menos indicado para ese fin.
El escritor Amos Oz, un pacifista que luchó por Israel en las guerras de 1967 y de 1973, dijo que hay dos tipos de líderes: “los que aspiran a estadistas y los que aspiran a héroes mitológicos”. Los primeros son partidarios de poner fin a la guerra en una mesa de negociación, lo que implica hacer concesiones en pos de la paz. En cambio los aspirantes a héroes mitológicos rechazan conceder algo en una mesa de negociación porque, como las figuras heroicas de la mitología, prefieren la victoria total, y eso sólo puede obtenerse en un campo de batalla.
En esta guerra hay unos y otros en las dos veredas enfrentadas. Pero en algo se equivocaba Amos Oz: La historia sugiere que los halcones suelen ser más eficaces negociando la paz que las palomas”.
Para que un régimen como el iraní pueda cambiar el rumbo que le marcó Alí Jamenei, difícilmente al timón pueda sujetarlo un moderado negociador porque facciones radicalizadas conspirarían para derrocarlo o matarlo.
En cambio un líder que tenga el respeto de los más duros puede tener más músculo para virar la proa en otra dirección. Los halcones tienen lo que, para una negociación que implique duras concesiones, suele faltarle a las palomas. Un socialdemócrata como Mitterrand o un liberal como Giscard D’Estein no habría podido conceder la independencia a Argelia. Pudo hacerlo el general De Gaulle, prócer del nacionalismo francés.
Por haber conducido a Israel, junto con Moshé Dayan, a la victoria en la guerra de 1967, pudo Yitzhak Rabin hacer las negociaciones secretas en Oslo y firmar la paz con la OLP. Acuerdo que pagaría con su vida y sería luego desvencijado por Hamas y Netanyahu.
No fue una paloma dialoguista como Napoleón Duarte sino Alfredo Cristiani, presidente salvadoreño por el partido ultraderechista de Roberto Daubisson (impulsor de los escuadrones de la muerte que asesinaron a monseñor Arnulfo Romero) quien firmó con el FMLN otro de los grandes acuerdos de paz del siglo 20.
La historia sugiere que los halcones tienen más chances de cambiar el rumbo de un régimen, porque no serán sospechados de blandos o traidores. Por eso es probable que alguien como Muqtada, aún con su oscuro fanatismo, estaría en mejores condiciones que un moderado para hacer girar el timón hacia un acuerdo de coexistencia con Israel. La cuestión es que quiera hacerlo.
















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