Cuando en 1981 estalló la primera guerra del Golfo Pérsico, se pensó que la recién nacida República Islámica que lideraba el ayatola Ruholla Jomeini sería rápidamente derrotada por Irak.
Saddam Hussein inició el conflicto invadiendo las zonas en litigio en el estuario del Shat el-Arab. Cada soldado iraquí portaba un fusil Kalashnikov y el ejército contaba también con armamento occidental, en el que abundaban las armas químicas. Además, tenía divisiones de blindados y escuadrones de cazabombarderos soviéticos. En cambio el ejército de Irán estaba destartalado, la infantería usaba viejos fusiles Máuser y carecía de fuerza aérea. Pero a cada soldado iraní que marchaba al frente los clérigos le colocaban en el cuello una llave colgando de una cadenita y le decían que era para abrir la puerta del cielo donde Alá y el profeta lo esperaban para premiarlo por haber luchado con coraje.
La guerra que Irak pensaba a ganar en pocas semanas se prolongó ocho años. Irak no pudo derrotar a Irán y el fanatismo religioso fue un factor influyente para que se haya dado la inesperada prolongación. Aquella guerra fatídica obliga a tener en cuenta el factor fanatismo y lunatismo ideológico, que Irán tiene en sobredosis.
La guerra comenzó cuando Alí Jamenei se puso en la mira. En el mismísimo momento en que la CIA y los espías israelíes vieron aparecer el viejo líder supremo en su residencia, Donald Trump y Benjamín Netanyahu jalaron el gatillo haciendo estallar el conflicto y también al viejo ayatola.
Jamenei había aparecido donde se supone que no debía estar mientras a su país lo rodeara el despliegue naval y aéreo norteamericano aún más grande que aquel que, en el 2003, invadió Irak para derrocar a Saddam Hussein. Apareció en su casa, dentro del complejo de residencias donde habita también su familia y tiene las oficinas de sus colaboradores más directos.

¿Por qué Jamenei fue precisamente al lugar al que no debía ir hasta que se alejaran significativamente los portaaviones Abraham Lincoln y Gerarld Ford, con la legión de buques artillados y submarinos que los acompañaron al Oriente Medio? ¿Por qué el ayatola que se había invisibilizado en la Guerra de los Doce Días, ahora aparecía en la mira de sus enemigos como si posara para una foto?
Probablemente porque el encuentro en Ginebra del jueves anterior al inicio de la guerra, que mantuvieron los enviados de Washington Jared Kushner y Steve Witkoff, con los enviados de Irán, con la intermediación de Omán, había terminado con un único acuerdo, pero sumamente importante: continuar con las negociaciones que se reiniciarían casi inmediatamente: el lunes dos de marzo.
Si la guerra aún no había estallado y se había acordado continuar negociando con la siguiente reunión fijada para tres días después, es posible que Jamenei diera por descontado que el conflicto no estallaría, al menos durante ese fin de semana, y por eso bajó la guardia generando la instancia que aprovecharon sus poderosos enemigos.
¿Estaban buscando ese descuido los negociadores estadounidenses cuando, en la antesala de la decapitación del régimen, acordaron continuar las negociaciones y recomenzarlas cuanto antes? ¿Fueron parte de una celada para matar al líder supremo de Irán?
Lo seguro es que eso colaboró a que la teocracia del chiismo duodécimano fuera decapitada por primera vez en su casi medio siglo de historia. Una sola vez el poder había pasado de un líder supremo a otro. Fue en 1989, cuando murió por causas naturales el líder que venció la tiránica monarquía de Reza Pahleví y creó la también tiránica República Islámica. Si bien fue sorpresivo su infarto de miocardio, Jomeini llevaba tiempo con un cáncer intestinal devorándolo por dentro. Por lo tanto, hubo tiempo para que el ayatola agonizante ungiera a su sucesor y los 88 clérigos de la Asamblea de Expertos lo ratificaran.

Así llegó a la cumbre máxima del poder quien, hasta ese día de 1989, ocupaba la presidencia del gobierno, que había asumido en 1981. Sucederlo a Jamenei es menos fácil porque el régimen fue decapitado por primera vez y el complejo trámite debe hacerse sin un liderazgo claro y bajo lluvias torrenciales de bombas y misiles.
La duración del conflicto es parte del resultado del mismo. El tiempo que tarde en llegar el alto el fuego, será parte del triunfo o la derrota de unos u otros. Por cierto, dependiendo de lo que marque el final de esta guerra. Aunque se prolongue muchos meses, si el resultado es la caída del régimen de los ayatolas y el comienzo de una etapa secular y centrista, la teocracia persa habrá sido vencida. Pero si el resultado no es tan contundente ni cambia demasiado el escenario geopolítico del Oriente Medio, Trump quedará con un ojo en compota tambaleando entre las cuerdas.
La sociedad norteamericana no está en la misma situación que la israelí en esta guerra. Se entiende que la abrumadora mayoría de los israelíes apoyen este intento de destruir a un régimen ultra-islámico que desde hace décadas se propone la destrucción de Israel y la expulsión de los judíos de Oriente Medio. Pero la sociedad norteamericana no se siente (ni estaba) amenazada por la República Islámica. Son muchos los ciudadanos que apoyaron a Trump por su promesa de no entrar en ninguna guerra. Ahora están viendo todo lo contrario y, en la medida en que el conflicto se extienda en el tiempo, crecerá el costo económico que se hará sentir en los bolsillos de los estadounidenses, limando aceleradamente su paciencia. El crecimiento del precio económico de la guerra será directamente proporcional al precio político que deberá pagar Trump.

En Estados Unidos, cada vez son más quienes se preguntan por qué el presidente es están fácil de manejar para dos líderes extranjeros: Vladimir Putin y Benjamín Netanyahu.
El líder ruso logró alejarlo de Europa, lo usó para que se concrete el Brexit que recortó a la UE y también para debilitar la OTAN y traicionar a Ucrania cortándole el suministro de armas y acusándola absurdamente de haber iniciado la guerra. A su vez, el primer ministro israelí logró que Trump debilite la política norteamericana de apoyar la “solución de los dos Estados”, y que se zambulla en una guerra cada vez que Netanyahu lo considere conveniente.
La pregunta crece en Estados Unidos y en las hipótesis de respuesta empieza a escucharse el nombre de Jeffrey Epstein, a quién algunas usinas describen con viejos y gravitantes vínculos en Israel. Al fin de cuentas, si el ex agente del MI-6 Christopher Steele descubrió que, en sus viajes de negocios a Rusia, Trump había dejado motivos para que el ex espía que habita el Kremlin pueda ponerlo bajo su control mediante el chantaje, no debe considerarse ni imposible ni descabellado que la larga y frondosa relación que el presidente norteamericano mantuvo con el magnate pedófilo haya puesto en manos de Netanyahu secretos inconfesables que dejan al líder republicano bajo su gravitación.
No es la única pregunta que crece en torno a esta guerra. ¿Cuál es el sentido de una estrategia que, como la que puso en práctica Irán, consiste en sumar enemigos en lugar de salir a buscar aliados?
La lógica de una apuesta tan desconcertante podría estar ligada a la disponibilidad de misiles balísticos, drones Shahed-136 y proyectiles guiados para seguir lanzando a israelíes, árabes, buques norteamericanos y rincones europeos, como la isla de Chipre, donde se encuentra una base militar británica.

Probablemente el cálculo iraní es que no hay una diferencia significativa entre estar en una guerra con Israel y Estados Unidos y estar en una guerra contra esas dos potencias militares y también contra una decena de países árabes además de Europa y Turquía, empujados por Teherán a la trinchera enemiga. Por lo tanto, la estrategia iraní sería generar un caos bélico tan grande y dañino que obligue a potencias como China, India y algunos países europeos a presionar a Donald Trump para que le ponga fin al conflicto que está afectando gravemente a la economía global. O sea, generar un caos global para refugiarse en él.
Es el único sentido que puede tener lanzar misiles contra Chipre y Turquía, y bloquear el estrecho de Ormuz, dificultando (aunque permitiendo) el acceso de los buques cisternas de China, el país que compra el 80 por ciento del petróleo iraní que se embarca.
Si la economía global entra en estado catatónico, con saltos estratosféricos de los precios internacionales de los hidrocarburos (también el gas qatarí está bloqueado), serán muchas las voces poderosas que tronarán, incluso dentro de Estados Unidos, exigiendo al jefe de la Casa Blanca que ponga fin al conflicto.
Se trata de una estrategia casi suicida, como Sansón derribando las columnas del templo filisteo para que mueran sus enemigos en un derrumbe que también lo matará a él. Pero tiene una lógica, la presión de buena parte del mundo y de los norteamericanos para que acabe pronto un conflicto al que la mayoría en la sociedad de Estados Unidos se opone.

Esta guerra no es lo mismo para los israelíes que para los norteamericanos. Cuando en 1989 Alí Jamenei se convirtió en el nuevo líder máximo tras la muerte del ayatolla Ruholla Jomeini, cambió la prioridad en la política exterior iraní. Jomeini odiaba a Israel y a Estados Unidos, país al que llamaba el Gran Satán y al que le ocupó la embajada durante casi un año para destruir la negociación que el moderado primer jefe de gobierno, Mehdi Barzagán, había entablado con Washington. Pero la prioridad principal por la que trabajaba Jomeini era generar una ola de revoluciones encabezadas por las comunidades chiitas de los países árabes, para derrocar a las monarquías suníes y a los gobiernos seculares, que también eran suníes.
Con Jamenei como líder la prioridad del régimen pasó a ser la destrucción de Israel. Por eso, cumpliendo órdenes del ayatola abatido el sábado, el general Qassem Soleimani, como comandante de la Fuerza Qud, armó el llamado “eje de la resistencia”, empoderando militarmente al Hezbolla en el Líbano, a Hamás en la Franja de Gaza y a los houtíes en Yemen, además de armar milicias chiitas en Irak y Siria.
Se entiende que los israelíes quieran que acabe el régimen que se ha propuesto destruirlos. Pero ese no es el caso de Estados Unidos. Una cosa es defender a Israel cuando es atacado, y otra muy distinta es seguir a Netanyahu a cuanta guerra decida comenzar.
Por eso el generalato iraní parece haber calculado que la mayor chance de sobrevivir que tiene ese régimen criminal, está en incendiar Oriente Medio y sus alrededores, y hundir la economía global en el caos.
Para eso necesita sostener su poder de represión interna, masacrando iraníes cada vez que salgan a las calles a protestar como hizo en 1999, 2009, 2019 y al comenzar el 2026, y también, ciertamente, su capacidad de lanzar misiles a diestra y siniestra.

La prolongación de la guerra y la expansión de sus daños es su instrumento para que Washington acepte que para derribar al régimen debe invadir Irán, donde su inmenso territorio con 90 millones de habitantes y una minoría de varias decenas de millones que son partidarios del régimen, hacen que una invasión por tierra pueda ser equivalente a entrar en el laberinto del Minotauro.
Para que sean otros los que hagan la guerra cuerpo a cuerpo, el Pentágono y la CIA buscan armar hasta los dientes a los kurdos del noroeste de Irán, que han sido tantas y tan criminalmente reprimidos por los ayatolas.
En el noreste de Siria, los peshmergas (milicianos kurdos) fueron valiosos aliados de las tropas norteamericanas que combatían al ISIS mientras mantenían alejado del noreste sirio al ejército de Bashar el Asad. Pero cuando Trump entró a la Casa Blanca por primera vez, los traicionó, retirando a las fuerzas estadounidenses y dejándolos solos frente a ISIS, el régimen alauita y el ejército de Turquía: el archienemigo de los kurdos.
Seguramente, apostarán también a otras minorías no persas de Irán. Sobre todo a los baluchis, la etnia que pretende separar de Irán el territorio sureño del Baluchistán.
Como la guerra hasta ahora es con misiles, drones y aviones, el régimen cuenta con la infantería del ejército y con las fuerzas de elite y demás brazos armados del Consejo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI). Mientras esas fichas se movían en los tableros y los mapas de los estrategas, los 88 clérigos de la Asamblea de Expertos iniciaban la búsqueda del sucesor. Desde un primer momento, retumbó el nombre de Muqtada Jamenei, hijo del ayatola muerto en el primer bombardeo.

Aunque en sus cercanías hay quienes lo describen como abierto, pragmático y dialoguista, ser el hijo Alí Jamenei, haber perdido sus padres y también su esposa y un hijo en el ataque que detonó la guerra, y llevar mucho tiempo cerca de la cúpula del CGRI, parecen anunciar un liderazgo infectado de rencor y fanatismo.
Sin embargo, no se puede descartar lo contrario. Al fin de cuenta, los líderes vistos como halcones nacionalistas son los que mejor pueden negociar finales de conflictos. En El Salvador, fue Alfredo Cristiano, presidente por el ultraderechista partido ARENA, impulsado por el criminal Roberto Daubisson, quien firmó la paz con el FMLN. El general Yitzak Rabín, uno de los arquitectos del triunfo israelí en la Guerra de los Seis Días, fue quien aceptó las negociaciones secretas de OSLO que condujeron al histórico acuerdo de paz, hoy en estado de coma. Y fue el general Charles de Gaulle quien puso fin a la guerra de Francia contra el Frente de Liberación Nacional argelino (FLN) y aceptó la independencia de Argelia.
Quizá no sea una paloma iraní sino un halcón del régimen oscurantista y criminal de los ayatolas, el que acepte darle otra vida al sufrido pueblo y a la atribulada región.


















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