Depresión (CEDOC)

Día contra la Depresión: por qué la presión estética también enferma

En el Día de la Lucha contra la Depresión, un enfoque integral: redes, comparación, dismorfia y la ética de los profesionales.

En el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión conviene correr el foco del lugar común. No porque “haya que hablar más” (sí), sino porque todavía hablamos mal: como si fuera un bajón individual que se arregla con voluntad, o una etiqueta clínica separada del mundo. La depresión es, también, un síntoma social: aparece donde se acumulan expectativas imposibles, aislamiento y comparación constante. Y hoy esa comparación tiene un territorio privilegiado: el cuerpo convertido en proyecto, vitrina y examen.

Los números ayudan a dimensionar sin dramatizar. La OMS estima que el 5,7% de los adultos vive con depresión, proporción que sube al 6,9% en mujeres; en mayores de 70, ronda el 5,9%. En total, 332 millones de personas conviven con esta condición a escala global. La OPS, por su parte, la define como un trastorno grave que interfiere con la capacidad de trabajar, dormir, estudiar y disfrutar de la vida. No es “tristeza”: es interferencia. Es erosión de la energía, del deseo y del futuro.

Pero la discusión de época no se agota en síntomas y manuales. Si la depresión se volvió tan frecuente, también es porque la vida contemporánea produce malestar con eficiencia industrial. Roxana Boso, directora de la carrera de Psicología de la UCA, lo leyó con la lente de Byung-Chul Han: vivimos en una “sociedad del cansancio”, donde el sentido queda opacado por la autoexigencia del rendimiento y por experiencias de felicidad impostada que se fortalecen en un contexto de hipercomunicación digital. Esa dinámica —dice— arma “una red ficticia que enmascara personas aisladas, con malestares que sufren en silencio”. El silencio no es casual: en un mundo obsesionado con mostrarse bien, sentirse mal aparece como falla moral.

En consultorios, esa presión se traduce en una lista conocida: estrés, ataques de pánico, adicciones, depresión, ideas suicidas, violencia. Pero hay un disparador menos visible que empuja por debajo: la insatisfacción con la imagen corporal, la sensación de estar en deuda con la propia apariencia. No es solo estética; es pertenencia. La autoestima queda atada a un cuerpo que debe responder, mejorar, sostener estándares que cambian más rápido que la biología.

La investigación viene confirmando ese vínculo. Un metaanálisis publicado en Body Image (83 estudios, más de 55 mil participantes) halló una correlación significativa entre la comparación social en redes y las preocupaciones por la imagen corporal: a mayor exposición, menor apreciación del propio cuerpo y más combustible para un ciclo de insatisfacción que puede derivar en síntomas depresivos. No se trata de demonizar redes; se trata de entender el mecanismo: mirar la vida propia con los ojos de un jurado permanente.

Por eso es clave lo que ocurre cuando la “consulta por el cuerpo” revela otra cosa. El cirujano plástico Juan Manuel Seren (M.N. 107.174) insiste en un punto que excede su especialidad: la entrevista preoperatoria debe ser un abordaje integral, capaz de ir más allá de la demanda estética explícita. ¿Por qué? Porque allí aparece, a veces, la dismorfia corporal: una preocupación obsesiva por defectos percibidos —mínimos o inexistentes— que nunca se satisface con un resultado. En ese escenario, la responsabilidad ética es clara: frenar y derivar. “Es muy importante pesquisarlo y derivarlo con un colega especializado”, subraya. Y agrega un segundo problema, cotidiano y explosivo: expectativas. “La expectativa y la realidad no siempre van de la mano y es muy importante concientizar al paciente de sus limitaciones”. Traducido: ningún procedimiento puede prometer una vida nueva. Y cuando se vende como tal, lo que se hace no es medicina: es ficción cara.

La adolescencia vuelve todo más delicado. Es la etapa donde la identidad se escribe con lápiz blando y el cuerpo cambia sin pedir permiso. Allí la presión estética no opera como “vanidad”, sino como ansiedad por encajar. Y no afecta solo a mujeres: cambia el ideal —delgadez versus hiper-muscularidad—, pero el mandato es el mismo: ser un producto impecable. Un estándar inalcanzable, para ambos géneros, con costos emocionales reales.

La palabra clínica ayuda a poner nombre a lo que duele. Ana María De Lodovici (M.N. 43.421), psiquiatra y psicoanalista, describe procesos como las mastectomías como una “herida narcisista”, un golpe al amor propio atravesado por sensación de pérdida. En esos casos, la salud mental trabaja para reconstruir esperanza, no solo “aceptación”. Y sobre la reconstrucción mamaria aporta una idea que ilumina el punto central de esta columna: “La posibilidad de la reconstrucción mamaria hoy es realmente excelente, y los avances de los últimos años marcaron una diferencia enorme”. No porque “devuelva” el cuerpo anterior —no lo hace— sino porque puede devolver horizonte: fuerza para transitar un tratamiento, y una mirada de futuro. Acompañar el duelo, aceptar que no será “como antes”, y aun así reaprender el cuerpo como fuente de placer y felicidad: eso también es salud integral.

En este día, el mensaje útil no es épico: es práctico. La depresión se manifiesta de muchas formas —tristeza persistente, vacío, pérdida de interés, fatiga, dificultades de concentración, cambios en sueño o apetito, pensamientos de muerte— y merece atención profesional. Y merece, además, un contexto menos hostil: menos culto a la performance, menos moralina sobre el sufrimiento, más alfabetización emocional. Porque la salud es una sola. Y la lucha contra la depresión no es un eslogan anual: es una política cotidiana para que el cuerpo deje de ser una condena y la mente deje de cargar, en soledad, con una época que exige demasiado y escucha poco.

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