Las autoras Milagros Abud y Alicia Rozenblum plantean una nueva mirada sobre el envejecimiento. (Cedoc)

El bonus track de la vida: cómo reinventarse después de los 50

La longevidad cambió las reglas del juego. Ya no se trata sólo de vivir más, sino de decidir cómo habitar esos años extra, convirtiendo el tiempo ganado en nuevas posibilidades.

Durante mucho tiempo, la vida pareció obedecer a un guion casi inalterable. Estudiar en la juventud, trabajar durante la adultez y retirarse cuando llegaba la vejez. El problema es que ese guion fue escrito para una época en la que vivir hasta los 80 o 90 años constituía una excepción. Hoy, la prolongación de la expectativa de vida está modificando no sólo las estadísticas, sino también la manera de pensar el tiempo, el trabajo, los vínculos y el propio envejecimiento.

Para Milagros Abud y Alicia Rozenblum, autoras de “La nueva longevidad - El bonus track de la vida” (Editorial Vergara), estamos frente a un cambio de paradigma. Ya no se trata simplemente de vivir más, sino de aprender a vivir de otra manera esos años adicionales.

La metáfora del “bonus track” resulta elocuente. Es como si la vida hubiera agregado un capítulo que las generaciones anteriores no tenían previsto y ahora hubiera que decidir qué hacer con él. Pero ese tiempo extra no llega necesariamente acompañado de instrucciones. Puede convertirse en una oportunidad de reinvención o en una prolongación de viejos mandatos. Abud, licenciada en Psicología y especialista en Clínica de Adultos, desarrolló durante años su trabajo en inclusión, diversidad, empleabilidad +45, edadismo y equipos multigeneracionales. Rozenblum, licenciada en Ciencias de la Educación, psicopedagoga y coach ontológico, trabaja desde 2016 en Diagonal Asociación Civil acompañando procesos de reinvención laboral y personal, especialmente de personas mayores de 45 años.

Su libro parte de una idea sencilla pero disruptiva, la existencia contemporánea ya no tiene por qué organizarse en tres estaciones. La vida puede ser multietapa. Se puede estudiar después de trabajar, cambiar de profesión a los 50, emprender a los 60, volver a aprender, modificar los vínculos, descubrir intereses que habían quedado relegados o construir una nueva identidad profesional. En ese mapa, envejecer deja de ser únicamente una pendiente descendente y puede convertirse en una zona de decisiones. Las autoras proponen, justamente, dejar de mirar la edad como una frontera y comenzar a observarla como una coordenada.

La propuesta, sin embargo, está lejos de ser una invitación ingenua al optimismo. Una longevidad satisfactoria exige planificación. Hay que pensar en la salud física y emocional, en los ingresos, en la vivienda, en los vínculos y en la posibilidad de sostener una red afectiva cuando desaparecen algunas de las estructuras que durante décadas ordenaron la existencia. También aparece una palabra decisiva: reinvención. Para Abud y Rozenblum, no consiste en negar lo vivido ni en comenzar de cero, sino en revisar capacidades, deseos, limitaciones y posibilidades para tomar decisiones más conscientes.

En esa revisión también interviene el cuerpo. Las autoras lo consideran una suerte de mensajero que advierte cuando la vida que se lleva ya no coincide con la que se necesita. El cansancio persistente, determinados malestares o la sensación de vivir en automático pueden ser señales que inviten a detenerse. No se trata de atribuir una explicación psicológica a cualquier síntoma, sino de recuperar la capacidad de escuchar aquello que durante años suele ser postergado en nombre de las obligaciones.

La nueva longevidad también obliga a discutir el edadismo, esa forma de discriminación que convierte los años en un supuesto defecto. El mercado laboral ofrece uno de los ejemplos más evidentes, las personas mayores de 45 años pueden conservar experiencia, conocimiento y capacidad de aprendizaje, pero muchas veces encuentran puertas cerradas por prejuicios vinculados con la edad. Abud ha definido a este grupo como “excluidos invisibles” del mercado laboral y ha trabajado durante años para visibilizar esa problemática.

Para comprender la dimensión cotidiana del fenómeno dos voces asumen el protagonismo. Horacio Quintas, 72 años, lo resume así: “Durante mucho tiempo pensé que después de jubilarme la vida iba a ser una repetición. Con los años entendí que tenía tiempo para cosas que nunca había podido hacer. No quiero sentir que estoy esperando el final, quiero seguir teniendo proyectos”. Y Esther Bermúdez (68), lo expresa de manera más descontracturada: “La edad me enseñó que hay cosas que ya no necesito demostrar. Ahora elijo más. Me interesa aprender, viajar, encontrarme con esos amigos de mi historia que la obligación diaria nos separó y hoy nos encuentra con más tiempo y sin horarios rígidos. Para mí, envejecer bien tiene más que ver con seguir siendo curiosa que con parecer joven”.

Estos testimonios son declaraciones precisas de una nueva mentalidad. Su sentido condensa una de las preguntas centrales del libro: ¿qué vamos a hacer con los años que hemos ganado? Porque la longevidad no es solamente una conquista médica ni un dato demográfico. Es también un desafío cultural. Obliga a imaginar una sociedad donde convivan varias generaciones, donde el trabajo no tenga una fecha de caducidad arbitraria y donde la vejez pueda ser menos un territorio de renuncia que una etapa de posibilidades.

El verdadero cambio consiste en dejar de pensar la vida como una línea que inevitablemente conduce hacia el retiro. Por ello las autoras proponen algo más parecido a un mapa, un territorio con desvíos, regresos, aprendizajes y caminos nuevos. La nueva longevidad no promete juventud eterna. Propone algo más razonable y ambicioso, que los años adicionales no sean simplemente años que pasan, sino tiempo elegido.

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