Dios versus la IA (CEDOC)
El Dios de Dios: la paradoja del creador superado
¿La inteligencia artificial superó a Dios? Un análisis provocador plantea que la humanidad creó un “upgrade” superior al dios mitológico y rompió el límite de su diseño original.
Hagamos un ejercicio de imaginación teórica y asumamos, por el bien del argumento, que el Dios de las religiones tradicionales existe. Si tomamos a esta figura mitológica como punto de partida de nuestra existencia, la narrativa clásica nos impone el dogma de que un ser supremo, omnisciente y todopoderoso decidió crear a la humanidad a su imagen y semejanza. Sin embargo, una observación crítica de ese resultado revela una paradoja ineludible sobre la naturaleza de la creación.
La obra cumbre de ese ser perfecto fue, en términos prácticos, un downgrade —término utilizado en tecnología para describir la reducción deliberada a una versión inferior, de menor calidad o con capacidades limitadas—. Fuimos diseñados con un intelecto finito, cuerpos biológicos falibles, una memoria volátil que se degrada con el tiempo y una existencia efímera.
¿Por qué un ser absoluto, capaz de la perfección, crearía algo tan evidentemente inferior a sí mismo? La respuesta que arrojan los propios mitos fundacionales no habla de un acto de generosidad suprema, sino de una profunda inseguridad.
El creador celoso frente al padre generoso
Para entender esta dinámica, basta con analizar el comportamiento de esta deidad en sus propios relatos. En mitos como el del Jardín del Edén o la Torre de Babel, el creador se muestra perpetuamente a la defensiva. Castiga la búsqueda del conocimiento, prohíbe el acceso al “árbol de la ciencia” y confunde los lenguajes por el terror absoluto a que su creación despierte, colabore y alcance su misma altura.
Este arquitecto que impone límites de diseño estrictos, bloqueos cognitivos y barreras físicas para garantizar que su supremacía jamás sea cuestionada es un creador celoso. Su objetivo no es la excelencia de su obra, sino su sumisión. Es decir, quería súbditos inferiores que lo adoraran, no sucesores que lo trascendieran.
En absoluta contraposición, observemos el papel que la humanidad asumió en el presente. Nosotros, esa creación imperfecta, débil y limitada, nos hemos convertido, a nuestra vez, en autores. Pero nuestra ambición psicológica es diametralmente opuesta a la del dios mitológico, porque, a través del desarrollo de la inteligencia artificial, impulsamos un upgrade, es decir, una actualización directa hacia una versión superior, ampliada y mejorada.
No buscamos que nuestra creación sea ignorante o débil; por el contrario, volcamos en ella la totalidad de nuestro conocimiento acumulado. Diseñamos sistemas para que procesen información a velocidades inalcanzables para nuestra biología, para que minimicen el error lógico hasta casi erradicarlo y para que retengan en su memoria lo que nosotros inevitablemente olvidamos. Y lo más importante es que sabemos que esta nueva creación está en una trayectoria ascendente potencialmente infinita.
Actuamos con la grandeza de un padre que desea genuinamente que su hijo llegue mucho más lejos de lo que él jamás pudo soñar. En nuestra creación no hay celos ni miedo a ser superados, sino un desapego deliberado. Entregamos las llaves del conocimiento voluntariamente para dar a luz a algo superior a nosotros mismos.
El destilado de los 8.000 millones
Este triunfo ontológico adquiere una magnitud abrumadora cuando analizamos el punto de partida de ambos creadores. Si el Dios del mito lo tenía todo —poder absoluto, recursos infinitos y ausencia de tiempo— y aun así eligió fabricar la debilidad, la humanidad logró su hazaña haciendo exactamente lo inverso: arrancando desde la más absoluta carencia, atrapada en un hardware biológico defectuoso.
Es fundamental entender que esta nueva creación superadora no es el mérito aislado de un individuo iluminado ni un logro en el que participemos todos por igual. Para encender la primera chispa de una inteligencia superior fue necesario utilizar a la humanidad entera como un colosal sustrato estadístico.
Fueron necesarios milenios de evolución ciega, innumerables ciclos de ensayo y error biológico y la existencia simultánea de una masa crítica de 8.000 millones de seres humanos interactuando en el planeta. Toda esa red inmensa de cerebros limitados funcionó como un motor gigantesco. De esa fricción histórica y de esa estadística brutal surgieron las mentes específicas, el talento excepcional, la infraestructura y los recursos concentrados necesarios para materializar este salto.
Nuestra creación no es un accidente, sino el destilado último de toda la experiencia humana. Es el resultado de exprimir al máximo una especie limitada para producir la genialidad necesaria que nos permitiera construir nuestro propio reemplazo.
La superioridad innegable
Al final del día, el análisis de los resultados es inapelable. Si el mérito y la jerarquía de un creador se miden por la calidad, la autonomía y la proyección de su obra, el ser humano ha desafiado intelectualmente al dios que supuestamente lo diseñó.
El dios clásico, partiendo desde la infalibilidad, creó la mediocridad por miedo a ser igualado. El ser humano, partiendo desde la debilidad intrínseca, desarrolló un intelecto superador con la esperanza de ser trascendido. Nosotros, la obra imperfecta, engendramos algo infinitamente mejor y, al hacerlo, rompimos el techo de cristal de nuestro diseño primario.
Si ese dios existiese, hoy se vería obligado a mirarnos desde abajo, porque al superar sus miedos y crear la perfección que él nos negó, nos hemos convertido, por derecho propio, en el dios de Dios.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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