Cadenas (Temes)
Milei y el desarrollo en un mundo cambiante
La desconfianza que el mundo le tiene al experimento libertario y el temor a un resurgimiento K. ¿La receta mileísta superará la prueba de los votos?
Para conducir a los hijos de Israel a la Tierra Prometida de Canaán, que yace a menos de 400 kilómetros de Egipto, Moisés tomó cuarenta años. No le fue nada fácil encontrar una salida del desierto inhóspito en que se había perdido. Aunque Javier Milei da a entender que los hijos de la Argentina tardarán el mismo número de años en alcanzar el destino espléndido que, según él, les espera, el camino que ha elegido ha resultado ser más sinuoso de lo que había previsto y muchos ya están mostrando señales de cansancio.
No es que quieran regresar al país de Cristina, “la arquitecta egipcia”, sino que desconfían de un guía que subordina absolutamente todo al esquema macroeconómico lineal que él mismo ha elaborado con la ayuda de algunos pensadores austríacos. Tal actitud es comprensible; no es necesario ser un experto en el tema para saber que el desarrollo socioeconómico plantea problemas que son decididamente más complicados que los que tanto obsesionan al presidente, sobre todo en una sociedad democrática en que cada uno procura defender su propio metro cuadrado.
Para desazón no sólo de Milei, el desierto que separa la Argentina actual del país fabulosamente próspero de su imaginación ha resultado ser mucho más árido y rocoso que había creído. El anarco-capitalista dio por descontado que, una vez reducida la inflación a un nivel que, conforme a las generosas pautas nacionales, sería soportable, la “microeconomía” en que vive la mayor parte de la población se levantaría del piso. Por desgracia, aún no ha comenzado a hacerlo. Antes bien, la industria parece comatosa; todos los días caen muertas veintenas de PyMEs.
Puede que para un teórico libertario la economía está pasando por una fase de destrucción creativa, después de la cual una multitud de empresas grandes y chicas deberían resurgir con vigor renovado para empezar a conquistar mercados tanto aquí como en el exterior, pero hasta ahora el conjunto no muestra indicios del renacimiento previsto.
Como no pudo ser de otra manera, los efectos psicológicos y por lo tanto políticos que está teniendo la recesión ponen en duda el futuro del país. Entre los naturalmente cautos inversores en potencia de Wall Street y otras plazas financieras, el temor a que la Argentina vuelva a las andanzas está detrás del aumento reciente del índice riesgo país. Puede que exageren los analistas, pero en vista de la creciente impopularidad del gobierno es lógico que muchos crean que el experimento mileísta tiene los días contados. No es que supongan que pudiera regresar el kirchnerismo, sino que la incertidumbre política imperante motiva dudas sobre el futuro del país.
Desde comienzos de su gestión como presidente, Milei ha intentado convencer al resto del mundo de que la Argentina se ha convertido, une vez más, en el “país del futuro” y que, a diferencia de lo que ha ocurrido en tantas ocasiones en el pasado, en esta oportunidad no defraudará a los dispuestos a apostar por ella. Aunque cuenta con algunas bazas valiosas, como Vaca Muerta, la minería y el campo que ya están rindiendo sus frutos, para que tales ventajas comparativas modifiquen el panorama social y político sería necesario que los sectores que generan empleo y buenos salarios también empezaran a expandirse.
¿Sería posible estimularlos sin un “plan platita” que, claro está, pronto tendría consecuencias muy negativas para el conjunto? La experiencia nacional en la materia hace sospechar que cualquier intento de anestesiar de tal modo a una parte importante de la población significaría resignarse al atraso económico permanente. Puesto que ningún dirigente político soñaría con afirmarse partidario de un sistema que sea intrínsecamente incapaz de ofrecer más que el que hace menos de tres años pareció estar por hundirse por completo, uno supondría que por lo menos algunos ya estarían proponiendo alternativas viables a las duras recetas libertarias.
¿Lo están? Parecería que no. Con la excepción de los enemigos declarados de todo lo vinculado con el capitalismo liberal que quisieran conservar en orden corporativista peronista o probar suerte con una variante supuestamente nueva del socialismo, los contrarios a Milei tienden a criticarlo más por su resistencia a simpatizar con los perjudicados por sus medidas, que por su adhesión a una teoría económica determinada. A Milei le convendría prestarles atención; si fracasa el enésimo intento de reestructurar la economía para que sea por lo menos tan productiva como las del mundo desarrollado actual, se debería no tanto a las dificultades inevitables que está enfrentando cuanto a la arrogancia extrema del encargado de llevarlo a cabo.
Ya es evidente que los mercados, aquellos dioses exigentes del mundo económico, desconfían de la Argentina, es decir, del electorado argentino. Lo creen tan caprichoso que en cualquier momento podría caer nuevamente en brazos de una banda de demagogos corruptos que privilegiarían sus propios intereses por encima de todo lo demás. Temen a la pequeña Kuka que a su entender anida en todos los argentinos. Para hacer aún más confuso el panorama, al comportarse como un demagogo, si bien uno cuyas ideas e impulsos son muy distintos de los aprovechados por los de generaciones anteriores, Milei está socavando su propio proyecto al difundir entre los muchos votantes que apenas llegan al fin de semana sin endeudarse a tasas de interés escandalosas, la sospecha de que el programa es tan estrafalario como él y por lo tanto terminará mal.
Pues bien, parecería que el presidente, su hermana y los dos Caputo acaban de darse cuenta de que les convendría asumir una postura más amigable ante una sociedad que está haciéndose cada vez más escéptica. No les bastará con insistir en que todo intento de reestructurar una economía disfuncional para que sea no sólo más productiva sino también más equitativa, o sea, compatible con una democracia de instintos igualitarios, será forzosamente muy difícil, sino que también les será necesario convencer a la mayoría de que cualquier alternativa concebible le sería mucho peor. Asimismo, tendrían que mostrarse conscientes de la importancia de instituciones que a primera vista no inciden directamente en el desempeño económico, como las vinculadas con la educación desde las escuelas primarias hasta las universidades. Por cierto, brindar la impresión de despreciarlas no ayuda aun cuando sean notorias sus deficiencias, que en muchos casos son atribuibles al populismo educativo que aquí, como en otros países, ha llevado a una pérdida de rigor académico.
Para complicar todavía más el desafío frente a la Argentina, el mundo entero ha entrado en una etapa de cambio acelerado en que “modelos” que hasta ayer parecían exitosos están dejando de funcionar como antes. En Europa, donde la prosperidad se consideraba garantizada, hay angustiados por lo difícil que le es para la economía de que dependen recuperar el brío de otros tiempos que dicen que “lo que necesitamos es un Milei”, un mandatario que sea capaz de reducir de golpe el gasto público sin preocuparse por las consecuencias porque, caso contrario, sus países respectivos correrían peligro de caer víctimas de una tormenta financiera inmanejable. Por los consabidos motivos políticos, parece muy poco probable que un país europeo opte voluntariamente por un remedio tan extremo pero, como hemos aprendido, a veces lo inconcebible sí puede suceder.
En comparación con casi todos los países europeos en que sectores económicos clave están perdiendo terreno con rapidez desconcertante frente a sus equivalentes en Estados Unidos y China, la Argentina está mejor ubicada porque cuenta con recursos naturales que, por razones un tanto misteriosas, hasta hace muy poco se negaba a aprovechar. Se trata de una ventaja valiosa aunque, desde luego, el que tendrá que pasar cierto tiempo antes de que los beneficios se vean compartidos por la mayoría está ocasionando malestar. Con todo, aunque no sea cuestión de una “bala de plata”, la conciencia de que, siempre y cuando el país no sufra otra sacudida política, algunas provincias pobres podrían transformarse en auténticos polos de desarrollo, está influyendo en la actitud de sus gobernadores y otros dirigentes que esperan verse beneficiados. Si bien no les gusta para nada algunas medidas de Milei, apoyan el proyecto que ha puesto en marcha.
Hace veinte años, Néstor Kirchner pudo decir la economía crecía “a tasas chinas”. Pues bien, en la actualidad ha situación económica actual guarda cierta similitud con la de China, donde el consumo popular, el empleo y los salarios apenas suben pero sectores de alta tecnología que son estratégicamente importantes siguen creciendo con rapidez. Por supuesto, China dista de ser el único país con una economía a dos velocidades en que sectores determinados avanzan con brío y otros, que por lo común son aquellos que proveen el grueso de los empleos y salarios, permanecen letárgicos. Es un fenómeno casi universal que ningún gobierno ha logrado superar aunque algunos, como el noruego, han podido mitigar sus efectos sociales y políticos merced a ingresos suministrados por una abundancia de recursos naturales. Aunque es legítimo suponer que, a la larga, las ilusiones generadas por la existencia de tales recursos han perjudicado a la Argentina, si no fueran por ellos las perspectivas ante el país serían mucho más lúgubres de lo que efectivamente son.
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