Thursday 20 de August, 2026

OPINIóN | Hoy 09:55

Cuando se apaga el motor por dentro

La IA promete resolvernos la vida. El problema, advierte esta columna, es que nadie sabe qué hacer cuando ya no queda ningún problema por resolver.

Hay una imagen que sirve para entender casi todo lo que viene: una casa con una reserva de leña apilada contra la pared. Arranca llena y cada invierno se quema una parte. Así pasan los años y la pila baja, mientras la mayoría de las personas muere antes de quemar el último tronco. El problema verdadero del siglo XXI es que algunos van a llegar al fondo de la reserva todavía vivos y nadie les enseñó qué hacer cuando se acaba la leña durante el invierno.

Esa imagen no es una ocurrencia, porque describe el funcionamiento básico de la conducta humana, y vale la pena detenerse en cómo opera antes de mirar hacia dónde nos lleva la inteligencia artificial (IA).

Tres tipos de sufrimiento, no uno

Solemos hablar del sufrimiento como si fuera una cosa única, pero no lo es. Hay por lo menos tres tipos distintos, y confundirlos es la fuente de la mayoría de los malentendidos sobre la felicidad y el sentido de la vida.

El primero es el sufrimiento impuesto, el que no se elige. Por caso, la pierna que se rompe, el diagnóstico médico, la inflación o el padre que se muere. Acá no hay deliberación posible, porque el padecimiento llega con su propia jerarquía. El sujeto reacciona sin poder de decisión. Es el régimen en el que vivió y vive la humanidad durante la mayor parte de su historia.

El segundo es el sufrimiento gestionado. Cuando los recursos alcanzan para decidir qué dolor atacar primero, con qué herramienta y en qué orden. Esto es lo que llamamos comúnmente vivir bien. Es tener problemas, pero elegir cuáles enfrentar hoy y cuáles dejar para mañana. La reserva de leña todavía está bastante llena, pero el sujeto controla el ritmo en que la quema. La clase media global vive ahí, y es un buen lugar, aunque la gente que está adentro casi nunca lo sepa.

El tercero es el que casi nadie ve venir, y se trata del régimen del vacío. Cuando la reserva de combustible se quemó más rápido que la vida y los problemas se acabaron, pero el sujeto sigue ahí, vivo, despierto, sin saber qué hacer consigo mismo. Esto no es paz, porque es lo que pasa cuando se desconecta el motor de un auto pero el vehículo sigue rodando por inercia. Es decir, avanza hasta detenerse.

Existe un sufrimiento residual que nunca se va, y es el conocimiento de la propia muerte, pero ese padecer no estructura el día: solo funciona como fondo, no como contenido. El jubilado que camina sin rumbo por un shopping un martes a las once de la mañana sabe que morirá, pero esa certeza no lo organiza, no lo hace ir a ningún lado. Necesita un sufrimiento más chico, más cotidiano, más operativo, que lo ponga en movimiento hoy. La mortalidad es el marco del cuadro. El cuadro vacío sigue vacío aunque el marco esté.

El alivio que no alivia

Cuando se acaban los sufrimientos no aparece la paz, sino otra cosa que tiene un nombre antiguo y poco analizado: el tedio.

El tedio no es el aburrimiento ordinario, el de quien espera el colectivo, un estado transitorio que se resuelve solo. El fastidio del que ya no tiene problemas que resolver es estructural. No se va con una distracción, no se va con una película, no se va con unas vacaciones. La distracción funciona como anestesia local mientras dura, y después este hastío se vuelve más espeso.

El tedio no tiene un opuesto propio, porque no existe un alivio simétrico como existe uno para el dolor. Quien padece dolor encuentra alivio en su ausencia. Este hastío no encuentra alivio en la ausencia de tedio, porque su ausencia sería otra vez lo mismo. El único alivio del fastidio es, contra toda intuición, volver a sufrir; es decir, reinstaurar un problema y crear una fricción nueva donde no la había.

Por eso el rico que ya resolvió todo se inscribe en una expedición al Everest, el ejecutivo exitoso se compra una moto que probablemente lo mate y el jubilado adinerado se mete en discusiones políticas con desconocidos en internet. No buscan logros, sino algo, lo que sea, que los devuelva al régimen de tener un problema. La cima del Everest es la coartada que el sujeto se cuenta a sí mismo para justificar el frío, pero lo sustantivo es la incomodidad, no el logro.

El juego no cura

Cabe distinguir que no es lo mismo jugar al fútbol que coronar el Everest. Los dos parecen sufrimientos elegidos, pero funcionan de manera completamente distinta.

El juego es fricción enmarcada. El que mira un partido sufre cuando el equipo va perdiendo, se alegra cuando gana y vibra cuando se patea un penal. Pero todo el tiempo sabe que está jugando y que, cuando termine el partido, volverá a su vida. Y si las cosas se ponen feas, puede apagar el televisor. La conciencia de la competencia opera como un techo invisible que limita cuán hondo puede llegar el sufrimiento. El deporte entretiene, distrae y ocupa horas. Sin embargo, no cura el tedio, porque el sujeto sabe, en alguna parte, que es juego.

El Everest es otra cosa. La entrada es voluntaria, pero una vez adentro el marco se impone. El frío no negocia y la altura no pausa. Si uno se queda sin oxígeno, no hay árbitro que detenga el partido. Y eso es lo que hace que funcione. La elección inicial habilita una sumisión posterior a algo que ya no se elige.

Por eso hay una jerarquía clara. El sufrimiento impuesto estructura porque no se eligió, y el Everest estructura porque, aunque fue una opción, después se impuso. El juego no estructura porque permanece todo el tiempo dentro de las preferencias. La distracción, el entretenimiento masivo, la serie de Netflix, el videojuego o la red social son todas formas del tercer tipo. Llenan horas, pero no llenan vidas.

El catálogo de Everests sugeridos

Ahora bien, hay un detalle importante: casi nadie inventa su propio Everest. Esto va contra una idea muy difundida, la de que cada persona es creativa y única. La observación común muestra lo contrario, porque la gente copia. La originalidad real, la que arma cosas nuevas desde cero, es estadísticamente rarísima. Lo que parece ingenio casi siempre es recombinación. La gente toma piezas que vio en otros y las reordena, lo cual está bien y es como funcionó la cultura humana desde siempre, pero tiene una consecuencia que importa para este argumento: los Everests disponibles para la mayoría de las personas vienen de un catálogo externo, no de la imaginación propia.

Ese listado lo arman pocos y lo consumen muchos. En cada época, una sociedad ofrece a sus integrantes un menú de fricciones aceptables a las que pueden anotarse. Las cruzadas medievales fueron un ejemplo. La conquista del oeste de Estados Unidos, otro. La militancia política del siglo XX, otro más. El catálogo contemporáneo incluye el deporte extremo, la militancia ambiental, el veganismo intenso, el emprendedurismo, la paternidad de alta intensidad, las dietas restrictivas o los retiros espirituales costosos. La gente elige del catálogo y cree que inventa su camino, pero en realidad marca una casilla de una lista que le entregaron.

Hasta acá no hay drama. Mientras el catálogo funcione, la sociedad anda. El problema aparece cuando el catálogo se nota demasiado como muestrario

Everests caros y Everests baratos

Acá hay que introducir una segunda distinción dentro del catálogo, porque no todos los Everests sugeridos cumplen la función. Hay Everests caros y Everests baratos.

Los Everests caros son los que tienen costo real: frío, riesgo físico, dinero serio, tiempo prolongado y la posibilidad concreta de daño. Quien escala el Everest físico paga con su cuerpo, así como quien cría tres hijos posterga dos décadas de su vida. El que monta una empresa paga con todos sus ahorros y su salud. Son fricciones autoimpuestas que, una vez aceptadas, se vuelven imposiciones reales. Curan, en el sentido en que estructuran, dan dirección y vector; y estructuran al precio del dolor.

Los Everests baratos son los que tienen costo simbólico pero no real. Postear sobre causas en redes sociales o comprar productos con etiqueta moral. Asimismo, anotarse en cursos cortos sobre temas elevados o asumir identidades militantes sin práctica concreta. Estos son ejemplos de fricciones nominales. En estos casos, el sujeto cree ascender una montaña, pero el cerro es de cartón pintado. No hay frío que se le imponga. Lo que parece compromiso es, en realidad, juego disfrazado. Más sofisticado que mirar televisión, pero entretenimiento al fin. La conciencia de participar se filtra por debajo y el tedio sigue ahí.

Esto explica una observación que mucha gente hace con cierta perplejidad: por qué hay tanta militancia visible y tan poca gente aliviada. Por qué los más activos en causas públicas suelen ser también los más ansiosos y los más infelices. Porque la mayor parte del activismo contemporáneo opera como Everest barato. En realidad, da pertenencia, identidad y material para conversaciones, pero no impone marco y no cura

La pandemia, ese ensayo

Antes de hablar de IA conviene mirar el caso de la pandemia, que sirvió como ensayo general. Durante el encierro, millones de personas perdieron de golpe la fricción cotidiana que estructuraba sus días. El traslado al trabajo, la oficina, el roce social obligatorio, la agenda impuesta desde afuera: todo se suspendió en cuestión de semanas y el malestar fue masivo. Pero la gente lo toleró razonablemente bien, al menos durante un tiempo, porque había un marco con una narrativa de regreso. Esto es transitorio, vamos a volver, falta poco, ya pasa. Esa promesa funcionó como amortiguador. El sufrimiento, aunque agudo, estaba enmarcado, y un sufrimiento enmarcado es tolerable, aunque sea fuerte.

Lo notable fue lo que pasó cuando la normalidad volvió, porque no retornó igual. Una parte significativa de la población descubrió que no quería regresar a la fricción anterior, pero tampoco sabía cómo vivir sin ella. En Estados Unidos lo midieron como la Gran Renuncia. En Argentina el fenómeno no necesitó oficinas para manifestarse, porque la tensión que se perdió fue la del rebusque, la changa, el movimiento callejero que estructura el día sin reloj ni recibo de sueldo. Cuando se cortó, quedó expuesto que ese trajín generaba sentido. No hacía falta que fuera bien remunerado ni estable: solo hacía falta que existiera.

La pandemia fue el ensayo. Sin embargo, la IA es la función.

La pandemia sin regreso

La diferencia decisiva es que la pandemia tenía promesa de retorno, pero la IA no. Cuando una parte de la población queda sin trabajo productivo porque la reemplazan las máquinas, no hay vuelta atrás. Esta vez no es transitorio, no vamos a volver. La generación de valor de millones de personas se vuelve, progresivamente, prescindible. Y eso, en términos de la reserva de leña, significa algo brutal, porque la reserva se consume a una velocidad que nunca había ocurrido en la historia humana. Los problemas materiales se resuelven más rápido de lo que el sujeto puede inventar problemas sustitutos.

Y acá entra una segunda capa que la pandemia no tuvo: la IA no solo quema la reserva, además homogeneiza la superficie del mundo.

Da lo mismo si se está en Argentina, Uzbekistán, Nueva York o Singapur. Se repiten las marcas y los productos, las pantallas muestran las mismas cosas. Entre tanto, lo único que cambia son las letras del cartel. La globalización ya había empezado este proceso; la IA lo termina. Cuando todos los entornos son iguales, la extranjería como categoría operativa se diluye. El viaje pierde su capacidad de producir extrañamiento y el otro se vuelve idéntico a uno.

Eso tiene dos efectos opuestos que conviene separar, porque suelen confundirse.

Por un lado, la homogeneización reduce el conflicto entre grupos. Si todos consumen lo mismo, visten lo mismo y conversan sobre lo mismo, las fricciones culturales clásicas se atenúan. La IA probablemente reduzca, en términos estadísticos, las guerras grandes entre estados, y eso suena bien.

Por otro lado, vacía simultáneamente el contenido de la vida individual. Lo que la IA gana en paz horizontal entre poblaciones, lo pierde en paz vertical dentro de cada sujeto. La persona vive en un entorno que ya no le ofrece resistencia. Asimismo, los lugares no se distinguen, los productos se igualan y las experiencias no se diferencian. La reserva se quema sin reposición posible.

El ciclo guerra-paz y los detectores del punto de saturación

Si la IA pacifica horizontalmente pero enloquece verticalmente, la pregunta natural es qué pasa con el sistema cuando ese enloquecimiento vertical se acumula. La respuesta es que se redistribuye. La violencia no desaparece, solo cambia de forma y de lugar.

La historia muestra patrones que llaman la atención. Los períodos de paz prolongada terminan, casi siempre, en guerra, y los de conflagración terminan, casi siempre, en estabilidad. Es como si la sociedad oscilara entre dos polos sin poder quedarse quieta en ninguno. Durante mucho tiempo se explicó esto por la maldad humana, por la ambición de los líderes y por las dinámicas económicas. Hay otra explicación más simple y compatible con todo lo anterior: la sociedad necesita gradiente para no colapsar. Cuando se acumula demasiada paz, el gradiente desaparece y alguien lo restaura.

Hay un porcentaje fijo de personalidades destructivas en cualquier población humana. Es pequeño, pero constante. Esas individualidades cumplen una función que no se suele describir como función: detectan el punto de saturación pacífica antes que el resto, y actúan. No los redime, pero los ubica en el mecanismo. No son la causa de las guerras, sino el síntoma de que el sistema acumuló demasiada paz. Cuando aparece un líder destructivo con seguidores masivos, el dato no es el individuo, sino la disponibilidad masiva de apoyos. Y esa disponibilidad generalizada ocurre cuando la reserva colectiva se quemó demasiado.

Esto, aplicado al futuro próximo, sugiere algo que la mayoría de los pronósticos no contempla. Una sociedad que ha resuelto sus problemas materiales por IA no va a vivir en paz duradera. Va a producir, por demanda interna de fricción, sus propios conflictos. No por error de gobernanza ni por mal diseño institucional: por necesidad estructural. La paz total no es viable a escala masiva durante mucho tiempo, porque va contra el funcionamiento básico del organismo humano, que necesita problema para funcionar.

El proceso por venir

El proceso es previsible. Primero llega el alivio, cuando la IA resuelve cosas, hace tareas, ahorra tiempo y reduce esfuerzo. La gente está contenta, marcando la fase luminosa. Después llega la extrañeza, cuando el sujeto nota que algo no encaja, que desde que el día se quedó sin estructura las horas pesan distinto, pero no sabe nombrarlo. Después llega el tedio consciente y la sensación clara de que algo falta, aunque el inventario externo esté completo. Más tarde llega la búsqueda de fricciones sustitutas. Algunas serán constructivas: mucho deporte, mucha familia, mucho proyecto personal. Otras serán destructivas. Habrá conflictos identitarios, violencias simbólicas, polarizaciones intensas y riesgo deliberado. La historia no ofrece salidas definitivas, solo desplazamientos.

La IA quema la reserva más rápido que cualquier otra tecnología anterior. Esa es su promesa y su problema, indistinguibles el uno del otro. Y la dificultad es que la reserva, una vez quemada, no se vuelve a llenar sola. Hay que completarla con fricciones nuevas, y la mayoría de las personas no tienen el método para fabricarlas por cuenta propia. Las van a recibir del catálogo disponible, o las van a buscar en formas que el listado no contempla.

Algo se apaga adentro mientras afuera todo brilla. Esa desincronización, que era individual, ahora amenaza con volverse civilizatoria, por funcionamiento del sistema.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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Mookie Tenembaum

Mookie Tenembaum

Analista internacional, autor de Desilusionismo.

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