Javier Milei (CEDOC)
Javier Milei, el insultador serial
Como una versión derechista y verbal del internacionalismo armado del Ché Guevara, Javier Milei sale al mundo a disparar insultos contra los señalados por Donald Trump.
En el acto II de El Rey Lear, el conde Kent profirió el insulto más largo de la historia del teatro. Al presidente argentino, que es un insultador serial, seguramente le gustaría equipararse a ese personaje de Shakespeare cuya franqueza y lealtad lo hizo decirle a Lear "estás loco". Pero Kent era elegante y refinado hasta para insultar, lo cual lo pone a un océano de distancia de Javier Milei.
Por la cantidad de blancos a los que dispara insultos sin que se entienda por qué, Milei se parece más a Ignatius J. Reilly. El protagonista de La Conjura de los Necios insulta a quien se cruce en su camino, incluida su propia madre, por considerarse moral e intelectualmente superior al resto de la humanidad.
Ese delirio de superioridad expresado mediante la violencia verbal acerca a Milei al único personaje creado por John Kennedy Toole en su corta vida. Pero su recurrente uso de la vulgaridad lo acerca también a Hank Chinaski, personaje de Bukowski que tenía adicción a los insultos obscenos.
La imagen de un presidente enardecido sobre un escenario extranjero, disparando insultos de grueso calibre contra el mandatario local y contra la población que lo votó, debe causar estupor. Milei gritando en Brasil que el gobernante de ese país es "un ladrón" y un "presidiario"; llamando "zurdos de mierda" a sus votantes, y refiriéndose como "basura calva" a un juez supremo, debe generar dudas sobre su comprensión de la investidura que ostenta.
Aunque por el vínculo de ambos Estados quizá no derive en una crisis mayor, se trata de un estropicio diplomático. Sólo de ese modo lo interpretan los gobiernos centristas que aún quedan en las jaqueadas democracias de Occidente. Y también los regímenes no democráticos pero con instituciones fuertes, como el de China, país milenario capaz de entender que la diplomacia no es una superficialidad de la corrección política, sino un ancestral instrumento indispensable para conjurar el caos que amenaza al orden en cualquier espacio.
Sólo los líderes totalitarios y los dictadores despreciaban la diplomacia y le faltaban el respeto a quién les viniera en gana.
Fidel Castro era el insultador serial latinoamericano y el ugandés Idi Amín un ejemplar africano de la violencia verbal que revelaba su naturaleza abyecta y criminal. China entiende el rol de la diplomacia para preservar el orden regional, continental o global. Por eso repudió la actuación del presidente argentino en Brasil.
En el Discurso sobre la Primera Década de Tito Livio, Maquiavelo explica que, así como las leyes son necesarias para mantener las buenas costumbres, éstas son imprescindibles para el mantenimiento de las leyes. La educación y el respeto en el trato son claves en la preservación del orden interno y el externo.
En Pensamientos y recuerdos, la obra que recopila cartas, diálogos y discursos de Bismarck, el gran estadista decimonónico explica que "hasta para declarar la guerra" hace falta tener buenos modales. Afirmación que no tiene que ver con un pacifismo naif, sino con un principio clave en lo que aquel líder alemán llamaba "diplomacia pragmática", parte de la realpolitik que considera la acción diplomática como pieza fundamental para evitar tensiones innecesarias y rupturas de vínculos necesarios, además de bloquear futuras negociaciones que podrían ser indispensables.
Los ataques al presidente de Brasil constituyen el paroxismo de una desviación que consiste en meter las narices en el escenario político de otro país. Un vicio de liderazgos megalómanos con posiciones extremas, que comenzó en los años '90 con Hugo Chávez.
Fue aquel exuberante líder caribeño el que inició la práctica tóxica de ideologizar las relaciones internacionales. Desde entonces, hubo varios que avalaron candidatos de sus cercanías políticas en escenarios electorales ajenos. Algo objetivamente negativo que también practicó Lula. Pero de ese accionar tóxico, Milei representa el paroxismo.
Ocurre que el presidente traspasó la última frontera en materia de injerencia impropia, al usar sus visitas a países gobernados por lo que él considera "enemigos de la libertad" para que se escuchen más fuerte sus insultos a esos gobernantes. Eso implica atravesar líneas rojas jamás traspasadas por líderes democráticos. En una democracia, el gobernante es un mandatario y entiende que no tiene el poder de representarse a sí mismo sino el mandato de representar a la sociedad. Y a toda la sociedad, no sólo al sector que lo votó.
No es lo mismo apoyar a un político extranjero elogiándolo o avalando su proyecto político, que apoyarlo atacando con violencia retórica a su adversario. No es lo mismo apoyar a Vox y al bolsonarismo elogiando ambas fuerzas políticas y sus dirigencias, que apoyarlas insultando a los gobernantes de España y Brasil por ser de un signo político contrario.
Milei insultó a otros líderes, pero a España y Brasil viajó repetidas veces para descargar in situ andanadas de agravios contra sus respectivos gobernantes. Parece no entender cuál es su rol como mandatario. Actúa como si fuera un soberano, o sea el dueño del poder, sin entender que la soberanía está en la sociedad y que es ella la que delega en él un mandato.
¿Cómo interpretar esta agresividad desopilante? Por la confluencia de dos factores. El primero: Milei no logró visibilizarse por sus ideas y explicaciones económicas, sino vociferando barbaridades en programas de panelistas. Por lo tanto, ve en esas patéticas escenificaciones instrumentos eficaces para alcanzar visibilidad y construir poder. El segundo factor es la necesidad de ser visibilizado por Donald Trump con actuaciones lo suficientemente ruidosas como para que se escuchen en Washington. Por lo tanto, es posible que actúe por encargo de Trump o que sobreactúe para agradar a Trump.
Sus incursiones belicosas por España ocurrieron en momentos en que el presidente norteamericano atravesaba picos de tensión con Pedro Sánchez por desacuerdos sobre el gasto militar del Estado ibérico. En cuanto a sus incursiones belicosas por Brasil, coincidieron con las tensiones entre la Casa Blanca y el Planalto por la situación judicial de Jair Bolsonaro y por el visible interés del magnate neoyorquino en que gane la elección presidencial el hijo del líder preso, para lo cual, además de valerse de la violencia verbal y gestual de Milei, lanza sobre el gobierno de Lula bombardeos arancelarios.
Frente a cualquier multitud, grande o pequeña, que muestre la excitación del fanatismo, Milei entra en trance insultador y vocifera agravios y groserías. La violencia de tales escenas justifica al funcionario brasileño que describió al presidente argentino diciendo que "no está a la altura de la función cumple". Salvo los poseídos por el odio político y la exaltación ideológica, es eso lo que ven los espectadores que miran desde afuera el patético espectáculo.
Si la cultura democrática no estuviera perdiendo vigor, igual que en el resto de Occidente, los argentinos se espantarían por lo ocurrido en el acto de la ultraderecha brasileña y también en la muestra de la Rural, cuando desde el stand de una radio Milei señaló con el dedo a Ignacio de Mendiguren, lo agravió y llamó a la gente a insultarlo cuando lo crucen en la calle o donde sea. Ergo, el presidente exhortó públicamente a linchar un dirigente.
Eso revela, o bien un desequilibrio emocional preocupante, o bien y un desconocimiento de lo que implica su rol en un Estado de Derecho. No hay una tercera posibilidad. Esa secreción viscosa de los liderazgos ideologizados y mesiánicos a la que llaman "núcleo duro", es incapaz de ver lo que sus filias y fobias no les muestren.
Así como la mirada del núcleo duro kirchnerista gambetea montañas de evidencia para seguir creyendo que Cristina no tenía la menor idea de que a la sombra de su gobierno funcionaba una maquinaria gigantesca de corrupción, el mileísmo le cree a Milei cuando describe a Lula como un perverso dictador comunista, y admira "el coraje" y la "franqueza" con que su líder lo grita en el mismísimo Brasil.
Donde debiera ver la deplorable escena de un presidente eufórico y desencajado vociferando insultos ante una audiencia de fanáticos enardecidos, ve un "estadista aplaudido por reflexivos demócratas", luchando contra la hipocresía y la corrupción marxista. Todo un logro de la instrumentación del odio.
Ese núcleo duro del conservadurismo criollo cree que Milei es comparable al personaje que profirió el insulto más largo de la historia del teatro al describir a otro personaje de El Rey Lear como "un bribón, villano, comilón de sobras; personaje bajo, orgulloso, inmisericorde, mendaz, cobarde y pantomímico; engendro de tres peniques, de alma baja, calzador de medias viejas; cobardón de hígado blanco y corazón de pollo; lacayo, maricón, vanidoso y embustero; un perro engreído".
En realidad, por la vulgaridad de sus insultos, Javier Milei se parece a Ignatius, el personaje que insultaba a todo el mundo en La Conjura de los Necios. Y más aún a Chinaski, el personaje de Bukowski que tenía adicción a los insultos obscenos.
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