La progresión de la enfermedad tiene consecuencias. Sin tratamiento, la sífilis puede dañar tejidos y órganos vitales. (Cedoc)

El triste regreso de la sífilis

Había sido controlada, pero el año pasado se alcanzaron en el país cifras récord, con un incremento del 70%.

La sífilis, una de las infecciones de transmisión sexual más antiguas documentadas por la medicina, atraviesa en la Argentina un resurgimiento que interpela tanto a los sistemas de salud como a los hábitos culturales de la vida contemporánea. Descripta ya en los siglos XV y XVI como una enfermedad devastadora que llegó a afectar a cerca del 15 por ciento de la población europea, fue durante siglos sinónimo de deterioro físico progresivo, estigmatización social y muerte. 

La aparición de la penicilina en la primera mitad del siglo XX transformó su pronóstico y la relegó, durante décadas, al territorio de las enfermedades controlables. Sin embargo, nunca fue erradicada. Hoy, en pleno siglo XXI, vuelve a ocupar un lugar central en la agenda sanitaria.

En Argentina, los datos epidemiológicos más recientes confirman un crecimiento sostenido y acelerado de los casos. En 2025 se alcanzaron cifras récord, con más de 55 mil diagnósticos confirmados en la población general y un incremento que supera el 70 por ciento respecto de años previos. La tendencia no distingue género, orientación sexual ni nivel socioeconómico. La sífilis circula en todos los estratos y se concentra especialmente en jóvenes y adultos sexualmente activos, con picos en la franja de 15 a 39 años, y una incidencia particularmente elevada entre los 20 y 24.

Término científico. Causada por la bacteria Treponema pallidum, la sífilis se transmite principalmente por contacto sexual directo sin protección con una persona infectada, cuando ésta presenta lesiones infecciosas en zonas como los genitales, el recto o la boca. También existe transmisión materno-infantil durante el embarazo y el parto, conocida como sífilis congénita, que puede tener consecuencias dramáticas si no se diagnostica y trata a tiempo. 

La curva epidemiológica publicada por el Ministerio de Salud de la Nación muestra un aumento sostenido de casos desde 2011, con una aceleración marcada desde 2015. En 2025 se alcanzaron 55.183 diagnósticos confirmados de sífilis en la población general, la cifra más alta de los últimos cinco años y un incremento del 71 por ciento en comparación con la mediana del período 2020-2024. En el mismo año, los casos entre mujeres embarazadas también crecieron cerca de un 10 % respecto de la mediana de años previos. 

Este salto estadístico no solo representa números sino vidas afectadas, trayendo al primer plano de la salud pública una infección que, a pesar de tener un tratamiento sencillo con antibióticos cuando se detecta a tiempo, puede evolucionar hacia complicaciones graves si no se interviene. La tasa creciente de contagios obliga a reflexionar sobre prácticas sexuales, acceso a métodos de prevención y prioridades sanitarias. 

Síntomas. La sífilis tiene un recorrido clínico complejo. Tras un período de incubación de entre 10 y 90 días, suele comenzar con una lesión única, indolora y circunscrita, el chancro, en el sitio por donde ingresó la bacteria. Esta ulceración, típica de la etapa primaria, puede pasar desapercibida y desaparecer sin tratamiento, mientras la infección sigue su curso. 

En la etapa secundaria, semanas o meses después, pueden aparecer erupciones cutáneas en palmas de manos y plantas de pies, ganglios inflamados, fiebre y malestar general. Cuando la infección no se trata, entra en una fase latente y puede evolucionar décadas después hacia manifestaciones más severas que incluyen afecciones neurológicas y cardiovasculares irreversibles. 

Para comprender mejor lo que está ocurriendo, a la médica infectóloga María Delfina Rimoldi, quien trabaja en centros de referencia en Buenos Aires, señala que “el aumento de casos refleja una combinación de factores sociales y comportamentales, pero también de políticas públicas”. Según su diagnóstico, el descenso en el uso de preservativos y la falsa sensación de seguridad que generan estrategias como la profilaxis preexposición contra el VIH -muy eficaz para ese virus, pero que no protege frente a otras ITS- han contribuido a que la sífilis se propague con mayor rapidez. “Además -agrega-, hay barreras de acceso a diagnóstico y tratamiento temprano en muchos sectores de la población, y eso profundiza la transmisión comunitaria”. 

En el Hospital Muñiz, centro de referencia en enfermedades infecciosas, el fenómeno se vive en tiempo real. Desde comienzos de año, el servicio de Enfermedades de Transmisión Sexual abrió un registro específico para documentar cada diagnóstico. Allí se observan alrededor de 50 casos mensuales de sífilis infectante, una cifra que, según estimaciones médicas, implica al menos diez contagios no detectados por cada caso confirmado. Algunos pacientes consultan por la presencia del clásico chancro, una lesión indolora en genitales, ano o boca. Otros llegan con erupciones cutáneas, manchas rojizas en el tronco, las manos o las plantas de los pies. Muchos no presentan síntomas y acuden solo porque tuvieron contacto sexual con una persona infectada.

Consecuencias. La progresión de la enfermedad tiene consecuencias más allá de síntomas visibles. Sin tratamiento, la sífilis puede dañar tejidos y órganos vitales. En sus etapas avanzadas, puede afectar el sistema nervioso central y cardiovascular, aumentando el riesgo de complicaciones severas y, en algunos casos, la mortalidad. La sífilis congénita, cuando no se detecta en la gestación, puede derivar en muerte fetal, partos prematuros y secuelas graves para el recién nacido. 

En cuanto a la distribución geográfica dentro de Argentina, el fenómeno no es homogéneo. Provincias como Córdoba lideran las tasas de incidencia por cada 100 mil habitantes, seguidas por jurisdicciones del NEA, Cuyo y el Sur. En algunas regiones del Noroeste Argentino, como Tucumán, se observa un incremento proporcional de casos que supera el 50 por ciento respecto a años anteriores, mientras que en Entre Ríos la tasa de notificación creció alrededor de un 72 por ciento en 2025, superando con creces el promedio nacional. El contexto socioeconómico juega un papel innegable. Sectores con menor acceso a educación sexual integral, servicios de salud y métodos de prevención enfrentan barreras adicionales para el diagnóstico y tratamiento. En este escenario, la falta de provisión de insumos básicos, como preservativos gratuitos, y la reducción de programas educativos han sido señalados por expertos como factores que amplifican la transmisión. 

La prevención de la sífilis es clara en teoría y, aún más, en la práctica: uso consistente de preservativos en todas las formas de contacto sexual, realización de pruebas de detección periódicas, especialmente ante nuevas parejas o relaciones sin barrera de protección, y la consulta médica ante cualquier signo sospechoso. Las pruebas rápidas permiten obtener resultados en menos de una hora, lo que facilita un diagnóstico oportuno y la interrupción de las cadenas de transmisión. Además, la detección temprana durante la gestación es crucial para evitar la sífilis congénita. Los controles prenatales deben incluir test de sífilis desde las primeras visitas, con tratamiento inmediato en caso de positividad. 

La estrategia integral implica no solo la atención clínica sino también campañas de educación sexual que atiendan las prácticas y realidades de los jóvenes, desmonten mitos y promuevan decisiones informadas. Al cierre de 2025, mientras los casos superan récords históricos y los sistemas de salud buscan adaptarse a la creciente demanda de tratamientos, la sífilis se impone como un llamado de atención. Una infección curable que ha reaparecido con fuerza exige una respuesta que combine ciencia, campañas de prevención y la promoción de una conversación franca sobre sexualidad y protección.

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