Cuando hacer dieta y entrenar se vuelven un martirio. (Pexels)

Por qué sentirse bien se volvió otra exigencia

Rituales, rutinas y productos prometen plenitud y terminan siendo una obligación más. Por aceptamos la dictadura del bienestar.

Despertador a las cinco. Agua tibia con limón, después con colágeno, después con magnesio. Yoga facial frente al espejo, veinte minutos de “journaling”, una ducha fría, un “smoothie” verde fotografiado desde arriba antes de tomarlo. El video dura un minuto y medio y acumula millones de reproducciones. Las parodias a las rutinas imposibles se volvieron un chiste colectivo en redes sociales. Pero detrás de la burla hay un fenómeno real, porque gran parte de lo que hoy se vende como autocuidado termina siendo una obligación disfrazada. Y así, casi sin darnos cuenta, caímos en la tiranía del wellness.


 

Vivir desde el deber ser

En los consultorios de terapia es un patrón repetido: pacientes agotados por todo lo que sienten que deberían estar haciendo para estar bien. La psicóloga Sol Buscio, creadora del espacio @psicosol y autora de “Ansiedad”, lo resume así: "Viene viéndose una exigencia donde básicamente uno tiene que ser un pulpo, porque las horas del día ni siquiera alcanzan para cumplir con todas las cosas que hay que hacer para estar bien". Para ella, ese modelo desconoce que el rendimiento varía de un día a otro y de una persona a otra, aunque a todos se les exija lo mismo.

 

Hay un quiebre concreto entre quienes se cuidan porque lo necesitan y quienes lo hacen para poder mostrarlo, señala. Cuando el cuidado se convierte en una vidriera (la rutina de ejercicio diaria, la terapia, el jugo, el “journal” (diario)exhibidos como prueba), desaparece la flexibilidad que para ella define al autocuidado real. La pregunta que propone hacerse no es qué rutina seguir sino desde dónde se la sostiene, si el impulso es sentirse bien o cumplir con una idea externa de éxito.

 

 

Como no podía ser de otra manera, esa idea se alimenta de las redes sociales y de la comparación constante con lo que hace el otro. Según explica Buscio, el riesgo no es mirar al costado (algo que forma parte del aprendizaje humano), sino que esa mirada se vuelva tan negativa que termine reemplazando la vida propia por una imaginada, hecha de recomendaciones ajenas. La salida puede pasar por una pregunta sostenida en el tiempo: cuánto se está escuchando esa persona y cuánto está escuchando únicamente el afuera.


Infoxicados

Y si hay un terreno donde esta exigencia se siente con fuerza, es la alimentación. Preguntar qué comer dejó de alcanzar, ahora la consulta llega cargada de otra pregunta, más ansiosa, la de si tal o cual alimento hace mal, si tiene gluten, si va a inflamar, si va a subir la glucosa. "La gente llega con muchísima información, 'infoxicada'", plantea la licenciada en Nutrición, Romina Pereiro. Según explica, el exceso de datos sobre proteínas, ayuno, ultraprocesados, cortisol o magnesio no se traduce en más conocimiento, porque buena parte de esa información carece de sustento científico o responde a intereses comerciales ajenos a la evidencia. El resultado es un miedo permanente a equivocarse.

 

Ese exceso de reglas termina jugando en contra. Cuando alguien intenta cumplir todo al mismo tiempo (cambiar la dieta entera, eliminar grupos de alimentos, sumar suplementos), el todo o nada se vuelve insostenible. Por eso Pereiro recomienda lo contrario, empezar por cambios pequeños como sumar una fruta después del almuerzo o tomar un vaso más de agua, hábitos que se incorporan casi sin darse cuenta y que, a diferencia de las reglas rígidas, logran sostenerse en el tiempo.

La salida que propone pasa por mirar el patrón alimentario completo. Sanar el vínculo con la comida no implica comer de manera perfecta sino recuperar la capacidad de disfrutar y aceptar que una sola ingesta no define la calidad de la alimentación. A eso suma un regreso a lo simple, cocinar en casa y planificar mínimamente para depender menos del delivery o de la improvisación. "La salud no se construye desde la perfección, sino desde aquello que hacemos la mayor parte del tiempo y que, fundamentalmente, podemos sostener en nuestra vida real", resume.


 

Reinvidicar nuestro criterio

Cansancio, aumento de peso, insomnio, veinte dietas probadas sin resultado. Ese es el perfil que más se repite entre quienes llegan a la plataforma de bienestar TheGelatina según su fundadora, Lala Bruzoni, una especialista en marketing que se interesó especialmente en la cultura de la salud. Muchas de esas personas no necesitan una tendencia nueva, sino ayuda para ordenar lo básico. El problema aparece después, cuando las herramientas que deberían simplificar la vida se acumulan hasta convertirse en otra lista imposible. "Ahí empieza la tiranía del wellness, cuando una herramienta que debería ayudarte a vivir mejor se convierte en otro lugar donde sentís que estás fallando", plantea.

 

Bruzoni lo lleva a un ejemplo concreto, el de dormir bien y despertarse descansado para después mirar el reloj inteligente y descubrir un puntaje bajo y decidir entonces que la noche fue mala. La tecnología puede sumar información valiosa, aclara, pero el problema empieza cuando reemplaza el criterio propio en lugar de nutrirlo. "Tenemos que proteger al wellness de su propia caricatura", resume. "No todo tiene que optimizarse, una persona no es un software que necesita estar permanentemente actualizándose".

 

Y hay una dimensión que va más allá de lo individual. Si el bienestar termina siendo un privilegio (una experiencia reservada para quien puede pagar el mejor dispositivo, el suplemento importado o la clínica de longevidad), pasa a ser otra forma de desigualdad. Por eso es preciso volver a los fundamentos, como dormir, hidratarse, moverse, comer alimentos reales y cuidar los vínculos, cosas que en general están al alcance de cualquiera. "La salud preventiva puede sofisticarse muchísimo, pero los principios del bienestar siguen siendo bastante simples", resume la experta.

Así queda planteado el desafío de fondo, separar la herramienta útil de la exigencia disfrazada. Bruzoni lo resume en una frase que funciona casi como manifiesto: "El wellness fracasa cuando te hace sentir que para vivir bien necesitás comprar más. Y funciona cuando te da información suficiente para tomar mejores decisiones con la vida que ya tenés".

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