Primero fueron los filtros de Instagram. Después, las fotos generadas por IA. Luego, las “bios” escritas por ChatGPT. Hoy algunos usuarios directamente delegan en un algoritmo la tarea de responder mensajes. La inteligencia artificial se fue metiendo en las apps de citas de forma casi imperceptible y el resultado es una experiencia cada vez más pulida, más estratégica y, en el fondo, menos humana.

La trampa del perfil perfecto
Dado este contexto, Happn, la app de citas basada en encuentros de la vida real, decidió poner límites. Actualizó su Carta de Confianza para prohibir explícitamente tres prácticas que se volvieron cada vez más comunes: crear perfiles con fotos o descripciones generadas por IA, usar chatbots para redactar mensajes y simular identidades falsas. Además, sumó una funcionalidad que permite reportar perfiles sospechosos.
Pero no renuncia del todo a la inteligencia artificial. Su función Perfect Date usa IA generativa para sugerir lugares para una cita según los intereses. La diferencia, según la compañía, es de intención. "La inteligencia artificial debe ser una herramienta de apoyo. Puede ayudar a romper el hielo o sugerir ideas, pero nunca debe hablar en nombre de las personas ni reemplazar la espontaneidad de una conexión real", apunta Karima Ben Abdelmalek, CEO de la empresa.

El movimiento no es aislado. Bumble, una de las plataformas de citas más grandes del mundo, anunció algo más drástico: va a eliminar el “swipe”, el gesto de deslizar perfiles. La decisión llega en un momento crítico para la compañía que perdió cerca del 21% de sus usuarios pagos en el último año y que apuesta a una renovación total de su experiencia. Su CEO, Whitney Wolfe Herd, prometió "algo revolucionario para la categoría". Todo indica que la apuesta pasa fuerte por la inteligencia artificial: la empresa ya está desarrollando Bee, un asistente de citas basado en IA que, a través de una conversación privada, busca conocer los valores, intereses y expectativas afectivas del usuario para sugerirle perfiles compatibles.

Intermediario invisible
Bumble sabe cuánto tiempo miramos una foto antes de deslizar. Sabe a qué hora respondemos, con qué frecuencia, a quién ignoramos. Y con esa información puede estar decidiendo qué perfiles muestra y, sobre todo, cuáles nunca vamos a ver. "El algoritmo te puede hacer perder el amor de tu vida", advierte Martín Pablo Villar, especialista en automatización responsable y autor de “Privacidad algorítmica” (Editorial Hammurabi).
Para él, la clave está en distinguir entre asistir una decisión y reemplazarla. Que una app te sugiera diez perfiles compatibles y uno elija es una cosa, pero que descarte silenciosamente cientos de personas antes de que lleguen a la pantalla es otra muy distinta. "En el primer caso la tecnología funciona como una herramienta, en el segundo comienza a actuar como un intermediario que condiciona nuestras elecciones sin que seamos conscientes de ello", explica.
El problema se profundiza cuando se trata de las reglas que las propias plataformas se autoimponen. La Carta de Confianza de Happn, por ejemplo, prohíbe las modificaciones significativas de fotos mediante IA, pero aclara que "pequeños retoques" son aceptables. ¿Y qué es un pequeño retoque? La empresa no lo define. ¿Qué pasa si alguien con discapacidad usa un asistente de escritura para redactar sus mensajes? ¿Eso es trampa o es accesibilidad? "Son cuestiones que exceden la capacidad de una empresa para resolverlas unilateralmente", señala Villar. Las políticas internas son necesarias, concede, pero insuficientes. Sin marcos regulatorios claros, cada plataforma define sus propias reglas (y los usuarios quedan sujetos a estándares que pueden ser muy distintos según la app).
En América Latina, la discusión regulatoria sobre IA y plataformas digitales avanza poco y despacio. Argentina tuvo un Plan Nacional de Inteligencia Artificial en 2019 que nunca se ejecutó y fue abandonado por las gestiones siguientes. Europa, en cambio, lleva años construyendo un enfoque integral: el GDPR (Reglamento General de Protección de Datos, en inglés) incorpora derechos vinculados al perfilado automatizado y la toma de decisiones algorítmicas, y normas más recientes como el Reglamento de IA y la Digital Services Act buscan cubrir los riesgos específicos de las plataformas digitales. "La pregunta ya no es si la IA va a intervenir en nuestras relaciones personales. Eso ya está ocurriendo. La verdadera pregunta es quién define las reglas de esa intervención: si las empresas tecnológicas por sí solas, o las sociedades democráticas a través de instituciones capaces de establecer límites", plantea Villar. Por ahora, la respuesta es mayormente la primera opción.

El último bastión
El otro problema de esta mirada es que el deseo no funciona como una “checklist”. Por más que un algoritmo procese valores, intereses y expectativas afectivas, no hay sistema capaz de predecir con quién querrá quedarse alguien. "El deseo es algo más inconsciente. Por eso no hay algoritmo que pueda manejar el amor", sostiene Sofía Calvo, psicóloga. Para ella, delegar en la IA la elección de con quién conectar es parte de un proceso más amplio y preocupante: el reemplazo de habilidades que deberían permanecer del lado humano. Entiende que la seducción no es un trámite menor, porque en ella se ponen en juego la frustración, los límites, la comunicación. Si la tecnología la reemplaza, en el futuro no podremos interactuar sin una IA de por medio.
Sin embargo, Calvo va a contramano del pánico tecnológico. La frustración que genera encontrarse con la realidad después de semanas chateando con un perfil demasiado perfecto no es necesariamente un problema, sino una señal de que algo humano todavía resiste. "Prefiero que la gente se frustre o se sienta engañada cuando se encuentra con la realidad. Es el último bastión para que se tenga en cuenta que lo perfecto de lo virtual no tiene cabida en el único lugar donde podemos crear algo humano y por tanto imperfecto: el mundo real".


















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