ARCA (CEDOC)

Nubarrones fiscales

A qué se debe la anemia tributaria

La lentitud para reactivar la actividad económica de los sectores que más recaudan socava la sustentabilidad del superávit fiscal.

El papel aguanta todo. Entre contadores o sometidos al rigor de los presupuestos, una cosa es completar la planilla para que los números “cierren” y otra que los supuestos se vayan cumpliendo para que se corresponda con la realidad. Algo similar pasa con las proyecciones macroeconómicas realizadas depositando la esperanza en la variable que hace la magia para que todo cierre: el crecimiento.

El dato. La realidad en este último año parece indicar otra realidad que la esperada. Cuando en mayo de 2025 el primer objetivo que se trazó el Gobierno tocó un piso de 1,5% mensual (algo más de 20% anualizado) la presión era tanta que desbordó en otros flancos: se inició una corrida contra el peso, anuncios con resultados fallidos, voló la tasa de interés para contener el pánico y finalmente, pocos días antes de las elecciones nacionales, llegó el salvataje del Tesoro de los Estados Unidos a puro tuit, sin mandar fondos reales. El resultado electoral fue diferente al anterior, las expectativas cambiaron, pero el apretón monetario tuvo su precio que se fue pagando en cómodas cuotas durante el resto del año con un rebrote inflacionario (3,4% en marzo pasado) pero sobre todo con la incapacidad para revertir el nivel de actividad económica.

Técnicamente, la economía argentina salió de la recesión hace dos años, durante el transcurso del segundo trimestre de 2024. Desde entonces la actividad económica mostró una tendencia de moderado crecimiento, pero con fuertes disparidades. Hubo sectores que “volaron” (la minería, petróleo y gas y vinculados con el complejo agropecuario) y otros que se hundieron cada vez más (manufacturero, comercio minorista general), mientras que otros mostraron una fuerte estacionalidad vinculada con coyunturas específicas (el turismo interno) o con sus precios (los servicios públicos que marchan al ritmo del recupero de valores relativos).

Esta dinámica enfrentó un problema adicional: la heterogeneidad del crecimiento terminó castigando la recaudación tributaria nacional porque los “perdedores” de esta coyuntura resultaron los segmentos relevantes para el consumo y el empleo en las grandes urbes y, por diseño de la estructura tributaria, los que más recaudan. Un talón de Aquiles inesperado. “Sí, efectivamente, es una complicación porque los sectores que ahora no tributan tanto están haciendo bajar la recaudación fiscal y eso le pega directo al superávit. Ahí hay un punto importante, que falta recuperar actividad en los sectores más perdedores”, advierte Eduardo Fracchia, profesor de Economía del IAE Business School.

La muestra. La recaudación tributaria de julio creció 35,1% interanual en valores nominales, lo que implica una suba real de 1% en dicho período (sobre la estimadión previa de un IPC de 2,1% para el último mes) pero que recién es el segundo registro positivo desde julio de 2025. No refleja una tendencia sino el resultado de que se modificara el calendario de vencimientos y así Ganancias (+23,2% real) y Bienes Personales (+27% real) subieron interanualmente. Sin embardo, para el acumulado de los siete primeros meses del año, la recaudación acumula una caída del 4,4% interanual real. ¡Alerta para la proyección del superávit fiscal de 2026! O, mejor dicho, si la recaudación no tiene un salto sustantivo, conseguirlo será tarea, una vez más, de la motosierra, con la salvedad que la “baja” inflación y la tarea realizada deja poco gasto rígido para tocar. Sólo cabe recordar que casi 60% del gasto público nacional se destina al pago de jubilaciones, pensiones y ayudas sociales.

Sobre este aspecto, la analista económica de la consultora Invecq Sol Pradás destaca que cerca del 46% de la recaudación nacional corresponde a lo que se denominan “tributos ligados a la actividad económica” —IVA DGI, contribuciones patronales y créditos y débitos en cuenta corriente—, y ese bloque cae 2,5% interanual real en el acumulado del año. “El IVA DGI retrocede 1,4% interanual real por la debilidad del consumo, los créditos y débitos, otro -2,7% y las contribuciones patronales -3,5%, por el deterioro del empleo privado registrado y por las alícuotas reducidas del RIFL y del PER”, detalla. Además, sugiere observar la composición del crecimiento que es clave: los sectores que más se expanden en el año —agro (+11,5%) y explotación de minas y canteras (+14%)— son intensivos en capital, con fuerte orientación exportadora y baja incidencia sobre el consumo masivo y el empleo registrado. Aportan más a través del comercio exterior, donde a su vez la recaudación está condicionada por la baja de alícuotas. En cambio, los sectores que sí movilizan al IVA, las contribuciones y el impuesto al cheque —comercio, industria, construcción— son los que siguen rezagados. “Por eso vemos crecimiento promedio del PBI sin que la recaudación lo acompañe”, proyecta. El problema es lo que se visualiza para el resto del año: la recuperación de la actividad y la recaudación deberá ser mayor que en la primera mitad del año, o se deberá profundizar el ajuste sobre el gasto, qué por lo visto es cada vez más dificultoso.

El escenario que viene. Esta dinámica a velocidades diferentes genera un dilema en la política económica para elegir un plan B en la antesala de un año electoral crucial. “Creemos que es posible que se resuelva un poco por cada canal: el gasto, la recaudación y un superávit menor”, agrega Pradás. Por el lado del gasto, el margen disponible está en las partidas no indexadas —subsidios económicos, gastos de funcionamiento del Estado, transferencias a provincias—, que son las que el Poder Ejecutivo puede recortar sin modificación normativa, aunque ya vienen ajustadas por tercer año consecutivo con un espacio es cada vez más estrecho. El Gobierno sí puede encontrar algo más de espacio para recortar estas partidas, aunque probablemente vayan acompañadas de una baja de impuestos.

Por el lado de los ingresos, tras un segundo trimestre con actividad económica de -0,5%, Invecq proyecta un repunte en la segunda mitad del año y un crecimiento de la actividad de +2,5% en el total de 2026, que debería traducirse en una mejora en un nivel algo menor que el año pasado (+1,4%) que en este contexto adverso sería un logro.

Empleo. Si el nivel de actividad genera preocupación, el empleo, todavía más, siendo un indicador que hoy encabeza el ranking de preocupaciones sociales. Fracchia destaca el contexto de un sector privado en claro descenso y con caída aún mayor en el sector público nacional; mientras crece el empleo informal, un segmento que en promedio ofrece una calidad de trabajo inferior a la del sector registrado. El poder adquisitivo tampoco ayuda: el salario real muestra una caída importante respecto del año de máximos, 2017 (del 20% para los trabajadores registrados y del 30% para el sector público). “Con costos fijos que subieron —los servicios públicos, sobre todo— y un ingreso disponible cada vez más ajustado, a las familias les cuesta más llegar a fin de mes. Esta combinación de menos empleo y menos ingresos reales termina traduciéndose en una demanda agregada estancada”, concluye.

Finalmente, el cuadro nacional se completa con una situación preocupante en las administraciones locales, especialmente en las provincias que son las que enfrentan la demanda social más concreta. IDESA estima que mientras el Estado Nacional conseguiría a duras penas un superávit financiero de +0,1% del PBI a fin de año, las provincias pasaron de un gran déficit en 2023 (13 provincias en rojo que implicaba -0,55% del PBI) a -0,29% del PBI en 2024 para 6 provincias, pero el año pasado volvieron a subir a 14 en déficit por -0,46% del PBI. Con el déficit financiero provincial, el sector público consolidado (nacional y provincial) termina con un desequilibrio financiero de -0,36% del PBI. Pero, como una luz amarilla en el tablero y un anticipo de lo que vendrá, destaca que más de un quinto de los gastos totales de las provincias que mantienen las cajas jubilatorias de sus empleados públicos se explica por el pago de jubilaciones y pensiones. En la mayoría de los casos este es el componente más desestabilizante de sus finanzas. Una bomba de tiempo que, probablemente, sea debidamente eludida en vísperas de elecciones pero que es un lastre para la piedra fundamental del programa: las cuentas fiscales en equilibrio.

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