Vaca Muerta; explotación de litio, cobre y oro; GNL, barril del crudo Brent, oleoductos, disputas entre provincias por jurisdicciones mineras o por la regulación de cursos de agua para la explotación; data centers súper potentes para procesamientos vinculados a la IA…. Por un rato, pareció que Argentina había encontrado la diagonal para alcanzar la postergada meta de un crecimiento sostenido y es razonable. Con 15 años de parálisis económica, con un serrucho inusual de veranitos y recesiones cada vez más continuadas y medio siglo de inestabilidad casi permanente, uno de los efectos no deseados fue, justamente, la bajísima tasa de inversión y, por consiguiente, la caída en el crecimiento del PBI por habitante. Dejaba de lado un prejuicio que hizo olvidar el rol que tuvo para nuestra historia económica el sector agropecuario (ahora devenido en complejo agroindustrial por su moderado efecto derrame en actividades conexas): el agro no agrega valor, no genera empleo, no es una actividad de vanguardia ni sofisticada y, además, está condenado al determinismo de la ley de deterioro de los términos de intercambio.
El oro verde. La campaña agrícola 2025/2026 probablemente cierre sus cifras en la cima histórica en cantidad de producción: 163 millones de toneladas. Cuatro principales cultivos alcanzaron un récord histórico: trigo (27,8 millones de toneladas), maíz (70 millones), girasol (7,4 millones) y cebada (5,6 millones). La soja, por su parte, que hasta hace un quinquenio avanzaba sobre los otros cultivos, también tuvo un buen desempeño (49,7 millones) pero cedió terreno frente a los demás.
En realidad, lo que podría estar pasando es que Argentina está retomando las posiciones que cedió frente a los países vecinos, fuertes competidores en el mercado mundial de commodities alimenticias (cereales, aceites vegetales y carne) que en las últimas dos décadas fue liderado por el impresionante raid de Brasil y en menor medida Paraguay y Uruguay. Este año, por ejemplo, la producción agrícola de Brasil registrará un nuevo récord (347 millones de tonelada), con un leve crecimiento de casi 1% con respecto al año anterior y con un 2% de aumento del área cultivada. Además, este año sus exportaciones agropecuarias marcaron otro récord en el primer semestre (US$87.000 millones), impulsado por el crecimiento de los embarques de soja (casi 70 millones de toneladas) y un salto de +38% en la carne vacuna.
En caso argentino, la situación mejoró sustancialmente más por las mejores condiciones climáticas que por un boom de precios. “Hoy el mercado de granos está mucho más pendiente de sus propios fundamentos que del contexto geopolítico; el clima en Estados Unidos está entrando en una etapa decisiva para la definición de los rendimientos de soja y maíz, y cualquier cambio en los pronósticos genera una fuerte reacción en los precios", explica Dante Romano, profesor e investigador del Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral. En el caso de la soja, destaca que la campaña finalizó con una producción 5% superior a la del ciclo anterior y un rendimiento promedio de 31,3 quintales por hectárea. El maíz, los cultivos mantienen una condición de 67% entre buena y excelente, superior al promedio histórico. Finalmente, para el trigo, el desafío pasa por la comercialización: queda un volumen importante de la campaña anterior sin vender y ahora comienza a competir con la cosecha del hemisferio norte, apunta Romano.
En el caso particular de la carne vacuna, si bien el precio del novillo está casi 20% por debajo del pico de febrero de este año (luego de un ciclo de recomposición de stocks), está muy por encima de los valores reales de los dos últimos años. En ese sentido, la apertura del mercado estadounidense, con una cuota ínfima para su producción es muy relevante para el sector exportador cárnico.
Objetivo: exportar. No es casualidad que en una economía “dual”, en la que los sectores o nichos ganadores están vinculados con el sector externo aportan dinamismo y ayudan a promediar el índice de actividad económica que sigue dando una cifra positiva pero que, como es lógico, esconde muchos altibajos. La Fundación Mediterránea realizó un estudio para analizar las exportaciones de 52 complejos agroindustriales, clasificados en cuatro grupos según la evolución conjunta del valor y del volumen exportado. Los complejos que crecieron simultáneamente en valor y cantidades exportadas fueron 29; otros 6 aumentaron su valor exportado, pero no sus volúmenes; 5 mostraron mayores cantidades sin crecimiento en el valor; y los 12 restantes tuvieron caídas o estancamiento en ambas variables.
Juan Manuel Garzón, responsable de la sección Agroindustrial de la institución, señala que, en los grandes cultivos, el principal impulso provino de una mayor disponibilidad física: las cantidades exportadas de trigo aumentaron 64%, las de girasol 142%, las de maíz 12% y las de sorgo 117%. En trigo, por ejemplo, las cantidades aumentaron 64% y el valor 48%; en girasol, fueron de 142% y 126%, respectivamente. “La expansión respondió, por lo tanto, fundamentalmente a las muy buenas cosechas de este último ciclo agrícola y los consecuentes mayores embarques”, agrega.
En cambio, para otras cadenas, el factor determinante fueron los precios o una valorización más favorable de la oferta exportada, como el caso del complejo bovino: el valor exportado creció 38% con cantidades prácticamente sin cambios. En este ejemplo, la mejora se concentró en la carne bovina (con exportaciones que subieron de US$1.149 millones a US$1.645 millones) pero disminuyeron las ventas de grasas. “El resultado combina mejores valores unitarios con una composición exportadora más concentrada en productos de mayor valor”, subraya.
El futuro. Como conclusión, el crecimiento exportador agroindustrial de 2026 no responde a un único “viento de cola”, sino a la expansión de la producción y oferta exportable; en otras cadenas a los mejores precios y su mayor inserción en algunos mercados o bien en una canasta de productos de mayor valor. Y desde esa perspectiva, Garzón dice que el desempeño de 2026 puede leerse como una primera respuesta positiva de la agroindustria ante un contexto más favorable. “La estabilidad macroeconómica, la reducción de distorsiones, la baja de impuestos a la exportación, la mayor previsibilidad y las oportunidades asociadas a una mayor integración comercial pueden empezar impactando primero en los eslabones de respuesta más rápida”, termina. La ventana de optimismo no es gratuita porque requiere algo inaudito para la política económica argentina: un entorno competitivo sostenido en el tiempo. Es la señal necesaria para que luego comiencen a reaccionar con mayor intensidad las etapas de transformación: las cadenas regionales, las proteínas animales, los alimentos elaborados y otros bienes más cercanos al consumo final.
Al fin y al cabo, aquellos nichos en los que el indicador de mayor actividad se traduce en algo tan concreto como más empleo de calidad y mejores condiciones salariales. Sin embargo, este complejo deberá marchar con la guardia alga porque ronda el mayor predador que no es el Niño o cualquier otra eventualidad climática. Es ser percibido como un blanco móvil del fiscalismo, sin la capacidad de negociación que sí tienen los otros referentes de las industrias concentradas acreedoras del RIGI y demás beneficios.

















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