Si el consumo agregado alcanzó un nuevo récord, el mercado de trabajo cuenta una historia bastante menos entusiasta y en esa distancia se explica buena parte de por qué la mejora estadística no se traduce en una sensación de bienestar. Hay un dato que sintetiza la paradoja mejor que ningún otro. En 2025, el producto creció, pero ese crecimiento no vino acompañado de la creación de empleo asalariado privado formal. Fue, en los hechos, el único año reciente en el que la economía se expandió sin que el empleo registrado del sector privado la siguiera, una anomalía que rompe con la relación histórica entre actividad y trabajo.
Los datos del primer trimestre confirman esa desconexión. El empleo formal del sector privado continuó cayendo, con una pérdida de alrededor de 167.000 puestos en la comparación con el mismo período del año anterior. La contracara de esa caída es el avance de la informalidad. El empleo informal ya alcanza al 44,2% de los trabajadores, lo que representa un aumento de 2,2 puntos porcentuales en un año, mientras que la subocupación, es decir la porción de ocupados que trabaja menos horas de las que desearía, trepó al 11,1%. En otras palabras, la ocupación que se genera tiende a ser de peor calidad que la que se pierde, un fenómeno que erosiona la percepción de mejora aun cuando la tasa de empleo se sostenga.
En el terreno de los salarios, abril trajo una noticia alentadora, aunque conviene medir su alcance con precisión. Los salarios reales mejoraron por primera vez desde agosto del año pasado, y podrían seguir recomponiéndose de manera gradual si la inflación continúa cediendo. El salario privado formal creció un 1,4% real en el mes, un dato positivo que, sin embargo, no alcanza a revertir el rezago acumulado. Ese mismo salario privado formal todavía se ubica un 3,5% por debajo del nivel que tenía en noviembre de 2023, lo que muestra que la recuperación parte de un piso deprimido y que el camino por recorrer sigue siendo largo.
El panorama salarial es, además, marcadamente heterogéneo. Mientras el salario privado formal mostró esa mejora en el margen, los salarios públicos siguen mucho más golpeados, con una caída acumulada del 17,3% desde fines de 2023. Pero el caso más extremo es el del salario mínimo, que se desplomó casi un 40% en términos reales en el mismo período, un retroceso de una magnitud que refleja el fuerte impacto del ajuste sobre los ingresos de la base de la pirámide. En el otro extremo, los salarios del sector informal mostraron una dinámica muy distinta, con una recuperación que los ubica muy por encima de los niveles previos, lo que agrega complejidad al mapa distributivo.
El tercer factor que ayuda a explicar por qué la recuperación no termina de sentirse es el crédito, que sigue flojo y que, hacia adelante, no luce capaz de transformarse en un motor potente de la reactivación. La demanda de crédito se mantiene débil, y del lado de la oferta hay un obstáculo concreto que limita su expansión, que es la morosidad. El crédito en pesos al sector privado apenas se movió en los últimos meses, con variaciones reales prácticamente nulas o levemente negativas, lo que indica que el financiamiento no está fluyendo hacia el consumo ni hacia la inversión con la fuerza que la recuperación necesitaría.
La mora es el punto más delicado de este cuadro. La morosidad del crédito al sector privado escaló a niveles que empiezan a preocupar, particularmente en el segmento de las familias, donde el crédito al consumo muestra los índices más altos. En abril, la irregularidad del crédito a las familias alcanzó el 12,1%, y en algunos rubros específicos, como la financiación de electrodomésticos, la mora trepó a niveles muy superiores. Cuando una porción creciente de los deudores no puede afrontar sus pagos, los bancos se vuelven más cautelosos a la hora de otorgar nuevos préstamos, lo que retroalimenta la debilidad del crédito y limita su capacidad de dinamizar la demanda.
Hay, de todos modos, una señal que invita a un moderado optimismo. Tanto la mora como el crédito en situación irregular empezaron a desacelerar, lo que sugiere que la morosidad podría estar más cerca de estabilizarse. Es un dato positivo, porque una mora que deja de crecer despeja parte de la incertidumbre que frena a las entidades financieras. Sin embargo, este alivio luce todavía insuficiente para dinamizar de manera significativa el crédito. Que la morosidad se estabilice es una condición necesaria para que el financiamiento vuelva a fluir, pero no una condición suficiente, y el proceso de recuperación del crédito, si llega, será lento.
El cuadro de conjunto es coherente con la brecha entre la macro y la micro que atraviesa la economía. El consumo agregado mejora, pero el empleo de calidad no acompaña, los salarios se recuperan con lentitud desde un piso bajo, y el crédito permanece frenado por la mora. Los dos canales que podrían empujar la demanda doméstica hacia adelante, que son la recomposición de la masa salarial real y el repunte del crédito al sector privado, se mantienen débiles por ahora. Ambos podrían mejorar de manera gradual si la desinflación se consolida, pero difícilmente alcancen, al menos en el corto plazo, para generar una reactivación lo suficientemente vigorosa como para que la recuperación se sienta con claridad en la vida cotidiana de la mayoría.
Federico Pablo Vacalebre es profesor de la Universidad del CEMA.
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