El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, saluda al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a su llegada al Ala Oeste de la Casa Blanca en Washington, D. C.. (SAUL LOEB / AFP)
Estallido de sinceridad
“Por lo que haces, todo el mundo odia a Israel”. El revelador reto furioso de Trump a Netanyahu.
Casi nadie toma en serio lo que dice. Desde que convirtió la Casa Blanca en escenario de un reality show, habla todo el tiempo. Dice cualquier cosa. Pronunciamientos amenazantes, pronto desplazados por palabras amigables. Advertencias apocalípticas que a renglón seguido dan lugar a promesas de prósperas alianzas. Frases disparadas a mansalva. Anuncios que pronto quedan en la nada. Afirmaciones poco después revertidas por otras afirmaciones. Marchas y contramarchas. Un batido de expresiones a veces grandilocuentes a veces contradictorias, pero siempre desconectadas de lo que está a la vista del mundo.
A pocos les importa lo que dice Donald Trump sobre la guerra contra Irán o sobre los conflictos de Israel en Gaza, Cisjordania y Líbano. Pero la ráfaga de insultos y acusaciones que le dijo a Benjamín Netanyahu sí importa, y mucho, porque resulta revelador de muchas cosas.
“Eres un jodido loco. Si no fuera por mí estarías preso. Estoy salvándote el culo. Por lo que haces, todo el mundo te odia. Y todo el mundo odia a Israel”.
Esto es lo único significativo y revelador que ha dicho el presidente de Estados Unidos en los últimos meses en lo referido a Oriente Medio. Confirma lo que está a la vista y procuran sin éxito ocultar el gobierno extremista de Israel y los lobbies de la diáspora judía que responden a esa dirigencia ultraconservadora: gritándole por el teléfono, le dijo al primer ministro israelí “por lo que haces...todo el mundo odia a Israel”
Aunque procuren silenciar y marginar a periodistas y demás formadores de opinión presionando sobre empresas y medios de comunicación, los lobbies que defienden a Netanyahu simulando defender a Israel no pueden ocultar lo que está a la vista: las políticas expansionistas del gobierno ultraconservador que encabeza Netanyahu y tiene figuras impresentables como Itamar Ben Gvir, destruyen la imagen del país.
No será “todo el mundo” pero jamás en su historia Israel ha sido tan criticado por tantos y tan repudiado por otros tantos. Jamás hubo tantos gobiernos y tanta gente en tantas partes del planeta marchando contra la limpieza étnica que colonos fanáticos alentados por Netanyahu realizan en Cisjordania, ni tantas voces en el coro del orbe que condena las guerras de tierra arrasada en Gaza y en el sur de Líbano.
El responsable no es Israel, ni siquiera el sionismo, que es el nacionalismo israelí nacido de la idea planteada por Tehodor Herzl desde fines del siglo 19 y explicada en su libro El Estado Judío. El responsable es Netanyahu, sus socios fundamentalistas y el expansionismo territorial que pusieron en marcha.
La ola mundial de cuestionamientos y repudios impacta en la imagen de Israel y la hunde en un mar de críticas y aislamiento.
En su erupción de ira por el accionar de Netanyahu que socava sus esfuerzos para negociar con Irán el fin de este conflicto, Trump vomitó esa realidad evidente. No fueron voces de antisemitas ni de antisionistas ni de nazis, sino la voz del presidente norteamericano que más se ha involucrado con el liderazgo ultraconservador que está imperando en Israel.
Trump metió a Estados Unidos negligentemente en esta guerra por creer en las certezas de victoria absoluta y veloz sobre el régimen iraní que le transmitió el primer ministro israelí, quién siempre logra hacerlo actuar de manera funcional, no a Israel, sino a sus propios intereses políticos y personales.
No tardó en darse cuenta que el escenario era mucho más complejo e impredecible de lo que le había descripto Netanyahu, pero ya era tarde para salir del conflicto sin daños políticos considerables. Por eso busca desde entonces una salida de emergencia que resulte decorosa. Que el régimen iraní acepte algunas imposiciones fuertes, visibles y considerables. El problema es que el régimen no cede.
Ni la fuerte crisis económica ni la destrucción de gran cantidad de instalaciones militares estratégicas causadas por los bombardeos norteamericanos, está teniendo la consecuencia buscada por Trump en la teocracia persa. El régimen ni se derrumba ni capitula ni se muestra dispuesto a pagar su sobrevivencia haciendo grandes concesiones.
En ese marco, que Netanyahu haga su propia guerra en Líbano desconectándose de las órdenes que le da el presidente norteamericano para que el conflicto con Hezbolá no complique las negociaciones Washington-Teherán, acabó sacando de quicio a Trump.
Por momentos, el jefe de la Casa Blanca parece una maestra gritona intentando sin éxito que sus bulliciosos alumnos le hagan casa y se sosieguen. Ni Netanyahu deja de sabotear sus negociaciones con Irán ni el régimen iraní acepta ni siquiera mínimas concesiones para que Trump pueda salvar la ropa ante la sociedad norteamericana.
El mundo está viendo que el primer ministro de Israel no le hace caso alguno. Netanyahu no cumple las órdenes que recibe desde el Despacho Oval y continúa moviendo sus fichas en el tablero bélico sin importarle que sean contraproducentes para las negociaciones que lleva adelante Washington.
La suma es que Trump no sólo fracasa en imponer sus condiciones a Irán; fracasa también con Netanyahu. Y es en el marco de esa frustración que descargó sobre el primer ministro israelí una frase que resulta imprescindible y describe lo que ve Europa, Canadá, la mayoría de los norteamericanos y la mayor parte de los países y sociedades del mundo, incluida la mayoría de los israelíes.
Aunque Trump no logró que el presidente de Israel Isaac Herzog le diera al primer ministro el indulto que le reclamó, es en alguna medida cierto que, si no fuera por él, Benjamín Netanyahu estaría “preso”.
Que el líder israelí le deba tanto y que lo mismo lo perjudique tan gravemente en lugar de ayudarlo a salir del laberinto en el que metió a Estados Unidos, es lo que generó la explosión de bronca y sinceridad del magnate neoyorquino.
Lo único cierto, lo único importante, lo único útil que ha dicho Trump en estos meses de deriva bélica en Medio Oriente, es “todo el mundo odia a Israel”.
Está claro que pasó de ser un país admirado en las primeras décadas de su existencia, a un país cuestionado a escala mundial. Aunque no lo vea el gobierno derechista ni los poderosos lobbies que le responden en el mundo y actúan para silenciar voces críticas, el coro de repudio es tan fuerte y global, incluyendo a gran parte del judaísmo de la diáspora y a la mayoría de los israelíes, que pocas realidades resultan tan claras como el aislamiento internacional y el daño que ha causado Benjamín Netanyahu y su coalición gubernamental a la imagen de Israel.
El mayor daño sufrido en toda su historia.