Nicolas Maduro (CEDOC)

Golpe a Maduro: el día que EE.UU. volvió a intervenir

La captura del líder chavista redefine el poder en Venezuela, reabre viejas heridas en América Latina y plantea un precedente incómodo para Washington.

La madrugada del 3 de enero de 2026 marcará un punto de quiebre en la historia política latinoamericana. Según confirmó el propio Donald Trump, fuerzas estadounidenses capturaron en Caracas al líder del régimen chavista, Nicolás Maduro, y a su esposa Cilia Flores, tras una operación militar relámpago ejecutada por la unidad de elite Delta Force. De confirmarse plenamente, el hecho no solo representa el golpe más severo al chavismo en más de dos décadas, sino también una de las acciones militares directas de Estados Unidos más audaces en la región desde la invasión a Panamá.

En términos estrictamente operativos, la acción remite de inmediato a la captura del líder del ISIS Abu Bakr al-Baghdadi en 2019: un ataque quirúrgico, nocturno, con inteligencia previa, superioridad aérea y un objetivo político claro. En América Latina, sin embargo, no existe antecedente comparable en democracia plena y fuera de un conflicto armado formal. No se trató de un apoyo indirecto, ni de un golpe blando, ni de una operación encubierta fallida como las que salpicaron la historia reciente venezolana. Fue una incursión militar directa sobre una capital sudamericana para extraer al jefe de un Estado.

Para el régimen chavista, el impacto es devastador. Maduro no era solo el presidente: era el eje de equilibrio entre las Fuerzas Armadas, los servicios de inteligencia, el aparato partidario y la red económica informal que sostiene al poder desde hace años. Su captura expone la vulnerabilidad real del sistema, rompe el mito de la invulnerabilidad del liderazgo y deja a la cúpula chavista sin su figura central en el momento más crítico. Las declaraciones de la vicepresidenta Delcy Rodríguez, reclamando “prueba de vida” y admitiendo no saber el paradero del mandatario, son elocuentes: el poder quedó súbitamente descabezado.

Pero el golpe no es solo simbólico. La operación tocó lugares sagrados del chavismo, como el Cuartel de la Montaña —mausoleo de Hugo Chávez— y bases militares clave como Fuerte Tiuna y La Carlota. En términos políticos, es una humillación estratégica: el corazón militar y simbólico del régimen fue vulnerado sin que pudiera evitarse. A partir de ahora, el chavismo enfrenta un dilema existencial: resistir sin líder, negociar desde la debilidad o fragmentarse en facciones enfrentadas.

El impacto regional fue inmediato y expuso una América Latina nuevamente partida en dos. Mientras Cuba denunció la operación como un acto de “terrorismo de Estado” y un ataque criminal contra la soberanía venezolana, el presidente argentino Javier Milei celebró abiertamente la captura de Maduro. Compartió la noticia en redes sociales y la acompañó con una consigna que lo caracteriza: “La libertad avanza. Viva la libertad carajo”. El gesto no fue menor: marca nuevamente un alineamiento explícito con Washington en oposición a la Argentina alineada con Venezuela durante el kitrchnerismo. 

Al mismo tiempo, el episodio reconfigura el tablero regional. El llamado de Colombia a una sesión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU y las condenas de los aliados históricos del chavismo anticipan una etapa de alta tensión diplomática. América Latina vuelve a ser escenario directo de la proyección militar estadounidense, algo que la región creía superado desde el fin de la Guerra Fría. El riesgo de desestabilización es real, sobre todo en un país ya devastado económica y socialmente.

Sin embargo, el golpe también debe leerse en espejo desde Washington. Para Estados Unidos, esta operación no es solo una acción exterior: es un mensaje político interno. Trump refuerza su imagen de líder fuerte, decidido, dispuesto a usar el poder militar sin intermediarios, incluso a costa de violar los márgenes tradicionales del derecho internacional. La narrativa es clara: eficacia, rapidez y resultados. En un año políticamente sensible, la captura de un “dictador enemigo” funciona como trofeo discursivo.

Pero el costo potencial es alto. La operación abre interrogantes profundos sobre el precedente que establece: si Estados Unidos se arroga el derecho de capturar jefes de Estado considerados ilegítimos, ¿qué límites quedan? ¿Qué ocurre si otras potencias adoptan la misma lógica? Además, la ausencia de un plan claro para el “día después” en Venezuela puede convertir una victoria táctica en un problema estratégico prolongado.

La comparación con Panamá es inevitable. El 3 enero de 1990, la captura de Manuel Noriega fue presentada como un triunfo rápido; el proceso posterior fue largo, costoso y dejó cicatrices institucionales profundas. Venezuela, con una crisis humanitaria previa, un tejido social fragmentado y un aparato estatal corroído, enfrenta un escenario aún más complejo.

En definitiva, el operativo contra Maduro no solo redefine el futuro inmediato de Venezuela: redefine los límites de la acción estadounidense en América Latina y reinstala una pregunta incómoda para la región y para Washington. ¿Se trató del principio del fin del chavismo o del inicio de una nueva etapa de inestabilidad crónica? ¿Es el restablecimiento del orden democrático o la confirmación de que la fuerza volvió a ser el lenguaje dominante en el hemisferio?

Lo ocurrido en Caracas no es un episodio aislado. Es una señal. Para el chavismo, el fin de una ilusión de control absoluto. Para Estados Unidos, una apuesta de alto riesgo. Para América Latina, el recordatorio de que la geopolítica dura nunca se fue: solo estaba esperando el momento de volver a irrumpir.

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