A pocas horas de la captura de Nicolás Maduro, el interrogante central ya no es qué ocurrió, sino qué ocurrirá ahora. El operativo ordenado por Donald Trump abre una secuencia inédita para Venezuela y para América Latina: un régimen autoritario descabezado por una acción militar externa, sin transición política previamente acordada, y con una potencia global anunciando que “dirigirá el país hasta una transición segura”. La ambigüedad de esa frase condensa tanto la audacia del movimiento como su principal riesgo.
En Caracas, el golpe dejó al chavismo en estado de shock. La reacción de la oposición fue inmediata. María Corina Machado, desde paradero desconocido, aseguró que su espacio está en condiciones de asumir el poder y señaló que el paso lógico es la asunción de Edmundo González Urrutia, ganador de las elecciones de 2024 que el régimen desconoció. Plan que recibió el respaldo explícito de líderes europeos como Emmanuel Macron, alineados con una salida institucional clásica.

Trump, sin embargo, dinamitó esa posibilidad. Descalificó a Machado —“amable, pero no preparada”— y sugirió que la ahora presidenta Delcy Rodríguez estaría dispuesta a colaborar (como parte del plan ya trazado), aunque Caracas insista en que el único presidente es Maduro. El mensaje es claro: Estados Unidos no reconoce a la oposición democrática como heredera automática del poder, y deja abierta la puerta a una salida tutelada con sectores del propio chavismo.
Ese dato alimenta dos lecturas paralelas. La más cínica sostiene que hubo un acuerdo parcial con una facción del régimen: una entrega pactada para preservar intereses, evitar un baño de sangre y permitir una reconfiguración controlada del poder. La otra sugiere que Washington logró infiltrar el sistema chavista. La salida de Leopoldo López de la embajada española, los movimientos de Machado en Europa y, finalmente, la captura de Maduro sin resistencia visible apuntan a un quiebre interno. Durante su primera presidencia, Trump apostó —de la mano del hoy canciller Marco Rubio— a una defección militar que nunca ocurrió. La pregunta es si ahora esa estrategia maduró.

El tablero interno es frágil. Delcy Rodríguez aparece escoltada por Diosdado Cabello, jefe de una facción propia y con pedido de captura estadounidense. El tercer actor es el decisivo: los militares, encabezados por Vladimir Padrino López. Más allá de las formalidades civiles, Venezuela sigue siendo una dictadura militar.
De la lealtad de las tropas y los generales, a los que se vincula con el Cartel de los Soles, dependerá el rumbo inmediato. Por eso no es casual que se hable de una “segunda ola” de capturas selectivas, control de puertos y aeropuertos, y un cerrojo logístico para impedir reagrupamientos. Tras el descabezamiento, seguirá la poda de las ramas que podrían disputarse el control.

En paralelo, Trump avanza con su propio plan. Recuperar las concesiones petroleras para empresas estadounidenses no es un detalle económico: es el corazón de la estrategia. Reactivar el flujo energético venezolano bajo tutela norteamericana debilitaría de forma terminal a Cuba, ya asfixiada por los cortes de suministro, y reforzaría la estrategia de partición entre Occidente y Oriente: América es mía, es el mensaje inquívoco de Trump.
La visita del emisario chino Qiu Xiaoqi a Maduro, horas antes de su captura, revela el trasfondo: Venezuela es un nodo de la disputa global por recursos. No sorprende que Beijing invoque la legalidad internacional y que Moscú sugiera mediación: ambos leen el movimiento como un precedente peligroso. Pero que habilita en consonancia a Moscú en Ucrania, y China frente a Taiwan.

En tanto, América Latina respondió dividida. Gustavo Petro pidió una sesión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU. Miguel Díaz-Canel habló de “terrorismo de Estado”. Y Luiz Inácio Lula da Silva eligió el equilibrio: condenó el uso de la fuerza sin mencionar a Trump ni a Maduro. Una cautela que revela debilidad: la desestabilización de un vecino tiene impacto migratorio inmediato en Brasil; y Lula siente la presión de recomponer su vínculo con la Casa Blanca de cara a un año electoral que puede plantearle desafíos.
En el extremo opuesto está Javier Milei. Celebró la captura sin matices y se alineó abiertamente con Trump. No fue solo un gesto ideológico: es parte de un proyecto regional. Milei aspira a liderar un bloque de derechas pro-Trump y sueña con una cumbre en Buenos Aires en 2026, con el presidente estadounidense como invitado estelar. El mensaje que difundió —incluyendo una imagen de Lula junto a Maduro— buscó fijar una grieta continental: o se está con Trump o se está con el chavismo. No hay zonas grises (aunque Trump tenga lazos subterráneos con el post chavismo con fines económicos y globales).

Así, el “día después” de Maduro abre tres planos simultáneos. En Venezuela, una transición incierta, tensionada entre la oposición democrática y un chavismo residual dispuesto a negociar su supervivencia. En la región, un reordenamiento abrupto que debilita a Brasil, pone a Petro en jaque y eleva a la Argentina de Milei como abanderada de Washington. Y en el tablero global, la confirmación de una doctrina: Estados Unidos vuelve a ejercer poder duro en su hemisferio para ganar margen frente a China. Y la incógnita, como siempre, no es cómo se entra en estas operaciones, sino cómo —y a qué costo— se sale de ellas.















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