Trump y las ejecuciones (CEDOC)
La debacle del sentido común
Trump y sus émulos en el mundo irradian oscuridad actuando como caricaturas de la arrogancia brutal y negligente.
Una modalidad atenuada pero también oscura de lo que Hannah Arendt llamó “banalidad del mal” es lo que hoy domina la Casa Blanca y avanza sobre los países liderados por émulos de Donald Trump. De algún modo banalizan el mal los colaboradores del líder de MAGA, mientras su ampuloso jefe se esmera en parecer la caricatura de un presidente despótico, fanfarrón y negligente.
Si un norteamericano medianamente dotado de sentido común hubiera entrado en coma en la primera década de este siglo y revivido durante esta segunda presidencia de Trump, al verlo actuar pensaría que es un humorista caracterizando personajes poderosos, ridículamente mezquinos, descaradamente viles, culturalmente baldíos y moralmente indigentes.
Sancionando a la Corte Penal Internacional, en la que se destacó Navi Pillay, y despotricando contra el Comité Nobel por otorgarle a esa jurista sudafricana el Nobel de la Paz que él reclama, Trump parecía Alec Baldwin caricaturizándolo a él. Cada vez es más difícil distinguirlo de las caricaturas que hacen sus imitadores. A las cosas que dice, es más serio decirlas en broma.
Resulta inquietante el nivel de delirio de quien lidera semejante superpotencia. Aún más inquietante es la velocidad con que avanza hacia pasados oscuros mediante acciones truculentas, como el anuncio de que una ejecución sería transmitida en vivo. El responsable directo de esa atrocidad es el secretario de Defensa, Pete Hegseth, quien la justificó por su supuesto “efecto disuasorio”: según dijo, la gente debe entender que esos crímenes tienen “serias consecuencias”.
En 1849, el ahorcamiento del matrimonio Manning fue presenciado por miles de londinenses amontonados frente al penal de Horsemonger Lane, en cuyo techo se realizó la ejecución. Charles Dickens se había mezclado con el público para ver de cerca la morbosa curiosidad que lo aglutinaba. Y lo describió en cartas al diario The Times, más tarde recopiladas en sus Miscellaneous Papers. Lo que encontró en ese público fue un paisaje humano desolador que, además, desmentía la lógica “disuasoria” con que la Inglaterra victoriana justificaba la pena capital (“capital punishment”).
Ocurre que, como Dickens no miraba el doble ahorcamiento sino lo que hacía la gente aglomerada, vio a los carteristas que les robaban a los distraídos espectadores. Ironía absurda que probaba la falacia del “efecto disuasorio” de las ejecuciones. La democracia occidental no acabó con la pena de muerte, pero la prohibió como espectáculo. Sin embargo, el gobierno de Trump anunció que iba a restituirlo con la transmisión en vivo del fusilamiento de Nidal Hasan, autor en 2009 de la masacre de Fort Hood, previsto para el 3 de diciembre.
Actualmente las ejecuciones públicas son realizadas por dictaduras lunáticas como el régimen norcoreano, las teocracias del chiismo iraní y del talibán afgano, así como por Boko Haram y demás milicias yihadistas que controlan territorios en el Sahel y en la cuenca del lago Chad. En Irak y Siria, ISIS difundía videos de decapitaciones. Hamás filmó y difundió desde las ejecuciones de los dirigentes de Fatah, cuando tomó el poder en Gaza, hasta los fusilamientos de disidentes gazatíes entre los escombros que dejó esta guerra de tierra arrasada.
Finalmente, en un rapto de sentido común forzado por el rechazo de republicanos y demócratas, de líderes religiosos y de la prensa, Trump desautorizó a su brutal secretario de Defensa y anunció que el fusilamiento no será transmitido. Pero eso no borra que tuvieron la intención de hacerlo. Ni que, al retroceder, Trump insistiera en que mostrarlo habría sido “un fuerte elemento disuasivo”. Washington está en un loop vertiginoso de escenas grotescas que anula la reacción contra lo absurdo e inaceptable.
Con Rusia realizando los más criminales bombardeos sobre civiles ucranianos, Trump sella un acuerdo con Vladimir Putin para que Rusia abastezca de diésel al mercado estadounidense y, ante los ataques de Ucrania contra refinerías rusas, se enfurece con Volodímir Zelenski y reclama que deje la presidencia del país eslavo que lucha contra el gigantesco invasor. Sus admiradores son tan desérticos intelectualmente que en un mitin en Clarksville, Tennessee, lo aplaudieron cuando dijo que “podría decir las cosas más estúpidas y ustedes aplaudirían”.
Todo lo que hace Trump debería disuadir a los países occidentales sobre el empoderamiento de sus émulos. Sin embargo, con tantas y tan poderosas redes sociales en manos de tecnomillonarios expandiendo su proyecto plutocrático para que reemplace a las democracias liberales, los algoritmos dominan los votos mientras las indignaciones sociales dominan las calles.
La lucha de los inquilinos contra los rentistas posiblemente no muestre en las urnas lo que muestra en las calles de España. Las encuestas dicen que lo mismo podría ocurrir en Francia, donde las barricadas en el Barrio Latino y en el Boulevard Saint-Germain evocan el Mayo Francés de 1968, cuando a la protesta de los estudiantes de La Sorbona y de los liceos parisinos se sumaron los obreros de Renault y la revolución parecía al alcance de la mano de aquella juventud en rebelión.
Ahora, la rebelión estudiantil contra la desfinanciación del sistema educativo llevó a una multitud a ocupar la Plaza de la Bastilla. En ese rincón de París, donde en el siglo XIV se levantó una fortaleza medieval que siglos más tarde “los luises” convirtieron en la cárcel donde encerraban a los disidentes, la toma por parte de los parisinos insurrectos el 14 de julio de 1789 marcó el inicio de la Revolución Francesa y el principio del fin de la monarquía absolutista.
Hoy las postales de París parecen mostrar una revolución progresista en marcha, pero las encuestas revelan que, de haber elecciones mañana, la victoria sería de la derecha, como ocurrió tras la rebelión estudiantil que en 1968 puso París patas para arriba.
La diferencia es que las elecciones que siguieron al Mayo Francés las ganó una derecha imponente: De Gaulle en las legislativas de junio y Pompidou en las presidenciales de junio del año siguiente. En cambio, si los franceses votaran mañana, el ganador sería Jordan Bardella, un lepenista que, como todos en la ola reaccionaria, admira a Putin, a Trump y a Netanyahu.
El problema no es que en Brasil pueda perder Lula en el balotaje del 25 de octubre, sino que su eventual vencedor, Flávio Bolsonaro, no expresa la centroderecha de excelencia que representaban Tancredo Neves, José Sarney y Fernando Henrique Cardoso. En Chile, lo grave no fue que perdiera la centroizquierda sino que José Antonio Kast, su vencedor, es un ultra y no un centroderechista respetable como Sebastián Piñera. En todos los casos, lo grave es el ascenso de un “ultrismo” de personajes grotescos.
La única buena noticia es que, a diferencia del fascismo del siglo XX, cuya violencia retórica causaba el accionar violento de sus seguidores, ni Trump ni sus émulos consiguen que la violencia retórica que ejercen se contagie como violencia física. Lo que tienen en común, aunque en dimensiones diferentes, es que, verbalizando insensibilidad y crueldad hacia los vulnerables, promueven lo que Hannah Arendt llamaba “banalidad del mal”.
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