Lula por Pablo Temes (Pablo Temes)
Brasil se aferra al statu quo
El triunfo de Lula le da aire a la socialdemocracia en la región, pero no la libera de sus problemas. La nueva derecha en retroceso.
El imprevisto triunfo de Lula da Silva en vuelta final de las elecciones presidenciales brasileñas supuso un soplo de aire fresco para la izquierda internacional, que últimamente se ha encontrado sumida en un estado de ánimo sombrío, pero podría terminar siendo una victoria pírrica. Para derrotar al hijo de Jair Bolsonaro, que en seguida huyó a Estados Unidos, el abanderado octogenario de la izquierda moderada prometió, entre otras cosas, aumentar las ayudas sociales y socorrer a los deudores.
Tales propuestas, sumadas a la imagen pública poco atractiva de su rival, le permitieron revertir los resultados de la primera vuelta electoral, pero no le servirán para afrontar los graves problemas económicos y sociales a los que él mismo ha contribuido. Puede que en Brasil la ayuda pública a los necesitados sea un tanto rudimentaria en comparación con las costosísimas variantes europeas, pero a juicio de muchos economistas, mantenerla y cumplir con los compromisos electoralistas de Lula no será nada fácil.
Es que los intentos de prolongar la vida de los Estados de bienestar cuando estos ya empiezan a mostrar signos de decadencia suelen terminar mal. La razón es sencilla: si bien las demandas sobre las prestaciones que ofrecen tienden a ser prácticamente infinitas, siempre existen límites a la cantidad de dinero que los responsables de financiarlos pueden recaudar mediante impuestos o el endeudamiento. Esto significa que, tarde o temprano, incluso los gobiernos con las mejores intenciones se ven obligados a recortar el gasto y, con ello, el nivel de vida de quienes se han acostumbrado a recibir tales beneficios. Como es natural, los perjudicados se sienten traicionados por “el sistema” y, tal como está ocurriendo en toda Europa, muchas se inclinan a protestar de manera violenta.
Así las cosas, desde un punto de vista estratégico, por decirlo de algún modo, tal vez hubiera sido preferible para la izquierda democrática que alguien de ideas como las de Flávio Bolsonaro se hubiera hecho cargo de la economía brasileña durante un tiempo para tomar medidas antipáticas que servirían para desacreditarlo. Así piensan “los mercados”, que en São Paulo reaccionaron frente a la victoria sorpresiva de Lula de forma muy similar a lo que hicieron en Buenos Aires cuando Alberto Fernández venció a Mauricio Macri -él mismo protagonista de una remontada llamativa aunque, desgraciadamente para la centroderecha, quedó corta- en octubre de 2019. De todos modos, los financistas dieron por sentado que la gestión de Lula sería desastrosa, aunque no necesariamente tan nefasto como el del títere de Cristina Kirchner. En un intento por aplacarlos, el presidente reelecto dio a entender que no aplicaría un programa económico exageradamente izquierdista.
Por supuesto, los más de 64 millones de brasileños que votaron por Lula no son los únicos que desean tanto mantener viva la versión local del Estado de bienestar que están dispuestos a minimizar la importancia de realidades económicas poco halagüeñas. En Europa, un gran número de personas levantan barricadas y se enfrentan a la policía en una rebelión contra lo que los autodenominados progresistas denominan “austeridad”, pero que, en Francia y en muchos otros países, no son más que recortes menores en programas que se han caracterizado por el despilfarro.
Sea como fuere, incluso en Estados Unidos, hay muchos demócratas jóvenes que, sin dejarse impresionar por las crisis que estallan en otros lugares o por la desdichada experiencia de los países explícitamente socialistas, desean que el Estado proporcione una gama cada vez más amplia de servicios subvencionados a quienes no logran hacer frente a las exigencias de la vida contemporánea. Como consecuencia de los cambios que el progreso tecnológico está introduciendo en el mercado laboral, en los meses y años venideros habrá muchas más personas en esta situación, lo que planteará una serie de desafíos nada sencillos a los próximos gobiernos.
¿Se debió la resurrección espectacular de Lula, quien ya muestra signos de envejecimiento, a sus méritos personales, o más bien a las dudas fundadas sobre la idoneidad de un candidato rival que sólo se presentaba porque su padre estaba legalmente inhabilitado para hacerlo? Dicho de otro modo: ¿habría ganado Lula frente a un político mejor preparado con credenciales democráticas intachables? Es poco probable. ¿Y le habría ido mejor a Flávio si se hubiera enfrentado a cualquier otro dirigente de izquierdas que no fuera Lula quien, con la eventual excepción de la venezolana María Corina Machado, es el único líder latinoamericano al que cabe calificar de carismático? Hay que dudarlo ya que, como hoy en día suele ocurrir, todo hace pensar que los brasileños se habían resignado a optar por el que a juicio de cada uno sería el mal menor.
Desde luego, el mero hecho de que tuvieran que elegir entre un político de edad avanzada que, al enterarse de los resultados electorales, parecía desconcertado ante lo que acababa de ocurrir, y un senador que se postulaba en nombre de su padre, de por sí resultaba desalentador. No obstante, cabría decir algo parecido de los procesos electorales recientes en Estados Unidos, como el de 2024 en el que Donald Trump y Kamala Harris compitieron por el voto popular; o, reconozcámoslo, de muchas de las opciones a las que se han enfrentado últimamente los votantes argentinos. Por una razón u otra, en el mundo democrático actual parece haber poco espacio para líderes realmente talentosos y con vocación de servicio público, es decir, precisamente el tipo de figuras que tanta falta hacen.
Para Javier Milei, la derrota de Bolsonaro a manos de alguien a quien califica de “ladrón”, “basura socialista” y otras lindezas igual de ofensivas y que, a diferencia de Macri, se abstuvo de felicitar por su triunfo, supuso un duro golpe a su autoestima. Por si fuera poco, ya ha comenzado a golpear a la Argentina la inestabilidad económica en Brasil, donde la moneda se devaluó tan abruptamente como la imagen internacional de un país en que, luego de perder una elección presidencial, el político derrotado se sintió obligado a poner pies en polvorosa.
Con todo, Milei puede consolarse con el hecho de que haya quedado apartado alguien que habría podido arrebatarle el puesto de político latinoamericano favorito de Trump. Para un hombre que entiende muy bien que hoy en día los lazos emotivos personales son fundamentales en las relaciones internacionales, ser considerado por el “hombre más poderoso del mundo” como el líder de la derecha regional es algo de gran importancia.
Tan molesto como Milei por el triunfo de Lula está Trump que, en vísperas de la jornada electoral, confiaba en que toda América del Sur estuviera por incluirse en su propia esfera de influencia. Para él y, quizás, para muchos demócratas de ideas centristas que pronto tomarán el relevo a los republicanos en Washington, la probabilidad de que el gobierno brasileño se acerque más a China no puede sino ser motivo de preocupación. Por razones geopolíticas, es del interés de Estados Unidos prestar mucha más atención que antes a lo que está sucediendo en el hemisferio occidental; merced en buena parte a la torpeza de Trump, la derrota de Bolsonaro fue un revés estratégico para una superpotencia que está replegándose en otras zonas del mundo.
Por su parte, Milei sabe muy bien que sus rivales locales, comenzando con los peronistas que están procurando apropiarse anímicamente de lo logrado por Lula, rezan para que el péndulo ideológico haya empezado a moverse nuevamente hacia la izquierda populista no sólo en Brasil sino también en la Argentina; aunque, huelga decirlo, ningún peronista con aspiraciones presidenciales posee más que una fracción de la capacidad de atracción de Lula. Sea como fuere, para que uno consiga derrotar a Milei en las próximas elecciones, tendría que aprovechar al máximo la propensión del presidente a enfurecer a personas que, en líneas generales, aprueban sus objetivos económicos, aunque no necesariamente todas las medidas que adopta para alcanzarlos.
Como el propio Milei se encarga repetidamente de recordarnos, él es su peor enemigo. Si no hubiera sido por la irresponsabilidad apenas creíble de sus predecesores en el gobierno, alguien como él jamás se habría acercado a la presidencia; pero, dadas las alternativas, hace tres años la decisión colectiva de entregarle las llaves de la Casa Rosada pudo entenderse.
En la exitosa fase final de su campaña, Lula y sus adláteres lograron aprovechar el temor difundido a que Bolsonaro echara mano a la motosierra de Milei para depauperar aún más a los millones de brasileños que tienen dificultades para llegar a fin de mes. En el resto del mundo abundan quienes comparten la angustia que sienten tales personas. Aún cuando comprendan que los subsidios de los cuales dependen han dejado de ser sostenibles, muchos están resueltos a ir a cualquier extremo en un esfuerzo por defender lo que toman por un derecho inalienable, de ahí los disturbios violentos que, combinados con conflictos religiosos, están ocasionando tanta destrucción en Europa y que amenazan con extenderse a Estados Unidos y a los países de América latina en que la realidad económica sigue distanciándose de las expectativas al parecer razonables de la mayoría.
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