Beijing convirtió a Hainan en su vitrina al mundo. (CEDOC)

Hainan: la isla de la fantasía y la gran fábrica de mentiras del Partido Comunista

Beijing convirtió a Hainan en su vitrina al mundo. Pero detrás del paraíso tropical y las promesas de libre comercio, solo hay control, censura y propaganda.

Imaginen una isla tropical al sur de China, un lugar de playas arenosas y cocoteros que Beijing promociona como su versión de Hawái, se llama Hainan. Para el Partido Comunista Chino, sin embargo, este lugar no es solo un destino turístico; también es el escenario de su última puesta en escena. Lo bautizaron como un “Puerto de Libre Comercio”, prometiendo al mundo una apertura económica sin precedentes. Pero como todo lo que sale de la maquinaria de propaganda de Xi Jinping, Hainan es un espejismo brillante por fuera y hueco por dentro.

Para el lector que quiera ubicar a Hainan en contexto, hablamos de una provincia insular separada del continente, históricamente ignorada y subdesarrollada. Ahora, ante la desaceleración de su crecimiento, el régimen la convierte en un laboratorio. ¿La promesa? Bajos impuestos, menos aranceles y una supuesta “libertad” para los negocios. Pero cuando un comunista chino dice “libertad”, no significa lo mismo que en Buenos Aires, Madrid o Nueva York.

La gran “apertura” de Hainan lo confirma. Desde junio de 2025, el régimen implementó un programa llamado “Global Connect” que permite acceso a internet sin censura, pero solo para empleados de empresas registradas, previa solicitud, con aprobación estatal y usando exclusivamente las tres operadoras controladas por el gobierno. “Regalan” el acceso a Google siempre y cuando papá Estado te autorice, sepa quién es el usuario y pueda cerrar el grifo cuando quiera. Es decir, esta es una jaula de oro con Wi-Fi controlado. Occidente basa sus negocios en la seguridad jurídica y el flujo libre de datos; China ofrece un simulacro de ambas cosas.

Este comportamiento es el modus operandi de la “Marca China”, una estrategia de engaño sistemático diseñada para ganar tiempo y capital. Lo vemos repetirse en cada sector que el Partido Comunista toca.

Miren su industria tecnológica. Durante años, vendieron la idea de que China estaba a la vanguardia de la inteligencia artificial y la fabricación de microprocesadores. Anunciaron su autosuficiencia con bombos y platillos. La realidad es que, tras gastar miles de millones en subsidios estatales, su industria de chips depende de maquinaria occidental, diseños de ARM y propiedad intelectual ajena para avanzar. Lo que Huawei fabricó a través de SMIC son chips limitados, producidos con técnicas que sortean la falta de maquinaria de Occidente, no la reemplazan. Esto es ingeniería de supervivencia disfrazada de logro nacional.

Lo mismo ocurre en el ámbito militar, donde el engaño puede costar vidas. China exhibe sus aviones de combate J-20 como si rivalizaran con los F-35 estadounidenses. Sin embargo, son cazas cuyas ambiciones de quinta generación siguen comprometidas por motores que no alcanzan las especificaciones necesarias; los WS-15 llevan años en desarrollo sin resultados operativos convincentes. Entre tanto, sus clientes ya se dieron cuenta y Pakistán, un aliado histórico de Beijing, se encontró con una realidad amarga tras comprar armamento chino.

Desde fragatas con sistemas de misiles que no fijaban el blanco hasta munición de artillería defectuosa que no detonaba, los militares paquistaníes descubrieron por las malas que “Made in China” en defensa a menudo significa baja calidad con buen marketing.

Pero si alguien necesita un solo dato para entender la naturaleza del sistema chino, que mire a Evergrande. En 2024, los propios reguladores chinos acusaron a esta inmobiliaria de haber fabricado $78.000 millones de dólares en ventas ficticias. Según el gobierno, inflaron los ingresos de 2019 en un 50% y los de 2020 en un 78%. Su fundador, que fue el hombre más rico de China, terminó vetado de los mercados de valores. Y la firma auditora, nada menos que PricewaterhouseCoopers, fue señalada por controles internos inadecuados. La mayor quiebra corporativa no bancaria de la historia, con pérdidas superiores a $300.000 millones de dólares para los inversores, ocurrió bajo la supervisión directa del Partido Comunista Chino. Si esto es lo que hacen con sus propias empresas, imaginen lo que harán con el capital extranjero en Hainan.

El régimen de Xi Jinping cayó en su propia trampa. Creen que pueden replicar el éxito de lugares como Singapur o Taiwán copiando la estética de la modernidad, con rascacielos, trenes de alta velocidad y puertos gigantes. Pero olvidan que el éxito de Taiwán y Singapur no se debe al cemento, sino al imperio de la ley y a instituciones que generan confianza real a largo plazo. En esos lugares, chinos étnicos bajo sistemas distintos al comunismo prosperaron de verdad. En China continental, el progreso es siempre condicional al capricho del Partido.

El problema de fondo es que China juega a corto plazo. Su sistema exige resultados inmediatos para justificar el poder absoluto del Partido. Deben anunciar hoy que tienen el mejor auto eléctrico o la mejor zona de libre comercio para mantener la legitimidad interna y proyectar fuerza externa. No les importa si dentro de cinco años las baterías de esos autos fallan masivamente o si los inversores en Hainan huyen al descubrir que no pueden sacar su dinero del país.

Hainan es, en última instancia, una estafa inmobiliaria y fiscal. Quieren atraer capital extranjero a una isla donde no hay talento calificado, cadenas de suministro reales y, sobre todo, no existe una ley que proteja al individuo frente al Estado. Es un intento de crear un nuevo Hong Kong, después de haber destruido el verdadero con su obsesión por el control político.

La mentira tiene patas cortas. La “apertura” de Hainan no es más que un decorado de cartón piedra. China no entiende que la confianza no se decreta por ley ni se construye con subsidios. Mientras sigan gobernados por una organización que prioriza el control sobre la verdad, proyectos como Hainan se mantendrán como lo que siempre fueron bajo el comunismo: una ficción costosa destinada al fracaso.

Las cosas como son

 

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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