Friday 17 de April, 2026

OPINIóN | Ayer 17:42

Trump, los ayatolas y el Papa

El rol decisivo del presidente de Estados Unidos en la guerra de Medio Oriente. Su alianza con Netanyahu y la posición del Vaticano.

Camino a la Casa Blanca, Donald Trump juró que nunca se le ocurriría emprender aventuras bélicas en lugares remotos como Afganistán o Irak. Una vez en el poder, se sintió obligado por las circunstancias a actuar como otros presidentes norteamericanos que entendieron que, por ser la superpotencia reinante con intereses concretos en los cinco continentes, a su país le correspondía desempeñar el papel muy antipático de gendarme internacional.  

Puesto que Estados Unidos es un imperio que se niega a reconocerse como tal en que tanto sus dirigentes como el grueso de sus habitantes son aislacionistas que quisieran dejar que el resto del mundo se cocinara en su propia salsa, a partir de la Segunda Guerra Mundial sus líderes han sido reacios a exponerse a la envidia a menudo maliciosa de los beneficiados por la “pax americana” y el rencor de los perjudicados pero, como Trump no tardó en aprender, serian exorbitantes los costos estratégicos, políticos y económicos de replegarse por completo.

Así las cosas, no se puede atribuir la guerra que, para sorpresa de muchos e indignación de algunos, Estados Unidos está librando contra Irán a nada más que el capricho de un presidente de instintos rudimentarios o a la influencia del astuto primer ministro israelí Benjamín Netanyahu que, claro está, tiene motivos de sobra para querer destruir a quienes se proclaman resueltos a aniquilar a su país. El régimen de los ayatolas sí plantea una amenaza gravísima no sólo a sus vecinos, comenzando con Israel, sino también al mundo en su conjunto por tratarse de fanáticos religiosos que fantasean con un conflicto apocalíptico entre su versión fundamentalista del islam y sus enemigos.

Aun cuando no estuvieran en condiciones de adquirir un arsenal nuclear dentro de un par de semanas, como dice Trump, permitirles a los ayatolas y su secuaces continuar acercándose a tal objetivo sería literalmente suicida. También lo sería tolerar que los iraníes sigan financiando y entrenando a los terroristas que, a través de los años, han perpetrado centenares de atrocidades no sólo en el Oriente Medio sino también en otras partes del mundo.

Por ser tan grandes las diferencias entre Estados Unidos y la beligerante teocracia iraní, es de prever que fracasen las negociaciones que, según Trump, seguirán celebrándose esporádicamente en la capital pakistaní de Islamabad. Personajes como el vicepresidente de Estados Unidos J. D. Vance y el enviado iraní Mohammed Baquer Qalibaf viven en mundos que son radicalmente distintos. Con todo, siempre ha sido evidente que los iraníes entienden muy bien la forma de pensar de sus enemigos norteamericanos, ya que los han estudiado durante mucho tiempo, mientras que, para éstos, son incomprensibles los motivos del régimen que se apoderó de Irán hace casi medio siglo y que, a pesar de la muerte de sus líderes principales, la destrucción de la mayor parte de sus fuerzas armadas y la hostilidad, para no decir odio, del grueso de sus compatriotas, sigue resistiéndose a rendirse. Según el secretario de Estado Marco Rubio, son una manga de lunáticos, lo que es una forma de decir que le cuesta entenderlos.

Un tanto tardíamente, parecería que Trump se ha dado cuenta de que no le sería dado eliminar dicho régimen bombardeándolo desde el aire para que las pérdidas humanas de su propio país sean mínimas, menos que las provocadas por algunos accidentes de tránsito, de suerte que, para salir airoso, tendría que emplear fuerzas terrenales. Para que funcione el intento estadounidense de manejar el tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz y de tal modo privar al régimen del dinero que sigue recibiendo exportando petróleo a China e India, sería necesario que efectivos norteamericanos ocuparan la zona circundante que tendrían que limpiar de enemigos que la conocen muy bien y que estarían más que dispuestos a sacrificarse en aras de sus convicciones religiosas. 

Desgraciadamente no sólo para Trump sino también para muchísimos otros, antes de procurar solucionar de una vez el problema nada teórico planteado por la República Islámica, el mandatario estadounidense se las arregló para distanciarse de virtualmente todos los demás líderes occidentales al intentar amedrentarlos para que le permitieran incorporar a sus dominios el territorio autónomo danés de Groenlandia. Para colmo, si bien pudo justificarse el esfuerzo exitoso de Trump por obligar a los europeos a comprometerse a gastar mucho más en su propia defensa, al tratarlos como parásitos ingratos que se habían acostumbrado a depender del contribuyente norteamericano, los enojó hasta tal punto que han rehusado ayudarlo a poner fin a una dictadura clerical que tiene mucho en común con el llamado Estado Islámico y que, si no fuera por el expansionismo de la Rusia de Vladimir Putin, encabezaría su propia lista de enemigos mortales.

Pero no sólo es cuestión del desprecio que tantos europeos sienten por Trump. Los gobiernos del Viejo Continente también temen que, si colaboran con él, enojarían sobremanera a las líderes de las crecientes comunidades musulmanas que se han establecido en sus países y que, por su poder electoral y capacidad para organizar grandes protestas callejeras, ya están en condiciones de influir en la política exterior del Reino Unido, Francia y Alemania. Aunque el régimen iraní representa una secta minoritaria que en muchos países mayoritariamente sunita, como Pakistán, suele ser blanco de atentados sanguinarios, a juicio de activistas musulmanes en Europa los chiitas siguen siendo correligionarios y por lo tanto el conflicto a menudo feroz entre las distintas ramas del Islam es un asunto interno en que no deberían participar los “cruzados” supuestamente cristianos o, huelga decirlo, los sionistas.

Trump y quienes lo rodean no tienen empacho en afirmarse paladines del Occidente judeocristiano, pero por una multitud de razones escasean los políticos europeos que están dispuestos a hablar en tales términos. Algunos son reacios a hacerlo porque sinceramente creen en los méritos del multiculturalismo según el cual todos los credos son igualmente valiosos y opinar que los occidentales son superiores a los recién importados es racista y por lo tanto ultraderechista, y otros, la mayoría, por motivos prácticos; todos viven en sociedades ya multiétnicas en que les parece prioritario impedir que los roces entre las distintas comunidades que se han consolidado tengan consecuencias irreparables. Aunque no lo dicen, creen que Europa es un polvorín que podría explotar si acompañaran a Trump en el Oriente Medio.   

Trump, Vance y otros se ven como cruzados modernos que, lo mismo que sus antecesores de la Edad Media, están librando una guerra santa contra los enemigos ancestrales de la cristiandad. Es por tal motivo que los indignan tanto la postura resueltamente pacifista de su compatriota, el Papa León XIV, que los ha criticado con ferocidad por “el delirio de omnipotencia” que en su opinión se ha apoderado de ellos. ¿Es que Su Santidad cree que sería mejor que Estados Unidos, Israel y otros países optaran por  dejar que los ayatolas, la Guardia Revolucionaria Islámica y agrupaciones como Hezbolá y Hamas siguieran atacándolos? Parecería que sí.

Para hacer aún más desopilante la disputa entre el Papa católica y Trump, el presidente norteamericano publicó brevemente en su medio social favorito una imagen, confeccionada por inteligencia artificial, en que aparece como un Jesucristo rubio, de rasgos sajones, que curaba a un enfermo. Aunque es de suponer que el Cristo histórico tenía poco en común con la versión hollywoodense, los dirigentes políticos de países mayoritariamente católicos, incluyendo a la italiana Giorgia Meloni, enseguida aprovecharon una oportunidad para afirmar su solidaridad con León XIV y, desde luego, para coincidir con él en que la paz es siempre preferible a la guerra.  

Por desgracia, en este mundo hay muchos que no comparten el idealismo conmovedor de la generación actual de dirigentes europeos y el pontífice romano. Para la mayoría en el Oriente Medio, África, Rusia, Corea del Norte y China, la retórica en tal sentido refleja la debilidad anímica de quienes viven en sociedades que se creen invulnerables y que, para ahorrarse problemas, han estado dispuestos a abandonar a su suerte a las comunidades cristianas que todavía sobreviven en países islámicos; en 2003, había 1.5 millones en Irak, en la actualidad, no llegan a 300 mil.  Al visitar Argelia, León XIV pasó por alto la persecución feroz en dicho país de la ya minúscula comunidad cristiana para seguir disparando dardos verbales contra Trump y sus socios.

A muchos occidentales les es difícil entenderlo, pero en buena parte del mundo ser débil es muy pero muy peligroso. Para muchos millones de cristianos en países islámicos, ha tenido consecuencias catastróficas la negativa a ayudarlos de sus correligionarios en el Occidente. Lejos de sentirse reconfortados por los sermones pacifistas del Papa y otros líderes eclesiásticos, se sienten traicionados por personajes que privilegian “el diálogo interreligioso” en que dignitarios católicos, ortodoxos o protestantes intercambian banalidades con sus presuntos equivalentes musulmanes por encima del destino de millones de hombres, mujeres y niños. 

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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